jueves, 16 de septiembre de 2021

GÉNESIS 12:1-9


 


1 Entonces Jehovah dijo a Abram: "Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. 2 Yo haré de ti una gran nación. Te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. 3 Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra."

 

4 Abram se fue, como Jehovah le había dicho, y Lot fue con él. Abram tenía 75 años cuando salió de Harán. 5 Abram tomó a Sarai su mujer, a Lot su sobrino y todos los bienes que habían acumulado y a las personas que habían adquirido en Harán; y partieron hacia la tierra de Canaán. Después llegaron a la tierra de Canaán, 6 y Abram atravesó aquella tierra hasta la encina de Moré, en las inmediaciones de Siquem. Los cananeos estaban entonces en la tierra. 7 Y se apareció Jehovah a Abram y le dijo: "A tu descendencia daré esta tierra." Y él edificó allí un altar a Jehovah, quien se le había aparecido. 8 Después se trasladó a la región montañosa al oriente de Betel y extendió allí su tienda, entre Betel al oeste y Hai al este. Allí edificó un altar a Jehovah e invocó el nombre de Jehovah. 9 Después partió de allí y se dirigió progresivamente hacia el Néguev.

 

(RVA)

 

Abraham, el hombre de fe, es también el hombre de las obras. Pero como Pablo dice en nuestra Epístola, lo que lo hace justo delante de Dios no son sus obras, sino su fe, como está escrito: “Y creyó al Señor, y su fe le fue contado por justicia.” Fue su fe, su confianza en la promesa divina, su confianza en el Dios que justifica al impío, que le trajo la eterna salvación y la vida eterna. Así que Pablo correctamente destaca su fe, y usa el ejemplo de Abraham para establecer que la manera de ser justo ante Dios es creer sus promesas, confiar en su Cristo, estar seguro de que por medio de Cristo y su redención nos quedamos libres de culpa y somos hechos herederos de la salvación y la vida eterna.

 

Santiago también utiliza el ejemplo de Abraham, sobre todo como un ejemplo de qué tipo de fe es la que justifica. No quiere que nos engañemos pensando que una fe puramente intelectual, una fe que no produce ningún fruto de obediencia sea genuina o que sea una fe salvadora. Así destaca las obras de Abraham que fluyen de su fe. En nuestro texto de hoy vemos los dos aspectos de Abraham, su fe, y la obediencia que fluye de su fe.

 

Nuestro texto comienza con el llamamiento de Abraham.

 

“Entonces Jehovah dijo a Abram: "Vete de tu tierra, de tu  parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.” Pensemos por un momento en lo que significaba esto. Recordemos que Abraham en este tiempo tenía 75 años. No es normalmente la edad para las aventuras. Estaría firmemente establecido en su lugar en la familia y la sociedad en donde estaba. Sin embargo, es llamado a abandonar patria, parientes, la casa paternal, para emprender ruta a un lugar que ni era precisado: “a la tierra que yo te mostraré.” ¿Usted se hubiera ido? ¿No le hubiera parecido una alucinación, o un engaño de la imaginación? Algunos de ustedes tal vez han abandonado su familia y su tierra para venir a la capital. Pero tal vez han tenido la experiencia también de tratar de convencer a algún pariente mayor a venir también, sólo para recibir la respuesta: No, hijo, o No sobrino, aquí estoy bien.

 

Sin embargo, oímos de Abraham que obedeció implícitamente. “Abram se fue, como Jehovah le había dicho.” ¿En dónde encontró la fuerza para tal obediencia? La respuesta está en lo que Dios le había dicho a continuación del mandato. Le dio una serie de promesas, promesas que culminaban en la promesa más maravillosa que Dios había hecho directamente a un hombre desde que primero prometió a Adán y Eva la venida de la Simiente de la mujer. “Yo haré de ti una gran nación. Te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.” Grandes promesas. Promesas que despiertan en Abraham una viva fe en la bondad de este Dios que le hace estas promesas. Promesas que levantan el espíritu, e impulsan a una gozosa y voluntariosa obediencia.

 

Pero aun así, no ha de haber sido fácil. Abraham tuvo que aprender a andar por fe, no por vista. Dios le dijo que le haría una gran nación, esto a un hombre de 75 años que no tenía hijo. Dijo que engrandecería su nombre, eso a un hombre que tenía que dejar atrás a todos los que lo conocían. Tuvo que creer que su relación con Dios sería tal que en cierto sentido lo que los

hombres hacían con él lo estaban haciendo con Dios. “Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré.” Pero lo más estupendo de todo: “En ti serán benditas todas las familias de la tierra.” De Abraham, de su familia, de esa nación grande que se formaría de su descendencia, vendría aquél que traería bendición y salvación al mundo de pecadores. El Cristo vendría de él. Fue su fe en esa promesa lo que le impulsó a la obediencia, lo que le llevó a abandonar a familia y tierra, para emprender el largo viaje a Canaán. “Por la fe Abraham, cuando fue llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir por herencia; y salió sin saber a dónde iba.” Heb. 11:8.

 

Y Abraham también necesitaba a Cristo. Como todos, fue llamado por gracia. Lo que era Abraham y su familia por sí solos oímos del libro de Josué: “Así ha dicho Jehovah Dios de Israel: "Vuestros padres (Taré, padre de Abraham y de Nacor) habitaron antiguamente al otro lado del Río, y sirvieron a otros dioses. Pero yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del Río, lo traje por toda la tierra de Canaán, aumenté su descendencia y le di por hijo a Isaac.” (Jos. 24:2-3) Abraham y la familia de Abraham eran pecadores como todos los demás.

 

No fue porque lo mereció que Dios llamó a Abraham, sino de su pura gracia. Dios es el que hizo a Abraham lo que era. Yo tomé a vuestro padre Abraham. Yo lo traje por toda la tierra de Canaán. Yo aumenté su descendencia. El Señor lo había hecho todo. La elección de Abraham para estas bendiciones dependía exclusivamente del amor y la buena voluntad de Dios.

 

Y aun la forma de llamar a Abraham fue motivado por el amor de Dios. Para que Abraham fuera bendición, para que en él todas las familias de la tierra fueran bendecidas, fue necesario separar a Abraham de todo lo que lo atraía en este mundo. Se mente tenía que ser fijada solamente en el Dios que promete, y la bendición que Dios traería, sin la distracción de los lazos sociales y familiares. Su atención tenía que fijarse en otro hogar.

 

“Conforme a su fe murieron todos éstos sin haber recibido el cumplimiento de las promesas. Más bien, las miraron de lejos y las saludaron, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. 14 Los que así hablan, claramente dan a entender que buscan otra patria. 15 Pues si de veras se acordaran de la tierra de donde salieron, tendrían oportunidad de regresar. 16 Pero ellos anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial.” Aun la tierra a donde Dios le conducía no sería su hogar permanente. “A tu descendencia daré esta tierra.” Personalmente, él sería un extranjero y peregrino en la tierra, viviendo en tiendas, sin poseer más que un lugar para sepultura. Pero no le importaba. Mediante la obra de su Simiente, Cristo, cuyo día vio, y se regocijó, él esperaba una patria aun mejor. En esto consistía la fe de Abraham. Esto es lo que motivaba su obediencia.

 

Nosotros también somos llamados, llamados a abandonar todo, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo. Nosotros también somos llamados a amar a Dios más aún que a nuestros padres y madres, hijos e hijas, amistades, posición social, y vivir como extranjeros y peregrinos en el mundo. Dios también nos recuerda a nosotros: “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; 16 porque todo lo que hay en el mundo -- los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida -- no proviene del Padre sino del mundo.” ¿Y cómo podemos encontrar la fuerza para hacerlo? En el mismo lugar en donde lo  encontró Abraham. En la promesa incondicional del amor de Dios en Jesucristo. Como la atención de Abraham fue dirigida a la Simiente, nuestra atención se dirige al amor de Cristo, colgando de la cruz, llevando nuestros pecados y culpa, y al trono, donde él reina victorioso y de donde lo esperamos en la culminación de los tiempos cuando nos recibirá en su gloria. Cuando realmente confiamos en esto, cuando vemos la grandeza del amor de Dios a nosotros, aquel Dios que justifica en Cristo a nosotros los impíos, también querremos servir y obedecer a aquél que nos ha salvado y redimido de todo pecado, de la muerte y del poder del diablo.

 

La fe de Abraham lo llevó a obedecer la voz de Dios. Salió de Harán y atravesó la tierra de Canaán. La fe genuina resulta en obediencia. Nadie piense que la verdadera fe que salva se expresa en la desobediencia a los mandatos de Dios. La impenitencia expulsará al Espíritu Santo y nos dejará expuestos al infierno. “Y ésta es la condenación: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que practica lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean censuradas. 21 Pero el que hace la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifiestas, que son hechas en Dios.” Es acerca de la posibilidad de engañarse en este asunto que Santiago dijo que “Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma.” Eva perdió su fe escuchando la voz del diablo, y desobedeció, trayendo condenación sobre todos. Noé creyó en Dios, así que cuando Dios le dijo hacer algo contra la vista y contra la razón, obedeció. Construyó el arca. Abraham creyó las promesas de Dios y obedeció. Salió de su tierra y dejó atrás su familia. Saúl ya no creía, pensaba que tenía que arreglar las cosas él solo, y desobedeció, ofreciendo él mismo el sacrificio que Dios había reservado para Samuel. Así fue reprendido:  “¿Se complace tanto Jehovah en los holocaustos y en los sacrificios como en que la palabra de Jehovah sea obedecida? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención es mejor que el sebo de los carneros. 23 Porque la rebeldía es como el pecado de adivinación, y la obstinación es como la iniquidad de la idolatría. Por cuanto tú has desechado la palabra de Jehovah, él también te ha desechado a ti, para que no seas rey.” Jesucristo mismo tuvo una fe perfecta en su Padre celestial, y siempre hacía la voluntad de su Padre.

 

Vemos luego que cuando Dios le prometió que daría esa tierra a su descendencia que Abraham adoró. La fe que recibe las promesas de Dios también se goza en contemplar esas promesas, meditarlas, alabar a Dios por su bondad y misericordia y darle la gracias. El cristiano que ha conocido la bondad de Cristo en rescatar a los pecadores de la destrucción quiere oír siempre más acerca de su Salvador y su salvación, se deleita en la Palabra del  Señor, ve que la comunión con su Creador y el Redentor en los cultos es un privilegio y se esfuerza por estar allí y agregar su débil voz a la canción de los ángeles y de los redimidos en el cielo.

 

Y Abraham “invocó el nombre de Jehovah..” Esto sería mejor traducido con “proclamó el nombre de Jehová.” De este modo Abraham realmente era una bendición a los que estaban alrededor. Como Pablo, no podía sino predicar las cosas que había visto y oído. Sobre todo su tema era la promesa de la bendición de todas las familias de la tierra, la promesa de Cristo y su redención. La fe que se deleita en su Redentor no puede guardar silencio. Las noticias para los pecadores son demasiado buenas para guardarlas solamente para uno mismo. Es como el novio que de alguna forma mete a su novia en todas las conversaciones.

 

Tal vez nuestra fe no siempre esté haciendo todas estas cosas. Bueno, debe entristecernos. Pero no debe llevarnos a la desesperación. Abraham tampoco era perfecto. Este mismo capítulo presentará una gran falla en la fe de Abraham, cuando puso a Sara en una situación de gran peligro en Egipto. Pero sus obras no eran la esperanza de Abraham para su justificación delante de Dios de todos modos. “Abraham creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.” Pero en sus mejores momentos, como en este texto, Abraham nos muestra lo que hace esa verdadera fe, lo que brota espontáneamente cuando realmente ponemos la confianza en las promesas de Dios, nos alejamos de los engaños de este mundo, y fijamos nuestra esperanza en el meta celestial. Vemos entonces que la fe realmente es como lo describe Lutero: “La fe es una cosa viva y potente; no es solamente un pensamiento cansado y flojo; tampoco flota en alguna parte sobre el corazón como el pato flota en el agua, sino es como el agua calentado completamente con un fuego bien caliente.” Dios, concédenos una fe así.

 

Amén.


GÉNESIS 2:7-9, 15-17, GEN 3:1-7

 



Sermón, Primer domingo de Cuaresma Rom 5:12-19 Mat. 4:1-11

 

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente. Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. E hizo Jehová Dios nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol del conocimiento del bien y del mal... Tomó, pues, Jehová Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo cuidara. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: «De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás»... La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho, y dijo a la mujer: —¿Conque Dios os ha dicho: “No comáis de ningún árbol del huerto”? La mujer respondió a la serpiente: —Del fruto de los árboles del huerto podemos comer, pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: “No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis”. Entonces la serpiente dijo a la mujer: —No moriréis. Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal. Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales.

 

En donde el hombre arruinó todo, Cristo lo remedia

 

San Agustín en sus Confesiones habla de una ocasión en que él y unos amigos pasaron por un huerto de perales. Así lo describe: “En una heredad, que estaba inmediata a una viña nuestra, había un peral cargado de peras, que ni eran hermosas a la vista ni sabrosas al gusto. No obstante eso, juntándonos unos cuantos perversos y malísimos muchachos, después de haber estado jugando y retozando en las eras, como teníamos de costumbre, fuimos a deshora de la noche a sacudir el peral y traernos las peras, de las cuales quitamos tantas, que todos veníamos muy cargados de ellas, no para comerlas nosotros, sino para arrojarlas después, o echarlas a los cerdos, aunque algo de ellas comimos. En lo que ejecutamos una acción que no tenía para nosotros de gustosa más que el sernos prohibida.

 

“Ved aquí patente y descubierto mi corazón, Dios mío, ved aquí mi corazón, del cual habéis tenido misericordia, estando él en un profundo abismo de maldad y miseria. Que os diga, pues, mi corazón ahora: ¿qué es lo que allí buscaba yo o pretendía, para ser malo tan de balde, que mi malicia no tuviese otra causa que la malicia misma? Ella era abominable y fea, y no obstante yo la amaba; amé mi perdición, amé mi culpa, pero de tal modo, que lo que amé no era lo defectuoso sino el defecto mismo.

 

¡Torpe bajeza de un alma, que dejándoos a Vos, que sois el apoyo y firmeza de su ser, busca su perdición y exterminio, y que no solamente apetece una cosa de que se ha de seguir afrenta o ignominia, sino que apetece y desea la ignominia misma!”

 

“No tenía para nosotros de gustosa más que el sernos prohibida”. Así describe Agustín la reacción de los seres humanos a los límites, a las prohibiciones, a las tentaciones a lo que no se nos permite.

 

¿Pero de dónde tenemos esta tendencia de la cual no podemos librarnos y que desde pequeños nos lleva a acumular más y más culpa, y si no fuera remediado nos hundiría en el mismo infierno? ¿Fuimos hechos así? ¿Siempre hemos sido así?

¿Es parte de la manera en que nos evolucionamos de seres más primitivos y más brutales?

 

No. No siempre ha sido así. Nuestro texto nos retrata la gloriosa situación en que Dios hizo al ser humano, el amor que demostró en formarlo y proveerlo de toda bendición imaginable. El hombre, hecho a la imagen de Dios, santo y puro, fue objeto de amor y cuidado especial cuando Dios lo creó. “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente.” Así como el alfarero toma arcilla y la forma y moldea hasta que cumpla el propósito contemplado, así Dios formó al hombre como si fuera una obra de arte de su mano. Personalmente le sopló al aliento de vida, de modo que el hombre llega a ser un ser viviente, diferente de todas las demás criaturas en que estaba hecho para vivir para siempre en bendita comunión con su Creador.

 

Dios no escatimó fuerzas en proveer todo lo que sirviera para utilidad y para deleite del hombre. Creó un hermoso huerto, lleno de “todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer”. Todo para el deleite del ojo y el paladar. Y Dios colocó al hombre en ese hermoso huerto para cultivar y cuidarlo. En el capítulo uno escuchamos: “Mirad, os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, así como todo árbol en que hay fruto y da semilla. De todo esto podréis comer”. Probablemente podrían haber comido diferentes frutos cada día  del año sin repetirlos, tanto fue la generosidad de su amante Creador hacia Adan y Eva.

 

Sólo quedaba una pregunta. ¿Cómo podrían Adán y Eva mostrar su amor y gratitud hacia su benéfico Creador? ¿Cómo podrían expresar su bendita comunión con él? “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás”. Aquí hay un mandato. Con la rebelión innata que llevamos desde que nacemos ahora después que el pecado ha entrado en el mundo, tendemos a ver esto como irrazonable, como una limitación innecesaria que Dios impuso a los hombres y que trajo miseria y perjuicio a los seres humanos. Básicamente, esto acusa a Dios de ser un cruel tirano.

 

Pero pensemos un poco más en esto. ¿Necesitaban Adán y Eva el fruto de precisamente este árbol? ¿No tenían libre acceso a todos los árboles del huerto con esta sola excepción? ¿No había Dios sido sumamente generoso con ellos?

 

Y sin embargo preguntamos: ¿Para qué Dios les dio esta prohibición? Lutero tiene un comentario interesante al respecto. “Pero es útil notar también que Dios proporcionó a Adán palabra, culto y religión en su forma más transparente, pura y simple, en que no hubo nada laborioso, nada elaborado. Porque no prescribió matar bueyes, quemar incienso, votos, ayunos y otras torturas del cuerpo. Sólo esto quiere: que alabe a Dios, que le dé las gracias, y se regocije en el Señor y que le obedezca al no comer del árbol prohibido.” También dice: “Este árbol de la ciencia del bien y del mal fue la iglesia de Adán, su altar, su púlpito. Aquí debía rendir la obediencia que debía a su Creador, dar reconocimiento a su palabra y su voluntad, darle gracias, y pedir ayuda contra la tentación.”

 

La única obediencia que podría tener valor sería una obediencia que se daba libremente, en gratitud y adoración de aquel que le había bendecido tanto. El hombre fue creado para tener comunión eterna con Dios, para honrar a Dios voluntariamente, no como un robot que está programado y que no puede hacer otra cosa. Así, aun el árbol del bien y el mal tenía un buen propósito en la intención de Dios. Allí debería adorarlo y obedecerlo, y así con el tiempo comer también del árbol de la vida y vivir para siempre en la presencia de Dios.

 

Bueno, todos sabemos que las cosas no resultaron así, y que nosotros mismos sufrimos las fatídicas consecuencias de que es así. ¿Pero qué pasó realmente? El capítulo 3 de Génesis nos da la respuesta. Primero Eva, y luego Adán sucumbieron al  Tentador. No guardaron su primer amor hacia su amante Creador. Desobedecieron su mandato.

 

El tentador verdadero es Satanás, la antigua serpiente, como se llama en Apocalipsis, que se acercó a Eva primero con lo que pareció una pregunta inocente, aunque posiblemente su forma ya insinúa que Dios está actuando irrazonablemente al restringir la dieta de la primera pareja. “—¿Conque Dios os ha dicho: “No comáis de ningún árbol del huerto”?” La mujer respondió parafraseando el mandato que Dios había dado a Adán. Y luego viene la mentira descarada: No moriréis. Ahora Eva confronta la gran prueba. ¿A quién creerá? ¿Al Dios que le había derramado abundantes bendiciones, o a esta nueva voz discordante que contradecía la voz de su amante Creador? No debería haber sido difícil la decisión.

 

Pero el diablo no es nada tonto. Sabe que tiene que vender su mentira, vistiéndola con promesas vagas y engañosas. Así que continúa: “Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal.” Ser como Dios, conocer el bien y el mal. ¿Cómo podría Dios habernos negado dones tan hermosos y buenos? ¿Cómo podría ser tan tacaño como para querer guardar esto sólo para él? Así es el proceso con que Eva comienza a dudar y luego rechazar la bondad de Dios. Cree al diablo. Cree la mentira. Ya no cree en Dios como su amante Creador. Así nos dice el texto de Génesis: “Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella.”

 

Ya se había cometido el acto atroz. El hombre había desobedecido y rechazado a su Creador. Desde ese momento cada ser humano se ha sumido en la muerte, la muerte física y la muerte eterna. Desde ese momento todos nacemos como hijos de ira, bajo la condenación de un Creador que en justicia juzga nuestros pecados y rebeliones.

 

Y sin embargo, esto no es el final de la historia. Inexplicablemente, en su gracia y amor Dios ofrece al hombre una segunda oportunidad. No para que él salve a sí mismo. No, más bien, Dios promete que él mismo proveerá un remedio; él mismo obtendrá la victoria sobre Satanás quien utilizó la serpiente. En el versículo 15 de Génesis 3 escuchamos estas palabras que Dios dirige a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón.”

 

En el Evangelio de hoy tenemos un aspecto de esto de herir a Satanás en la cabeza. El que tentó a Eva y que sigue tentando a  cada uno de nosotros tentó a Jesús. El que había obtenido incontables victorias finalmente enfrentó a uno a quien no pudo vencer. Usó todos los trucos que habían sido tan efectivos contra Adán y Eva y los demás seres humanos. Trató de hacerlo dudar de la bondad de Dios. Apeló a su orgullo. Apeló a su atracción por lo prohibido. Y en cada caso nuestro Salvador Jesucristo salió victorioso.

 

Pero porque Cristo es Dios mismo venido en carne humana para cumplir lo que nosotros no pudimos cumplir, su obediencia cubre nuestra desobediencia, su victoria cuenta como nuestra victoria, su resistencia a las tentaciones del diablo cuentan como si nosotros hubiéramos resistido cada uno de los ataques de Satanás. Así con su perfecta obediencia a Dios en nuestro lugar y su muerte en la cruz para pagar las veces en que nosotros fuimos derrotados, ha aplastado la cabeza de la serpiente, ha conquistado a nuestro enemigo, y tenemos perdón y la promesa de vida eterna en él. Satanás midió fuerzas contra él, confiado que saldría victorioso como contra tantos seres humanos antes de él. Pero como dijo un antiguo padre de la iglesia: Vio la carnada de la humanidad y mordió, y quedó atrapado en el anzuelo de su divinidad.

 

Así al entrar en esta estación en que meditamos especialmente en todo lo que Jesús hizo para obtener nuestra salvación, estemos animados para confiar en su victoria y así también resistir nosotros con la palabra de Dios los ataques de Satanás, sabiendo que la victoria ya está ganada y asegurada por la perfecta obediencia de Cristo en nuestro lugar, una obediencia que por la fe en él cuenta ante Dios como nuestra.

 

Amén.