jueves, 16 de septiembre de 2021

GÉNESIS 2:7-9, 15-17, GEN 3:1-7

 



Sermón, Primer domingo de Cuaresma Rom 5:12-19 Mat. 4:1-11

 

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente. Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. E hizo Jehová Dios nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol del conocimiento del bien y del mal... Tomó, pues, Jehová Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo cuidara. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: «De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás»... La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho, y dijo a la mujer: —¿Conque Dios os ha dicho: “No comáis de ningún árbol del huerto”? La mujer respondió a la serpiente: —Del fruto de los árboles del huerto podemos comer, pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: “No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis”. Entonces la serpiente dijo a la mujer: —No moriréis. Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal. Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales.

 

En donde el hombre arruinó todo, Cristo lo remedia

 

San Agustín en sus Confesiones habla de una ocasión en que él y unos amigos pasaron por un huerto de perales. Así lo describe: “En una heredad, que estaba inmediata a una viña nuestra, había un peral cargado de peras, que ni eran hermosas a la vista ni sabrosas al gusto. No obstante eso, juntándonos unos cuantos perversos y malísimos muchachos, después de haber estado jugando y retozando en las eras, como teníamos de costumbre, fuimos a deshora de la noche a sacudir el peral y traernos las peras, de las cuales quitamos tantas, que todos veníamos muy cargados de ellas, no para comerlas nosotros, sino para arrojarlas después, o echarlas a los cerdos, aunque algo de ellas comimos. En lo que ejecutamos una acción que no tenía para nosotros de gustosa más que el sernos prohibida.

 

“Ved aquí patente y descubierto mi corazón, Dios mío, ved aquí mi corazón, del cual habéis tenido misericordia, estando él en un profundo abismo de maldad y miseria. Que os diga, pues, mi corazón ahora: ¿qué es lo que allí buscaba yo o pretendía, para ser malo tan de balde, que mi malicia no tuviese otra causa que la malicia misma? Ella era abominable y fea, y no obstante yo la amaba; amé mi perdición, amé mi culpa, pero de tal modo, que lo que amé no era lo defectuoso sino el defecto mismo.

 

¡Torpe bajeza de un alma, que dejándoos a Vos, que sois el apoyo y firmeza de su ser, busca su perdición y exterminio, y que no solamente apetece una cosa de que se ha de seguir afrenta o ignominia, sino que apetece y desea la ignominia misma!”

 

“No tenía para nosotros de gustosa más que el sernos prohibida”. Así describe Agustín la reacción de los seres humanos a los límites, a las prohibiciones, a las tentaciones a lo que no se nos permite.

 

¿Pero de dónde tenemos esta tendencia de la cual no podemos librarnos y que desde pequeños nos lleva a acumular más y más culpa, y si no fuera remediado nos hundiría en el mismo infierno? ¿Fuimos hechos así? ¿Siempre hemos sido así?

¿Es parte de la manera en que nos evolucionamos de seres más primitivos y más brutales?

 

No. No siempre ha sido así. Nuestro texto nos retrata la gloriosa situación en que Dios hizo al ser humano, el amor que demostró en formarlo y proveerlo de toda bendición imaginable. El hombre, hecho a la imagen de Dios, santo y puro, fue objeto de amor y cuidado especial cuando Dios lo creó. “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente.” Así como el alfarero toma arcilla y la forma y moldea hasta que cumpla el propósito contemplado, así Dios formó al hombre como si fuera una obra de arte de su mano. Personalmente le sopló al aliento de vida, de modo que el hombre llega a ser un ser viviente, diferente de todas las demás criaturas en que estaba hecho para vivir para siempre en bendita comunión con su Creador.

 

Dios no escatimó fuerzas en proveer todo lo que sirviera para utilidad y para deleite del hombre. Creó un hermoso huerto, lleno de “todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer”. Todo para el deleite del ojo y el paladar. Y Dios colocó al hombre en ese hermoso huerto para cultivar y cuidarlo. En el capítulo uno escuchamos: “Mirad, os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, así como todo árbol en que hay fruto y da semilla. De todo esto podréis comer”. Probablemente podrían haber comido diferentes frutos cada día  del año sin repetirlos, tanto fue la generosidad de su amante Creador hacia Adan y Eva.

 

Sólo quedaba una pregunta. ¿Cómo podrían Adán y Eva mostrar su amor y gratitud hacia su benéfico Creador? ¿Cómo podrían expresar su bendita comunión con él? “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás”. Aquí hay un mandato. Con la rebelión innata que llevamos desde que nacemos ahora después que el pecado ha entrado en el mundo, tendemos a ver esto como irrazonable, como una limitación innecesaria que Dios impuso a los hombres y que trajo miseria y perjuicio a los seres humanos. Básicamente, esto acusa a Dios de ser un cruel tirano.

 

Pero pensemos un poco más en esto. ¿Necesitaban Adán y Eva el fruto de precisamente este árbol? ¿No tenían libre acceso a todos los árboles del huerto con esta sola excepción? ¿No había Dios sido sumamente generoso con ellos?

 

Y sin embargo preguntamos: ¿Para qué Dios les dio esta prohibición? Lutero tiene un comentario interesante al respecto. “Pero es útil notar también que Dios proporcionó a Adán palabra, culto y religión en su forma más transparente, pura y simple, en que no hubo nada laborioso, nada elaborado. Porque no prescribió matar bueyes, quemar incienso, votos, ayunos y otras torturas del cuerpo. Sólo esto quiere: que alabe a Dios, que le dé las gracias, y se regocije en el Señor y que le obedezca al no comer del árbol prohibido.” También dice: “Este árbol de la ciencia del bien y del mal fue la iglesia de Adán, su altar, su púlpito. Aquí debía rendir la obediencia que debía a su Creador, dar reconocimiento a su palabra y su voluntad, darle gracias, y pedir ayuda contra la tentación.”

 

La única obediencia que podría tener valor sería una obediencia que se daba libremente, en gratitud y adoración de aquel que le había bendecido tanto. El hombre fue creado para tener comunión eterna con Dios, para honrar a Dios voluntariamente, no como un robot que está programado y que no puede hacer otra cosa. Así, aun el árbol del bien y el mal tenía un buen propósito en la intención de Dios. Allí debería adorarlo y obedecerlo, y así con el tiempo comer también del árbol de la vida y vivir para siempre en la presencia de Dios.

 

Bueno, todos sabemos que las cosas no resultaron así, y que nosotros mismos sufrimos las fatídicas consecuencias de que es así. ¿Pero qué pasó realmente? El capítulo 3 de Génesis nos da la respuesta. Primero Eva, y luego Adán sucumbieron al  Tentador. No guardaron su primer amor hacia su amante Creador. Desobedecieron su mandato.

 

El tentador verdadero es Satanás, la antigua serpiente, como se llama en Apocalipsis, que se acercó a Eva primero con lo que pareció una pregunta inocente, aunque posiblemente su forma ya insinúa que Dios está actuando irrazonablemente al restringir la dieta de la primera pareja. “—¿Conque Dios os ha dicho: “No comáis de ningún árbol del huerto”?” La mujer respondió parafraseando el mandato que Dios había dado a Adán. Y luego viene la mentira descarada: No moriréis. Ahora Eva confronta la gran prueba. ¿A quién creerá? ¿Al Dios que le había derramado abundantes bendiciones, o a esta nueva voz discordante que contradecía la voz de su amante Creador? No debería haber sido difícil la decisión.

 

Pero el diablo no es nada tonto. Sabe que tiene que vender su mentira, vistiéndola con promesas vagas y engañosas. Así que continúa: “Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal.” Ser como Dios, conocer el bien y el mal. ¿Cómo podría Dios habernos negado dones tan hermosos y buenos? ¿Cómo podría ser tan tacaño como para querer guardar esto sólo para él? Así es el proceso con que Eva comienza a dudar y luego rechazar la bondad de Dios. Cree al diablo. Cree la mentira. Ya no cree en Dios como su amante Creador. Así nos dice el texto de Génesis: “Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella.”

 

Ya se había cometido el acto atroz. El hombre había desobedecido y rechazado a su Creador. Desde ese momento cada ser humano se ha sumido en la muerte, la muerte física y la muerte eterna. Desde ese momento todos nacemos como hijos de ira, bajo la condenación de un Creador que en justicia juzga nuestros pecados y rebeliones.

 

Y sin embargo, esto no es el final de la historia. Inexplicablemente, en su gracia y amor Dios ofrece al hombre una segunda oportunidad. No para que él salve a sí mismo. No, más bien, Dios promete que él mismo proveerá un remedio; él mismo obtendrá la victoria sobre Satanás quien utilizó la serpiente. En el versículo 15 de Génesis 3 escuchamos estas palabras que Dios dirige a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón.”

 

En el Evangelio de hoy tenemos un aspecto de esto de herir a Satanás en la cabeza. El que tentó a Eva y que sigue tentando a  cada uno de nosotros tentó a Jesús. El que había obtenido incontables victorias finalmente enfrentó a uno a quien no pudo vencer. Usó todos los trucos que habían sido tan efectivos contra Adán y Eva y los demás seres humanos. Trató de hacerlo dudar de la bondad de Dios. Apeló a su orgullo. Apeló a su atracción por lo prohibido. Y en cada caso nuestro Salvador Jesucristo salió victorioso.

 

Pero porque Cristo es Dios mismo venido en carne humana para cumplir lo que nosotros no pudimos cumplir, su obediencia cubre nuestra desobediencia, su victoria cuenta como nuestra victoria, su resistencia a las tentaciones del diablo cuentan como si nosotros hubiéramos resistido cada uno de los ataques de Satanás. Así con su perfecta obediencia a Dios en nuestro lugar y su muerte en la cruz para pagar las veces en que nosotros fuimos derrotados, ha aplastado la cabeza de la serpiente, ha conquistado a nuestro enemigo, y tenemos perdón y la promesa de vida eterna en él. Satanás midió fuerzas contra él, confiado que saldría victorioso como contra tantos seres humanos antes de él. Pero como dijo un antiguo padre de la iglesia: Vio la carnada de la humanidad y mordió, y quedó atrapado en el anzuelo de su divinidad.

 

Así al entrar en esta estación en que meditamos especialmente en todo lo que Jesús hizo para obtener nuestra salvación, estemos animados para confiar en su victoria y así también resistir nosotros con la palabra de Dios los ataques de Satanás, sabiendo que la victoria ya está ganada y asegurada por la perfecta obediencia de Cristo en nuestro lugar, una obediencia que por la fe en él cuenta ante Dios como nuestra.

 

Amén.