Mostrando entradas con la etiqueta ENSAYOS TEOLOGICOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ENSAYOS TEOLOGICOS. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de agosto de 2021

LA NATURALEZA DE LA LEY Y EL EVANGELIO

 


La distinción correcta entre la ley y el evangelio es un conocimiento saludable, que Lutero nos ha explicado. Es, como él tan frecuentemente enfatiza, "un arte muy noble" y "altamente necesario" "diferenciar correctamente entre la ley y el evangelio." Cuando se confunden estas "dos palabras diferentes" resultarán la falsa doctrina y la práctica errónea. La confusión doctrinal de nuestro día y el desorden consiguiente en la vida resultan en gran parte del hecho de que se ha olvidado esta diferencia. Hoy se oyen expresiones acerca del "consuelo de la ley," de la ley como "guía de la santificación." Los predicadores del evangelio por tanto harán bien en estudiar continuamente las Escrituras y las Confesiones en cuanto a este punto decisivo de la sana doctrina.

 

Sin embargo, no es el propósito de este tratado otra vez iluminar el tema frecuentemente estudiado de la diferencia entre la ley y el evangelio. Por el momento pensamos considerar más de cerca los diversos efectos de estas "dos clases de palabras." Porque es precisamente en este punto que el mal entendido y el mal uso de ley y evangelio se hacen más evidentes. Con esto como punto de partida, también derramaremos nueva luz sobre la doctrina bíblica y confesional acerca del arrepentimiento y la conversión.

 

Solamente en la medida en que sirve nuestro proposito nos referiremos a los contenidos diferentes de estas dos palabras distintas. Lutero en su "Sermón sobre la diferencia entre la ley y el evangelio" lo describe en estas palabras: "Con la ley no se debe entender otra cosa que la palabra y mandato de Dios, en donde nos manda lo que debemos hacer y no hacer, y exige de nosotros la obediencia y las obras." "Por otro lado, el evangelio es la doctrina o palabra de Dios que no exige nuestras obras ni nos manda hacer nada, sino sencillamente nos pide aceptar y ser bañados de la gracia que se nos ofrece... Aquí nosotros no hacemos nada, sino simplemente recibimos y permitimos que se nos dé lo que nos es ofrecido por medio de la Palabra, o sea, lo que Dios nos promete y proclama: Esto y aquello te lo doy." (Lutero, ed. St. Louis, IX: 802-8033

 

Al mismo tiempo recordemos que ordinariamente cuando hablamos de la ley en contraste con el evangelio, cuando el apóstol en general habla de la ley y contrasta ésta con la fe, queremos decir aquella palabra de la ley que se encuentra en la Escritura, la ley revelada, la ley de Moisés hasta donde concierne a todos los hombres. Aprendemos del Nuevo Testamento cuáles porciones de la ley estaban en vigor solamente temporalmente y para los hijos de Israel, y cuáles porciones de la ley constituyen el mandato y la exigencia de Dios para todos los hombres de todos los tiempos. Sí, todo lo que Dios exige del hombre propiamente pertenece bajo el título "ley". Por tanto encontramos la predicación de la ley también en el Nuevo Testamento. Por otro lado, el evangelio comprende todas las promesas de Dios, los del Antiguo Testamento tanto como los del Nuevo.

 

Sin embargo, en cuanto a la ley, aunque la frase "la ley exige" puede definir correctamente la peculiaridad de la ley, esta definición no obstante no es exhaustiva y no cubre plenamente lo que dicen las Sagradas Escrituras acerca de la esencia y el propósito de la ley. Lutero mismo complementa esta definición en el mencionado escrito. Porque si nos limitamos a esto, o sea, que la ley exige, tal vez podríamos llegar al pensamiento de que la ley ayude al hombre hacer el bien y así le sirva en hacerse piadoso. Pero es precisamente este pensamiento que la Escritura rechaza. Cuando San Pablo dice (Gálatas 3:21): "Porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley," niega las dos cosas, o sea, que la ley justifica al hombre y que ayude al hombre a alcanzar la vida. Si quisiéramos hablar correctamente de la esencia, el fin y el efecto de la ley, nunca debemos apartar la vista de la naturaleza y la condición del hombre a quien se le ha dado la ley. Implícita en la definición bíblica de la ley es el concepto de que se trata con la humanidad pecadora.

 

"La ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores." (1 Timoteo 1:9) Eso es lo que San Pablo considera el propósito básico que tiene que fundamentar toda instrucción en la ley. La ley dice al hombre lo que Dios exige de él. Sin embargo, esta exigencia se dirige al hombre pecaminoso que efectivamente comete pecado. Fue una nación no santa, que desde el principio siempre resistía al Espíritu Santo, que recibió la ley en Sinaí. La forma misma de la exigencia "no matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás" claramente indica que las exigencias de la ley se oponen a la mente y a la voluntad del hombre, la cual es inclinada al mal. Por tanto esas exigencias no sirven para convertir al hombre de la maldad de su mente, voluntad y obrar, y así acostumbrarlo a lo que es bueno. Más bien, ya que la imaginación del corazón del hombre es malo desde su juventud, y puesto que el hombre natural no puede hacerse obediente a la ley de Dios (Romanos 8:7), la ley solamente incita al hombre a la oposición. El hombre pecaminoso, caído de Dios y hostil a él, se opone a y resiste las exigencias de Dios.

 

En sí la ley es justa, santa y buena. Pero el pecado que mora en el hombre, al momento en que se acerque la ley al hombre, reacciona a la ley en tal forma que produce lo opuesto de lo que agrada a Dios, o sea, la desobediencia y la transgresión. La lascivia y el mal deseo viven y florecen en el hombre natural. Antes de la venida de la ley el hombre no sabe que tal lascivia es pecaminosa y mala. Pero tan pronto como se haga conocido al hombre el mandamiento "no codiciarás", el pecado que ha estado muerto inmediatamente se vivifica. El hombre ahora se hace consciente de que las lascivias que duermen en su corazón son en realidad pecado y oposición a la ley de Dios. Y ahora, también, aunque conoce y ve el mandamiento, no puede impedir que las malas lascivias se conviertan en obra, en una acción de pecado, y se hace realidad la transgresión real de la ley. El hombre constantemente hace aquellas cosas que él desea, las cuales, sin embargo, son prohibidas y vedadas por la ley. Y puesto que la ley se opone a los deseos y las lascivias del hombre, de hecho, nutre, incrementa, y las agudiza, es en verdad correcto decir con San Pablo que "por la ley las pasiones pecaminosas... obraban en nuestros miembros" (Energeito, Romanos 7:5). Dice la misma cosa en esta breve oración (Romanos 3:20): "Por medio de la ley es el conocimiento del pecado." La ley pone de manifiesto el pecado, el cual está en el hombre y constantemente se revela en palabra y obra corno pecado actual, o sea, como transgresión y desobediencia, y como tal llega a la conciencia del hombre. Y ya que Dios no permite que su ley sea violada sin castigo, la ley, al designar el pecado como transgresión, causa ira en el pecador. "La ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión." (Romanos 4:15). La ley resulta en muerte para el hombre (Romanos 7:10, 11).

 

Pero todo esto no sucede por accidente, sino más bien según la intención de Dios. En todo esto se cumple el propósito de la ley según su intención. El pecado es provocado por la ley. Pero esto no excluye el hecho de que es el propósito de Dios que la ley dé ocasión al pecado. San Pablo, cuando reivindica la ley, de hecho dice que fue dada para la vida (He entole he eis zoen). Sin embargo, allí solamente señala la misma provisión de la ley, o sea que el que hiciera todo esto tendría la vida. El hecho de que es el propósito final de la ley que esta misma provisión debería convencer al hombre de su falta de habilidad de alcanzar la vida por medio, de la ley, Cristo lo prueba al hacer añicos la pretensión y el orgullo del escriba que se pensaba justo, con las palabras "haz esto, y vivirás" (Lucas 10:28). Las Escrituras claramente testifican que Dios, al dar la ley a pecadores, no tenía otra intención que la de encerrar a toda la humanidad bajo el pecado y la ira. Pablo contesta la pregunta "Entonces, ¿para qué sirve la ley?" con la explicación de que "Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa" (Gálatas 3:19). Al dar la ley el propósito de Dios fue que el pecado se revelara como transgresión, que los hombres aparecieran delante de Dios como transgresores. San Pablo escribe en otra ocasión: "La ley se introdujo" — tal fue el propósito de Dios — "para que el pecado abundase" (Romanos 5:20). Y en 2 Corintios 3:4-11 San Pablo habla de la ley revelada por Dios como la letra que mata, como el ministerio de condenación. El término "ministerio," o "servicio," "diakonía," demuestra que Dios mismo ha fijado el propósito de la ley, que es matar y condenar a la humanidad.

 

Por tanto no es válido el argumento de que Dios originalmente tenía en mente otro propósito con la ley, como si hubiera querido probar si por medio de ella el hombre pudiera alcanzar la justicia y la vida, y como si fuera por la propia culpa del hombre que la ley se hizo siervo de otro propósito extraño, o sea, para señalar y reprender el pecado. Al contrario, esta última función más bien desde el mismo principio fue el verdadero propósito de la ley, es decir, de la palabra revelada de la ley. El hecho de que el hombre fue y es pecaminoso y peca contra la ley, de hecho, que no puede hacer otra cosa que traspasar la ley, este hecho Dios lo ha comprendido desde el principio en la pedagogía de la ley. Ha dado la ley con el propósito explícito de revelar el pecado, la transgresión, y la ira, y hacer al hombre pecaminoso consciente de ello.

 

En este punto también, nuestras confesiones luteranas solamente dan eco a la enseñanza de la Sagrada Escritura. En la Apología, artículo XII leemos: "Porque la ley solamente acusa las conciencias, manda lo que se tiene que hacer, y las aterroriza." Por supuesto, la ley exige lo que se debe hacer. Esto, sin embargo, es evidente. Por tanto se omite esta adición en el texto latino. Acusar a las conciencias, convencerlas de transgresión, aterrorizarlas con la ira de Dios, éstas son las características de la ley.

 

Los Artículos de Esmalcalda, parte III, artículo II, describen la esencia y propósito de la ley en estas palabras: "La función principal o virtud de la ley es revelar el pecado original con los frutos y todo lo demás y mostrar al hombre cuán profunda y abismalmente ha caído y está corrompida su naturaleza. Pues la ley debe decir que no tiene a Dios ni lo venera, o que adora a dioses extraños, lo cual antes y sin ley no habrían creído. Con ello el hombre se estanca, es humillado, se siente fracasado, desesperado; quisiera ser socorrido y no sabe donde refugiarse; comienza a ser enemigo de Dios y a murmurar, etc." (Art. Esm. III, 11, 4) Ese es el poder y la eficacia de la ley, señalar el pecado y la profunda corrupción de la naturaleza humana, y por medio de esto echar al hombre en el terror y la desesperación, sí, intensificar la resistencia y la enemistad hasta lo último. Y esto es el oficio principal, el oficio esencial, de la ley, el propósito de la ley que Dios ha fijado.

 

En la Fórmula de Concordia, Declaración Sólida, Artículo V, son citadas dos expresiones de Lutero: "Todo cuanto sirve para reprobar el pecado es ley y pertenece a la ley, cuyo oficio peculiar consiste en reprobar el pecado y hacer que los hombres reconozcan sus pecados." "Es predicación de la ley todo lo que nos instruye acerca de nuestros pecados y la ira de Dios, no Importa como y cuando se haga." (Libro de Concordia, páginas 605 y 606). De acuerdo a esto podemos aplicar al efecto de la ley el término contrición, como lo hace la Apología en el artículo XII, "El arrepentimiento." Como se explica allí, el arrepentimiento comprende dos partes, o sea, la contrición y la fe (Libro de Concordia, página 167). Y estas dos están en la misma relación la una con la otra como la ley y el evangelio. Lo que la ley obra en el pecador es la contrición. Pero tal contrición no es otra cosa que "terror de conciencia" "absoluta ira y desesperación". La ley da vida al pecado y la transgresión en la conciencia del pecador y por tanto llena su corazón con angustia, temor, ira, los terrores del infierno. Hasta allí la ley lleva al hombre — hasta el infierno.

 

El evangelio, por otra parte, es en todo respecto lo opuesto de la ley. Mientras la ley exige del hombre lo que él debe hacer, el evangelio contiene solamente promesas. Prometer, dar, conferir, ésa es su peculiaridad como hemos notado arriba. Sin embargo, también esta definición es demasiado general, del mismo modo como no basta sencillamente definir la ley como una exigencia. Uno tiene que agregar inmediatamente el beneficio específico que se da mediante el evangelio. La ley trata del pecador, hace al hombre un pecador y transgresor y pronuncia sobre él la ira. El evangelio promete y da al pecador, cuya conciencia es cargada con pecado y ira, lo que más necesita, o sea, el perdón de los pecados y la salvación. Así hablan las Escrituras del evangelio en todas partes. Es el evangelio de Cristo, el Salvador de pecadores, de Aquel que murió por nuestros pecados. (1 Corintios 15:1,3.) Este evangelio es el poder de Dios para salvación, "En el evangelio la justicia de Dios se revela" (Romanos 1:16-17). De lo que es el evangelio, Lutero y la Fórmula de la Concordia dicen, "la predicación del evangelio consiste sólo en demostrarnos y concedernos la gracia y el perdón en Cristo" (FC, DS, V, 12).

 

De acuerdo con esto el efecto del evangelio, según lo expresa la apología en varios lugares, consiste en que, "levanta, sustenta y vivifica los contritos" (Apología, XII 36). Sin embargo, si un pobre pecador se consuela con la promesa misericordiosa de Dios, ¿qué otra cosa es esto que la fe? El evangelio, que consiste en promesa, exige la fe. Un regalo tiene que ser aceptado. El evangelio es el poder de Dios para salvación "para todo aquel que cree" (Romanos 1:16). Pero al exigir, al insistir en la fe, dando al pecador la promesa "aquí tienes en Cristo el perdón de los pecados, la vida y la salvación; es tuyo," el evangelio obra la fe y pone este tesoro en el corazón. En el artículo XII la Apología explica en detalle que la fe viene por el oír, por la promesa de la gracia divina, por el evangelio.

 

En el artículo II de la Declaración Sólida de la Fórmula de Concordia la conversión se describe de la siguiente manera: "Por estos medios, a saber, por la predicación y el oír de la palabra, obra Dios en el hombre, quebranta su corazón y lo atrae a sí mismo, de manera que mediante la predicación de la ley viene el hombre al conocimiento de sus pecados y la ira de Dios, y experimenta en su corazón verdadero terror, contrición y pesar, y mediante la predicación y consideración del santo evangelio que habla del misericordioso perdón de los pecados en Cristo, se enciende en él una chispa de fe, con la cual acepta el perdón de los pecados por causa de Cristo y se consuela a sí mismo en la promesa del evangelio; y de este modo se envía al corazón del hombre el Espíritu Santo que obra todo esto." (FC, DS, 11, 54) Sin embargo, en donde está la fe en el corazón. allí también hay nueva vida y luz. Por tanto la regeneración, la vida espiritual, es el efecto del evangelio. San Pedro recuerda a los cristianos que son renacidos "por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre," y agrega "esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada" (euaggelisthen), por tanto el evangelio (1 Pedro 1:23-25.) San Pablo alaba al evangelio como el ministerio del Espíritu que vivifica (2 Corintios 3:4-11). Este es la tarea establecida por Dios y la función específica de la predicación del evangelio. Así la ley lleva al infierno, el evangelio otra vez saca al pecador del infierno y lo transfiere en el cielo.

 

El contraste es ciertamente marcado. La ley y el evangelio según sus efectos son tan ajenos uno del otro como el infierno del cielo, la condenación de la salvación. Nada está más lejos de la verdad que presentar la ley como una introducción al evangelio, el efecto de la ley como el principio de la reforma que es perfeccionada en la fe. La ley es ciertamente llamada, y verdaderamente es, "nuestro ayo, para llevarnos a Cristo" (paidagogos), Gálatas 3:24. Pero eso no quiere decir que la ley lleva al corazón del hombre a cierta disposición moral en que es receptiva para la fe y la salvación en Cristo. Al contrario, el apóstol indica el propósito y la pedagogía de Dios, quien primero encierra a todos bajo pecado (Gálatas 3:22), para que en una manera totalmente diferente, directamente opuesta a la ley, o sea, por la promesa y la fe, pueda llevar a la salvación. San Pablo no tiene otra cosa en mente de lo que se afirma en la siguiente palabra de la Apología: "La obra propia de Dios es vivificar y consolar. Pero, se dice, si aterroriza, es para dar lugar al consuelo y a la vivificación porque los corazones seguros de sí mismos y que no experimentan la ira de Dios sienten repugnancia a la consolación." (Apología, Artículo XII, 51) Primero el pecado, después la gracia. Primero la muerte, luego la vida. Primero el terror, luego la consolación. El camino al cielo pasa por el infierno. Solamente en este sentido nos lleva la ley a Cristo. La ley solamente obra la ira. Pero, por supuesto, es el propósito de Dios, cuando ha llenado al hombre de terror y temor mediante la ley, después consolarlo con el evangelio y dar a los pecadores condenados la salvación por medio del evangelio. Al administrar la ley y el evangelio, Dios por su parte tiene en vista solamente un propósito: la salvación de la humanidad.

 

Jorge Stoeckhardt


miércoles, 4 de agosto de 2021

LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE: NUESTRA HERENCIA DE LA REFORMA LUTERANA

 



LA DOCTRINA POR LA CUAL LA IGLESIA SE QUEDA FIRME O SE CAE

 

Introducción

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, estimados miembros de la Conferencia Evangélica Luterana Confesional,

Dos cosas hacen esta reunión una ocasión especial. En primer lugar, como representantes cristianos de todo el globo, tenemos el privilegio de reunirnos en un lugar durante la santa estación de la Pascua para celebrar la resurrección de Cristo y nuestra vida en Cristo (Rom. 6:4). Pero en segundo lugar, y sobre todo, hemos venido para escuchar la palabra de Dios acerca de la doctrina de la fe cristiana que se basa en el mensaje de la Pascua — la noticia de que nosotros los pecadores somos justificados libremente por la gracia de Dios solamente mediante la fe en Jesucristo.

Ya que la doctrina de la justificación está en el centro de la vida cristiana, los confesores luteranos insisten en que esta doctrina sea enseñada solamente por una razón. El mensaje de la justificación no es otra cosa que el santo evangelio mediante el cual vive la iglesia cristiana en todo el mundo. La iglesia no vive por ser moral, por conocer u observar la ley de Dios. Tampoco vive la iglesia por la religión, por elevadas experiencias de lo divino y la conciencia de los misterios de Dios. La iglesia no vive por los resultados de su predicación — por una vida piadosa o hacer lo recto según la ley de Dios, a pesar de la importancia de estas cosas para la vida de fe.

La iglesia vive solamente por el perdón de los pecados. Y esa fe descansa directamente sobre la persona de nuestro Señor Jesucristo, quien dijo acerca de las Escrituras: “ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). La justificación solamente por la fe en Cristo es el concepto especial que Martín Lutero por la gracia de Dios trajo a la iglesia después de años de confusión acerca del significado de la justicia de Dios. Es nuestra intención en este ensayo final hacer resaltar la importancia de esta doctrina para la vida de la iglesia y nuestra misión en el mundo.

A. La iglesia que se queda firme

Pero si el mensaje de la justificación es tan sencilla y tan clara, ¿en dónde queda el problema? ¿Por qué ha luchado la iglesia cristiana a través de los siglos para identificar la verdad central a que debe su existencia? Aun más serio, ¿qué sucede con la iglesia cuando se encubre la obra vivificante de Cristo, cuando hasta es abolida por la iglesia misma? ¿Por qué enfatiza la confesión luterana en Augsburgo que la justificación es “la cuestión principal de la doctrina cristiana, cuestión que, bien entendida, esclarece y acrecienta el honor de Cristo y lleva las conciencias piadosas el tan necesario consuelo en medida abundantísima” (CA Ap. IV, 2)?  Sencillamente: ¿qué quieren decir los confesores luteranos cuando llaman la justificación por la fe el artículo por el cual la iglesia se queda firme o se cae (articulus stantis et cadentis ecclesiae)?

 

                        1. Edificada sobre una roca

 

Para entender lo que significa que la iglesia se quede firme o se caiga, la Escritura nos conduce a pensar de la iglesia como edificada sobre una roca. Dice el salmista: “Jehovah es mi roca, mi fortaleza y mi libertador. Mi Dios es mi peña; en él me refugiaré” (Sal. 18:2). En su gran confesión el apóstol Pedro identifica la roca como Cristo Jesús, el Señor. “¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!”, dijo Pedro con fe sencilla. Y Jesús encomendó a Pedro, porque por revelación había llegado a reconocer la roca (petra) sobre la cual descansa la iglesia (Mat. 16:18). Ya antes de Pedro, en tiempos del Antiguo Testamento, la iglesia descansaba sobre el Cristo, que estaba presente en la promesa. San Pablo recuerda a los judíos que sus antepasados en el desierto “todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:4).

Una de las pinturas modernas más impresionantes de la iglesia cristiana es la imagen de la roca de la eternidad. En este cuadro el artista retrata una mujer en un mar tempestuoso, adhiriéndose con los dos brazos a una roca que está en forma de una cruz. Allí en la roca de la eternidad la mujer, que representa al creyente o la iglesia, encuentra refugio de las olas que están a punto de arrastrarla a una muerte segura. Allí en la roca de la eternidad también encuentra seguridad de la tormenta, porque aquella roca es Cristo.

Tristemente, la roca de la eternidad que provee salvación también puede hacer naufragar la fe. San Pablo advirtió a los judíos a no ofenderse por Jesús, citando una vieja palabra profética acerca de la iglesia: “He aquí pongo en Sión una piedra de tropiezo y una roca de escándalo; y aquel que cree en él no será avergonzado (Rom. 9:33; véase también 1 Ped. 2:8). El profeta Simeón en el templo también entendió el lugar de Jesús en la vida de la iglesia. Al llevar al bebito Jesús en sus brazos, profetizó: “He aquí, éste es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel y para señal que será contradicha”(Luc. 2:34). ¿Por qué dijo Simeón “para caída y para levantamiento de muchos en Israel”, es decir, la caída y el levantamiento de muchos en la iglesia? ¿Y qué quería decir con la “señal que será contradicha”?

Simeón conocía su Biblia. No fue un sistema de principios que algún filósofo inteligente nos presenta para lisonjear nuestra inteligencia, para excitar nuestras emociones o para fortalecer nuestra voluntad. Las Sagradas Escrituras nos ponen frente a frente con Dios, bajo el velo de las palabras inspiradas de Dios, para que podamos saber que la verdad de Dios no es divorciada de la persona de Dios, de aquel bebito que Simeón tenía en sus brazos. Como judío, Simeón sabía que su pueblo eran los que buscaban señales. Habían sido entrenados por milagros, ceremonias y profecías a buscar las señales del Mesías. Pero cuando vino el Mesías, muchos seguían buscando solamente las señales de que les hablaban Moisés y los profetas. Con incredulidad pasaron por alto el hecho de que estas señales se cumplieron en la persona de Jesús, en el bebito que estaba en los brazos de Simeón.

Lo que Simeón previó en el bebito sucedió. Cuando Jesús comenzó su ministerio público en Galilea, identificó su obra en términos personales. Después de hacer una señal milagrosa alimentando más de 5,000 personas con unos panes de cebada y dos pescaditos, informó a la gente que él era el pan de vida descendido del cielo. Estas noticias gloriosas ganaron algunos a la fe, pero hizo que otros, aun algunos de sus seguidores íntimos, cayeron de la fe. El viejo Simeón había visto correctamente las cosas, y San Juan escribe que “desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” (Juan 6:66). Seguramente no es un texto que inspira a las misiones para edificar la iglesia. ¡O tal vez lo es!

 

2. La fe en naufragio

 

 ¿Qué sucedió? ¿Qué causó el naufragio de la fe después del milagro? Podemos entender que los compañeros de juego de Jesús y los de su aldea le rechazaran. Jesús mismo les explicó que el profeta no es aceptado en su propio país. Pero ser abandonado por sus propios discípulos — ¿por qué? Habían sido los seguidores de Jesús, la gente que se adhería a él, que habían estudiado con él y habían creído su palabra. ¿Qué fue lo que repentinamente les repugnó de modo que salieron de la escuela de este famoso rabino?

Dicho en forma sencilla, cayeron en un error fatal. Nunca sobrepasaron la idea de creer que Jesús era el nuevo Moisés. De hecho, habían seguido a Jesús precisamente porque pensaban que era otro Moisés. Como Moisés, Jesús trajo preceptos espirituales en forma legal y los explicó con referencia al Dios todopoderoso. Como Moisés hizo grandes milagros y señales para mostrarles que sus dichos eran verdaderos. Pero el punto de separación vino cuando Jesús explicó el milagro de los panes y los pescaditos. Todavía siguieron a Jesús cuando dijo que era un mensajero divino: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre.” Pero cuando Jesús llanamente dijo: “El pan que yo daré por la vida del mundo es mi carne”, esto fue algo inaceptable para ellos. ¿Por qué?

Querían a un maestro que solamente les enseñara verdades divinas que ellos podían poner en práctica. Pero cuando Jesús les dijo que él era la verdad, que la verdad de Dios estaba anclada en esta persona de carne y sangre, parada ante ellos, estas palabras de Jesús les dejaban perplejos. Al oír las palabras de Jesús: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final” (Juan 6:53), salieron. No reconocieron que la iglesia estaba edificada sobre la carne y la sangre de Jesús, es decir sobre el Hijo de Dios encarnado que se hizo plenamente humano para sufrir y morir por los pecados del mundo y resucitó para nuestra justificación (Rom. 4:25). Sin esta fe la iglesia caería.

 

3. El fundamento tiene que estar firme

 

 Martín Lutero recibió la tarea de devolver a la iglesia, con un claridad que había sido perdida por cientos de años, la verdad de la justificación por la fe en Jesucristo. Seguramente la iglesia en los días de Lutero guardaba remanentes de las buenas noticias de la justificación. En su liturgia todavía proclamaba el mensaje del evangelio cuando cantaba: “Oh Rey de majestad tremenda, que envías libre salvación.” Y seguía anunciando perdón a los pecadores absolviéndolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Esta palabra es lo que mantenía viva la iglesia.

Pero la práctica penitencial de la iglesia oscurecía el evangelio y echaba a las personas otra vez sobre sus propios esfuerzos. El evangelio fue convertido en una ley cuando el sacerdote exigió que completemos nuestro perdón haciendo obras de penitencia. El creyente fue echado sobre sí otra vez (incurvatus in se). Ya no es el mensaje de la justificación solamente por la fe en Cristo. La libre salvación ya no es libre cuando tenemos que agregar nuestras obras justas a la obra justa de Cristo. La doctrina de la iglesia se cayó en la confusión. Y la confusión es la obra de Satanás para socavar el fundamento de la iglesia, la obra vivificante de Cristo.

En su sermón sobre Las dos clases de justicia (LW 31:297ss), Lutero trató de reparar esta confusión. Hizo una línea que la iglesia no había hecho con claridad cuando confesó en el Credo Apostólico: “Creo en el perdón de los pecados”. Para aclarar lo que realmente significa el perdón, Lutero indicó que hay dos clases de justicia en la vida cristiana, que se tienen que distinguir con sumo cuidado. La primera es la justicia de Cristo. Esta es una justicia que no es una parte de nosotros. Es la justicia que está fuera de nosotros (extra nos) y viene a nosotros desde fuera; no procede desde adentro para afuera. Lutero llama esta justicia una justicia ajena o extraña, porque no es nuestra por naturaleza, sino que pertenece a otro. Es la justicia que Jesús ganó por toda la humanidad por su sufrimiento y muerte en la cruz. En un pasaje inolvidable el reformador explica lo que es: “Esta justicia, entonces, es dada a las personas en el bautismo y siempre que estén verdaderamente arrepentidos. Por tanto una persona puede con confianza jactarse en Cristo y decir: ‘La vida, el hacer, el hablar, el sufrir y el morir de Cristo son míos, tanto como si yo hubiera vivido, hecho, hablado, sufrido y muerto como lo hizo él.’” Y luego, utilizando la imagen bíblica de la novia, el corazón de la doctrina de Cristo y la fe en la unión mística de Cristo y la iglesia, sigue: “Así como el novio posee todo lo que es de su novia y ella posee todo lo que es suyo, porque los dos tienen todas las cosas en común, porque son una carne [Gén. 2:24], así Cristo y la iglesia son un espíritu [Efe. 5:29-32]” (LW 31:297).

En los Artículos de Esmalcalda Lutero describe esta justicia como el fundamento de nuestra fe, sin la cual se caerá la iglesia. Con convicción firme e indómita afirma: Apartarse de este artículo o hacer concesiones no es posible... Sobre este artículo reposa todo lo que enseñamos y vivimos, en oposición al papa, al diablo y al mundo” (Art.Esm. II, 1,5). Lutero pone en las mismas palabras de la Escritura lo que es el testimonio sólido como una roca:

“Este es el artículo primero y principal: que Jesucristo, nuestro Dios y Señor ‘fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación’ (Rom. 4:25. Sólo él es ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ (Juan 1:29), y  ‘Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros’ (Is. 53:6). De la misma forma, ‘todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús’ (Rom. 3:23-25)

Pero hay una segunda justicia, como ha indicado el hermano Martín, de igual importancia, porque lo que Cristo hizo no lo hizo por sí mismo sino por ti y por mí. La otra es la justicia que poseemos por la fe. Lutero llama la segunda una justicia propia, es decir una justicia que propiamente se hace nuestra por fe. Esta justicia está basada en la obra de Cristo, aquella justicia primaria, y no llega a nosotros por algo que nosotros hayamos hecho o podamos hacer, sino solamente por la fe. Esta fe aviva nuestra vida cristiana. “La segunda clase de justicia es nuestra justicia propia”, explica con cuidado Lutero, “no porque la obramos solos, sino porque la obramos con aquella primera y ajena justicia. Esto es como la vida se pasa con provecho en buenas obras ... Esta justicia consiste en amor al prójimo... y en mansedumbre y temor hacia Dios” (LW 31:229).

Si enseñar la justificación de esta manera parecía amortiguar y desactivar la iglesia porque es la obra de otro, el doctor Lutero objetaba. Lutero tenía la firme convicción de que la fe que justifica obra. No fe y obras, como si se podían desligar las dos cosas. Tal expresión sería tan necio como decir acerca de una lámpara, luz y brilla, cosa que no tiene sentido. No, la luz brilla a menos que sea apagada, y la fe obra a menos que esté muerta (Sant. 2:26).

El apóstol Pablo fue el maestro también aquí. El mismo apóstol que identificó la justicia primaria, diciendo que somos justificados “por la fe, sin” nuestras actividades, también describió nuestra justicia propia, escribiendo que la fe que nos vivifica también obra en nuestra vida. Esto dijo cuando escribió a los gálatas: “Pues en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión valen nada, sino la fe que actúa por medio del amor (Gál. 5:6). Y Pablo recuerda a los creyentes el hecho de que personalmente como cristianos “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.” ¿Qué significa esto? “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gál 3:20). De esta manera la fe en Cristo no nos hace flojos o despreocupados, sino aviva nuestra vida.

En el prefacio de la Epístola de San Pablo a los Romanos, Lutero indica que la iglesia vive por la predicación de la justificación. Describe la dinámica de la fe dentro de la iglesia en términos que cada clase de instrucción tiene que aprender. “La fe es una obra divina en nosotros que nos cambia y nos hace nacer de nuevo de Dios (Juan 1). Mata el viejo Adán y nos hace gente totalmente diferente en corazón y espíritu y mente y poderes; y trae consigo al Espíritu Santo. Es una cosa viva, ocupada, activa, poderosa, esta fe. Es imposible que no esté haciendo incesantemente las buenas obras. No pregunta si se deben hacer buenas obras, sino antes de hacer la pregunta, ya las ha hecho, y constantemente las está haciendo” (LW 35:370).

De esta manera clara y vívida, Lutero distinguió agudamente entre lo que nosotros hacemos ante Dios y lo que Cristo ha hecho por nosotros, entre la justicia de Cristo y nuestra justicia. Su propia experiencia en la iglesia enseñó a Lutero lo fundamental que es esta distinción para la vida de la iglesia. En términos sencillos y bíblicos, Lutero expresó la diferencia entre la obra de Cristo y nuestras obras, entre la fe en Cristo y nuestra vida de fe. En términos doctrinales, hizo con claridad la distinción entre la justificación y la santificación, entre el evangelio y la ley.

Juntos con Lutero tenemos deuda con el apóstol por aclarar el evangelio en su manual de instrucción a los romanos al concluir: “Así que consideramos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley (Rom. 3:28). Cualquier otra doctrina confunde a los que oyen y conduce a un evangelio atado por la ley. Y éste es “otro evangelio” que se tiene que condenar (Gál. 1:8).

 

 B. La iglesia que se cae

 

¿Podemos mantener hoy esta claridad en nuestro mundo indiferente? ¿Nos impulsan las tentaciones para el éxito en la iglesia a depender de otras estrategias que no sean predicar, enseñar y confesar las dos clases de justicia, como la Biblia las presenta? Todavía estamos convencidos de base de la palabra de Dios de que la predicación de Cristo y la cruz y el arrepentimiento y la fe es algo que trae resultados? ¿Es la doctrina preciosa de la justificación solamente por la fe todavía central para nuestra obra y misión como una iglesia cristiana? En breve, ¿creemos que la doctrina de la justificación es el artículo por el cual la iglesia queda firme o se cae?

 

1. Elaborando de nuevo el fundamento

 

 Walter Altmann, en su libro Lutero y liberación: una perspectiva latinoamericana, sugiere que ha llegado el tiempo en nuestra historia para evaluar de nuevo la enseñanza central que Lutero sacó de la Escritura. Según el profesor Altmann, de la Escuela Superior de Teología de San Leopoldo, Brasil, las obras y las ideas de Lutero eran adecuadas para sus tiempos y sus circunstancias, pero nuestros contextos culturales en el mundo occidental de hoy exigen que modifiquemos la doctrina de la justificación. “Mucho del impacto libertador y revolucionario de Lutero se ha perdido hoy”, a causa de su ineficacia social. Según Altmann, no trae resultados. Lo que en un tiempo era una teología libertadora, en un sentido personal y eclesiástico, tiene que hacerse aplicable en escala mayor en la vida social y política. (Altmann, viii-ix).

El problema, como lo ve Altmann, es un asunto de énfasis. Para Lutero la justificación involucraba la culpa personal y la recepción pasiva del don de la justicia de Cristo. Liberado por la fe, Lutero vio al cristiano individual como un instrumento del amor en el mundo. Pero surge la pregunta “si el énfasis de Lutero sobre la pasividad, [es decir ser inactivo] en la justificación, también conduciría a una pasividad ética, y por tanto a la negación de la tarea de la liberación” (Ibid., 38). En palabras sencillas, ¿Estaría el pecador justificado, libertado por Cristo, indiferente e inactivo en la búsqueda de la justicia social? “Cuando enfatizamos la pasividad en la justificación podemos — tal vez sin quererlo — estar justificando una ética cómoda,” según Altmann, y luego se explica: “La pasividad de la experiencia de Lutero de la justificación se utiliza para justificar no participar en la tarea de la liberación” (Ibid.).

Para Altmann, la posición de Lutero durante la guerra campesina es un caso de referencia. Había razones por las que Lutero “rechazó el intento de los campesinos de usar la Biblia para legitimar sus exigencias políticas y sociales.” “Tenía miedo”, dice Altmann, “de que la victoria ganada con tanta dificultad sobre el control religioso [católico] del poder político sería revertido, y que el evangelio, distorsionado para convertirse en ley, se perdería” (Ibid. 39). Así, a pesar de las quejas sociales de los campesinos, Lutero se puso al lado de los príncipes contra los campesinos en interés de preservar el orden político. Pero ahora las cosas son diferentes. “Hoy”, indica Altmann, “es importante enfatizar que la voluntad política se ejerce desde abajo. La gente, específicamente los oprimidos, son los nuevos sujetos históricos que buscan la transformación de la situación actual y de los sistemas de justicia social” (Altmann, 10). La libertad cristiana ahora tiene un sonido diferente, un sonido decididamente social y político. “Hoy nuestro énfasis tiene que ser diferente”, afirma Altman, y da la razón por qué. “Es importante que la vida bajo la gracia, una vida de compasión, no se entienda como una vida individualista, solamente una paz interna, sino más bien una vida comunitaria colectiva que toma forma concreta en nuestras sociedades” (Ibid., 39).

¿Qué, entonces, se debe hacer hoy? Tenemos que cuidar, dice el profesor, “de que el reino de Dios se haga visible mediante señales que son hechas visibles por los que siguen a Jesús” (Ibid., 39; el énfasis es mío). La manera de hacerlo es modificar la doctrina de la justificación adaptando la terminología bíblica a nuestros tiempos. Sugiere que nos apartemos de palabras jurídicas usadas para predicar la justificación, y que utilicemos palabras más compatibles con la vida del siglo XX.

Usando como fuente a Pablo Tillich, Altmann nos pide sustituir la palabra aceptación como un término más apropiado que la justificación para los problemas de nuestro tiempo, es decir la liberación social. En el contexto del dominio y dependencia, el término aceptación significa más en la vida de los que anhelan la liberación. Y “el término ‘liberación’ es especialmente adecuado para expresar la ‘totalidad’ de la salvación, y su carácter como un proceso, tanto como sus dimensiones personales e históricas. ‘La liberación’”, enfatiza al crítico, “también comunica la dialéctica bíblica de estar libre de (una esclavitud), y libre para (un servicio), tejiendo la acción gratuita de Dios con el compromiso ético humano” (Ibid., 41). Si este lector entiende correctamente, la obra de Dios y nuestras obras se entretejen en una expresión con este proceso.

 

2. La libertad cristiana

 

Las palabras de crítica de Altmann nos hacen detenernos para reflexionar sobre lo que dice, a la luz de las dos clases de justicia de que hablan las Escrituras. Para orientarnos, tenemos que echar la modificación moderna de la justificación que él hace contra la roca. Lutero una vez admitió que cuando había una nuez dura para quebrar, la tiraba contra la roca, que es Cristo.

No hay duda de que los cristianos deben ser luces en este mundo por la manera en que viven y actúan y enfrentan los problemas en la sociedad. Jesús indica que la actividad cristiana es una señal visible al incrédulo de nuestra fe cristiana. Amonestó a sus seguidores: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16). Nuestra vida santificada de la fe se muestra en el fruto del espíritu (Gál 5:22ss.). Pero este fruto no es la fuente o el fundamento de nuestra fe. La fuente no consiste en entretejer nuestra obra y la obra de Cristo en alguna comunidad corporal externa. Tampoco son las obras visibles de los cristianos la señal externa sobre la cual descansa la iglesia.

La señal por la cual la iglesia es edificada y sobre la cual queda firme es Cristo, quien dijo distinta y exclusivamente de sí mismo: “Separados de mí, nada podéis hacer (Juan 15:5). Todas las señales externas visibles son vanidad sin la fe en Cristo Jesús, el Señor, no importa lo bueno que parezcan. Los fariseos probaron esta ruta. Más bien, la señal infalible visible de la iglesia es el Jesús de carne y sangre que nos justifica gratuitamente por su gracia. Cuando está enchufada en esta luz, la fe brilla. Porque la luz es Cristo, que dijo clara e inequívocamente acerca de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12; 9:5).

Ser sensible a las necesidades sociales de otros es de hecho el fruto de la fe cristiana. El amor cristiano y la preocupación por el prójimo y por toda la humanidad sigue a la fe cristiana, tan seguramente como la segunda clase de justicia nace de la primera y principal justicia. En su panfleto, La libertad cristiana (1520), que es usualmente la primera de las obras de Lutero que se traduce cuando se ponen en un nuevo idioma, Lutero aclara lo que hace funcionar al cristiano en palabras muy sencillas. “El cristiano no vive en sí mismo, sino en Cristo y en su prójimo. De otro modo no es un cristiano. Vive en Cristo mediante la fe y en su prójimo mediante el amor. Por la fe es elevado por encima de sí a Dios. Por el amor desciende debajo de sí a su prójimo. Sin embargo, siempre se queda en Dios y en su amor” (LW 31:371).

Esta afirmación sencilla en resumen de la vida cristiana correcta y claramente distingue la fuente celestial de la liberación cristiana de sus resultados terrenales en las vidas diarias del amor. En su origen la predicación cristiana de la justificación no es individualista, aunque Cristo murió “por ti y por mí” personalmente. La obra de Cristo de la justificación del pecador tiene una dimensión sin limitación de tiempo y global.

Las Sagradas Escrituras indican que la obra de Cristo es sin límite y abraza todos los pueblos en toda sociedad y cultura en la tierra, no importa cuáles sean sus circunstancias en la vida. Es el Salvador del pecado, que ha esclavizado a todos los pueblos, naciones y tribus y los ha privado de la vida con Dios. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.” La maravilla es que esta justicia vino a todos los pueblos por la obra de un hombre, Jesucristo, (Rom. 5:15-19). La verdad en el asunto es, como dijo Pablo a los corintios, que “Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo”, y luego explica que todo esto significa “no tomándoles en cuenta sus transgresiones” (2 Cor. 5:19).

 

 3. Más que aceptación

Así, el nombre apropiado para la justificación, como testifica la Escritura, es más que aceptación de parte de Dios — o de parte de nosotros. La aceptación pasa por alto al que está entre el pecador y el Dios justo, Jesucristo. Sugerir que la justificación en nuestras circunstancias históricas se modifique utilizando en su lugar el término aceptación distorsiona la imagen de lo que real y verdaderamente está sucediendo entre Dios y el mundo. Decir que “Dios acepta” significa otra cosa que decir “Dios justifica”. Esconde el hecho de que la justificación es un acto judicial de parte de Dios.

Aquí está la situación desde el tiempo de Adán. Los pecadores de toda nación están ante el tribunal de la justicia de Dios, culpables conforme a la acusación. Somos sentenciados a la muerte. Pero Dios anula nuestra sentencia y nos declara libres por causa del justo que tomó nuestro pecado y la sentencia de la muerte sobre sí mismo. Estas son las buenas noticias. El Dios santo y el juez justo acepta la sustitución del Hijo. Resucita al vicario de la muerte en la mañana de la Pascua. Por la fe en el sustituto nosotros los pecadores estamos libres y somos resucitados a una vida nueva con él. Es un don. Por el Espíritu de Dios en y por la gran purificación del bautismo los creyentes son librados del cautiverio al pecado y se hacen esclavos de la justicia de Cristo (Rom. 6:16-18). Los creyentes son libres para servir y ofrecer su vida como un sacrificio vivo en gratitud a Dios y en amor a los demás (Rom. 12). Los que se apartan de Cristo en la incredulidad siguen viviendo en servidumbre a la ley y bajo la sentencia de la muerte eterna.

A la luz de la obra de Cristo, la sugerencia de Altmann de que sustituyamos la palabra aceptación por la justificación es más que una modificación moderna, es un cambio sustancial. La aceptación sola fácilmente pasa por alto el gran costo que exigió nuestra justificación. Costó la vida al propio Hijo de Dios. La muerte sacrificial del Hijo de Dios en la cruz no puede ser oscurecida por las palabras que usamos. Seguramente, Dios nos acepta como puros y santos por causa de la justicia de Cristo. Pero la obra de Cristo tiene que permanecer como el centro en nuestra predicación y misión.

Wilhelm Maurer indica que el redescubrimiento de Lutero del evangelio ya contradijo un énfasis medieval en la aceptación. Escribe: “Lutero vio el perdón divino como la acción de la cual se dependía la aceptación o no aceptación del pecador. ... La cosa decisiva no es la medida de mérito humano sino una declaración de absolución que descansa sobre la justicia de Cristo. El punto en el cual Lutero se vio distinguiéndose de la teoría de aceptación de las autoridades medievales tardías, fue su convicción de que Dios perdona a los pecadores por una actitud libre y misericordiosa. Solamente cuando se entiende la aceptación en su contexto bíblico, puede el concepto ser usado como una expresión de la doctrina de la justificación” (Maurer, 337).

Lutero explica su concepto en sus propias palabras: “Es la justicia más dulce de Dios Padre, que no salva a pecadores imaginarios sino verdaderos, sosteniéndonos a pesar de nuestros pecados y aceptando nuestras obras y nuestras vidas, todas las cuales son dignas de rechazo. ... Por tanto cuando perdona, ni acepta ni rehusa aceptar, sino perdona” (LW 31:63-64). Esta “aceptación totalmente misericordiosa de parte de Dios”, Lutero la llama la imputación de la justicia de la fe (LW 25:36). Según el ejemplo de San Pablo, explica el perdón misericordioso de Dios con una expresión negativa, como un no imputar contra nosotros nuestros pecados, y con una expresión positiva, como una imputación de la justicia de Cristo a nosotros. Como Abraham, nos hacemos justos por la imputación de esta fe aparte de nuestra cooperación y dignidad.

Por esta razón fácilmente confundimos a las personas convirtiendo la justificación en una mera aceptación. Confunde la obra de Cristo con la nuestra. Lo que es más serio, puede convertir la justicia de Cristo en una nueva ley. En un evangelio orientado socialmente, Jesucristo se convierte en un nuevo Moisés. En donde esto es el caso, la iglesia ya no vive solamente por el perdón de los pecados. Vive por su obra y su impacto en la sociedad. El Jesús de carne y sangre se marchita en el fondo y ya no es el centro de la vida y obra de la iglesia.

Cuando la fe pierde su conexión con Cristo, la roca sólida, la iglesia se cae. Se hunde en las arenas movedizas de los compromisos humanos con la justicia terrenal. Perdemos la segura confianza en Cristo y con él perdemos la fe que obra como sal en la comunidad. Al tratar de reformar el mundo, nos apartamos del centro de la fe cristiana, el santo evangelio. Con incredulidad, nos alejamos de nuestra justificación ante Dios mediante la fe en Jesucristo, nuestro Señor. Y al hacerlo, perdemos el poder revolucionario del evangelio que es capaz de cambiar corazones y mentes (Rom. 1:16).

 

 Una posdata

 

 Antes de cerrar este breve paseo por la doctrina de la justificación, permitan un último comentario hecho por la persona que por la gracia de Dios nos ha enseñado la importancia central del evangelio en la vida y la misión de la iglesia. Hablando del artículo sobre la justificación por la fe en Cristo solamente, Martín Lutero escribe en oración y contemplación:

Esta doctrina es la cabeza y la piedra angular. Sólo ella engendra, nutre, edifica, preserva y defiende a la iglesia de Dios. Y sin ella la iglesia de Dios no puede existir una hora. ... Porque nadie que no se adhiere a este artículo — o, para usar la expresión de Pablo, esta “sana doctrina” (Tit. 2:1) — es capaz de enseñar correctamente en la iglesia ni resistir con éxito al adversario. ... Este es el talón de la Simiente que se opone a la antigua serpiente y aplasta su cabeza. A la vez, es por esto que Satanás no puede hacer otra cosa que perseguirla. (WA 33:82).

A esto decimos: ¡Amén! — al orar, “Sosténnos firmes, Oh Señor, en la palabra de tu amor”, porque el evangelio de la justificación por la gracia solamente mediante de fe en Jesucristo es la roca sobre la cual la iglesia en toda época se queda firme. Hay un cuadro de la Roca de la eternidad aun más impresionante que el anterior. En este cuadro el artista presenta a la mujer asida de la roca con solamente un brazo, mientras el otro se extiende para llevar a otra persona a la roca. Este es nuestro privilegio y misión que Dios nos ha concedido.

 

 Arnold J. Koelpin

Martin Luther College

New Ulm, Minnesota

Pascua, 7 de abril de 1996

 

 Obras citadas

 

·        Biblia: Reina Valera Actualizada. Editorial Mundo Hispano

·        CA  =  Confesión de Augsburgo, como se encuentra en el Libro de Concordia, St. Louis: Concordia, 1989

·        Art. Sm.  =   Artículos de Esmalcalda, como se encuentra en Libro de Concordia, St. Louis: Concordia, 1989

·        LW  =   Luther´s Works, American Edition, Philadelphhia: Fortress Press, 1972

·        WA  =  D. Martin Luther´s Werke. Kritische Gesamtausgabe. Weimar, 1883-.

·        Altmann, Wa.   Luther and Liberation: A Latin American Perspective. Minneapolis, Fortress Press, 1992.

·        Maurer, Wilh.     Historical Commentary on the Augsburg Confession. Philadelphia: Fortress Press, 19


jueves, 15 de julio de 2021

LA JUSTIFICACIÓN ES RECIBIDA POR MEDIO DE LA FE


 

La justificación es recibida por medio de la fe

Daison Mabedi

Iglesia Luterana del Centro de Africa - Conferencia de Malawi

 

 

Creemos que Dios ha justificado, es decir declarado justos a todos delante de él, por causa de Cristo. Esta es la doctrina central de la Escritura, de que depende la misma existencia de la iglesia. Es un mensaje relevante a gente de todos los tiempos y lugares, de todas las razas y estratos sociales, porque el resultado de una transgresión fue condenación para todos los hombres (Rom.5:18). Todos necesitan la justificación ante Dios, y la Escritura proclama que todos son justificados, porque “el resultado de un acto de justicia fue la justificación que trae vida a todos los hombres” (Rom. 5:18). Creemos que el individuo recibe este don gratuito del perdón mediante Cristo, no por las obras, sino solamente por la fe. (Efesios 2:8 y 9)    (En Esto Creemos, p.

 

Como afirma En esto creemos, la fe tiene una posición central en toda la doctrina cristiana. Mediante la fe Cristo restablece la unión perdida entre Dios y el hombre. Esta unión es proclamada en el evangelio. Este evangelio es aceptado por la fe. La fe, entonces, es el vínculo entre el pecador y Dios.

 

En vista de esta importancia de la fe, los ensayos en esta conferencia enfatizan la doctrina de la justificación por la gracia mediante la fe. Nosotros que estamos reunidos aquí nos llamamos no solamente cristianos, sino cristianos luteranos. Somos una parte de una iglesia luterana. Nos llamamos con el nombre de ese hombre, Martín Lutero. Se podría hacer la pregunta: ¿Qué es un cristiano luterano? ¿Por qué escogemos llamarnos con el nombre de luteranos? ¿Por qué nos unimos en la comunión de este cuerpo del luteranismo? ¿Qué es lo que hace una iglesia “luterana”? Parece hoy que siempre menos personas saben por qué son una parte de cierta iglesia o denominación, y menos todavía saben por qué o qué representa su iglesia y por qué representa algo. Luteranos, no olvidemos que estamos reunidos aquí a causa de la fe común que compartimos. Creemos que el único camino a la vida eterna es solamente por la fe, Sola Fide. Esta es la verdad que se descubrió en la reforma. Desafortunadamente, muchos luteranos hoy también han perdido de vista la vital importancia de la justificación solamente por la fe. Pero como veremos, la Biblia la enseña. Nuestras confesiones luteranas la reafirman. Esto es lo que cada uno de nuestros cuerpos eclesiásticos unidos en una comunión verdadera enseñamos. Como luteranos confesionales, repasemos constantemente esta doctrina importante, no sea que perdamos esta única verdad que conduce a la vida eterna. En este ensayo, redescubramos la verdad de

 

la fe salvadora —

 la mano que recibe el perdón de Dios

 

Para redescubrir esta verdad hoy, veremos cómo la Biblia y nuestras confesiones luteranas contestan tres preguntas vitales.

1 ¿Qué es la fe salvadora?

2 ¿Cómo ocurre la fe salvadora?

3. ¿Cómo salva la fe salvadora?.

 

1. ¿Qué es la fe salvadora?

 

El idioma español puede causar problemas sobre el sujeto de la fe para los que aprenden el español. El sustantivo “la fe”, es totalmente diferente del verbo “creer”, y sin embargo en el Nuevo Testamento ambos el sustantivo y el verbo griego vienen de la misma familia: el sustantivo pistis, el verbo pisteuoo. Pistis significa tener confianza en un mensaje o promesa. El escritor de Hebreos capítulo 11:1 define el sustantivo fe como “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (RVR) El apóstol Pablo tiene el mismo pensamiento cuando habla del verbo pisteuoo, al escribir en Romanos 4:19-21: “Sin debilitarse en la fe, él tuvo muy en cuenta su cuerpo ya muerto (pues tenía casi cien años) y la matriz muerta de Sara. Pero no dudó de la promesa de Dios por falta de fe. Al contrario, fue fortalecido en su fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios, quien había prometido, era poderoso para hacerlo.”

 

La fe siempre tiene un objeto. Tenemos un ejemplo de esto en Juan 3:16:  “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.” La persona puede creer en, o tener fe en, muchas cosas diferentes: amigos, padres, gobierno, etc. Pero la fe salvadora siempre tiene por su objeto las palabras y las promesas de la Biblia. San Pablo señala el objeto de la fe salvadora cuando dice: “Porque no me avergüenzo del evangelio; pues es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree ...  Porque en él la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Pero el justo vivirá por la fe. (Rom. 1:16,17).

 

La fe, sin embargo, incluye más que solamente confianza. La fe requiere conocimiento. Y la fe salvadora requiere conocimiento de lo que Dios ha hecho mediante su Hijo Jesucristo para perdonar nuestros pecados, que sufrió el castigo de todos los pecados de toda la gente de todos los tiempos. Pablo indica el hecho de que no puede haber fe sin conocimiento cuando dice: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Rom. 10:14).

 

Más que solamente confianza y conocimiento, la fe es también acuerdo (tradicionalmente llamado asentimiento) con lo que se ha oído. La fe salvadora es creer lo que oímos de la palabra de Dios. El Señor Jesús habló de esta necesidad de estar de acuerdo con lo que dice el evangelio cuando dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo que hablamos de lo que sabemos; y testificamos de lo que hemos visto. Pero no recibís nuestro testimonio.” (Juan 3:11). El apóstol Juan indica lo positivo cuando habla de gente que acepta lo que se les ha enseñado en 1 Juan 5:10: “El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en [es decir, aceptado] el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.” La Apología de la Confesión de Augsburgo enfoca su discusión de la fe en la palabra “aceptación” también. “La remisión de pecados es algo que se nos promete por causa de Cristo. Por tanto, no puede ser recibida más que por la fe sola. Porque la promesa puede recibirse únicamente por la fe sola.” (IV, 84, p. 92).

 

 Para completar nuestro estudio de lo que dice la Biblia acerca de qué es la fe, se debe notar que a veces la Biblia utiliza la palabra fe en un sentido un poco diferente. Pablo dice que los cristianos de Judea habían oído este mensaje acerca de él después de su conversión: “El que antes nos perseguía ahora proclama como buena nueva la fe que antes asolaba.” (Gál. 1:23). Aquí la palabra “fe” significa: “la fe que es creído” (tradicionalmente el término es fides quae creditur, del latín por esa frase) más bien que la confianza misma,  “la fe con que se cree” (tradicionalmente llamado fides qua creditur).

 

2. ¿Cómo ocurre la fe salvadora?

 

Es Dios el Espíritu Santo que crea la relación entre Dios y la humanidad caída, reclamando al pecador mediante su palabra como lo hace en el bautismo. Esta relación crece en el hombre cuando oye la palabra de perdón y vida de Dios y obtiene más información acerca de Cristo mediante esta palabra. La fe no puede comprender todo, porque la fe es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Hebreos 11:1). Ya que la fe, aunque es algo que el hombre hace, es totalmente la obra de Dios, no hay lugar para la jactancia. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe.” (Efe. 2:8,9). Así, mientras la fe es un acto del hombre — es el hombre el que cree — es una obra de Dios, es decir, es Dios que hace al hombre creer.

 

La Formula de la Concordia (S.D. III, 9, p. 583, 584) expresa la misma idea de que la fe es un don gratuito de Dios, para que se elimine toda jactancia. “En lo que respecta a la justicia de la fe que vale delante de Dios creemos ... que el pobre hombre pecador es justificado delante de Dios ... sin ningún mérito o dignidad alguna de nuestra parte ... de pura gracia, sólo por causa del único mérito, completa obediencia, amarga pasión y muerte, y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, cuya obediencia se nos cuenta a nosotros por justicia.”

 

Desafortunadamente, muchos individuos e iglesias se han apostatado de esta verdad bíblica de que Dios y solamente Dios es responsable por la fe que está en el corazón de la persona. El pelagianismo (común en muchas iglesias africanas) declara que el hombre es moralmente neutral y capaz de escoger el bien y el mal y así ganar su camino al cielo por las buenas obras. El semi-pelagianismo (en las Iglesias Católicas Romanas) dice que el hombre está privado de la habilidad de amar perfectamente a Dios y hacer buenas obras, pero que Dios da al hombre esa habilidad mediante la gracia infusa para que pueda ganar su camino al cielo con las buenas obras. El sinergismo (común en las iglesias reformadas), enseña que el hombre está depravado, pero que tiene una chispa de bien en él, con que puede escoger creer. Al menos tales iglesias enseñan que la persona alcanza el cielo por el perdón de Dios, más bien que por sus propias obras. La Fórmula de Concordia indica el error de las tres doctrinas en el Artículo II, párrafos 75 a 77. Finalmente el calvinismo, que se encuentra en la Iglesia Presbiteriana del Centro de Africa, declara que el hombre es totalmente depravado, sin ninguna chispa de bien — hasta allí está bien. Pero siguen para decir que Dios crea la fe en él mediante la gracia irresistible que no utiliza con toda la gente.

 

¿Qué es la doctrina bíblica (y así la nuestra como luteranos confesionales) acerca de cómo ocurre la fe salvadora? La doctrina bíblica se puede resumir como sigue:

·        Toda la gente es muerta espiritualmente

·        El llamamiento de Dios al arrepentimiento es el mismo y se dirige a todos

·        Algunos rechazan y es su propia culpa

·        Algunos por la gracia de Dios creen

1.      La ley trae contrición

2.      El evangelio produce la fe.

 

La Biblia declara muy claramente que toda la gente es espiritualmente muerta. Pablo escribió a los Efesios: “En cuanto a vosotros, estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (2:1). Ya que son muertos espiritualmente, todos por naturaleza son enemigos de Dios, incapaces de obedecer sus mandatos. “La intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Rom. 8:7). Además,  Pablo dice que la persona que es espiritualmente muerta no puede entender ni responder al mensaje del evangelio. “Pero el hombre natural no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede comprender” (1 Cor. 2:14). Es por eso que Martín Lutero explica el Tercer Artículo del Credo Apostólico con las palabras: “Creo que no puedo por mi propia razón, ni por mis propias fuerzas creer en mi Señor Jesucristo, ni allegarme a él” El Epítome de la Fórmula de Concordia también enseña: En asuntos espirituales, el entendimiento y la razón del hombre son completamente ciegos y por sus propias facultades no comprenden nada.” (FC-Ep. 1, p. 503-504)

 

La invitación de Dios a que la gente se arrepienta es la misma y se dirige a todos los pecadores. Cuando el Señor comisionó a sus discípulos con el evangelio, les mandó ir a toda nación con el evangelio. Les envió con las palabras: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que cree y es bautizado será salvo” (Mar. 16:15-16). El evangelio es para todos: negro, blanco, moreno o amarillo, niños y adultos. Como declara Pedro: “El Señor ... es paciente para con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Ped. 3:9).

 

Pero, ¿por qué no se salva toda la gente ya que la invitación procede universalmente a toda la gente? Es por la incredulidad: “Pero el que no cree será condenado” (Mar. 16:16). No es que Dios escoge a algunos para ir al infierno, y a otros a la vida eterna. Eso no es lo que dice la Escritura. Más bien dice: Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y que lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:4) De estos pasajes vemos que la invitación al arrepentimiento va a todos y que los que no se arrepienten no pueden culpar a otros sino a ellos mismos. Como el pueblo de Israel, “siempre resisten al Espíritu Santo.” (Hech. 7:51).

 

Por la gracia de Dios, hay algunos que creen. Estas serán las personas que formarán la gran multitud en el cielo, tan grande que nadie les podrá contar. Vendrán “de todas las naciones y razas y pueblos y lenguas.... Están de pie delante del trono y en la presencia del Cordero” (Apoc. 7:9)

 

Dios utiliza su ley para hacer a los pecadores conscientes de que son pecadores y merecen el castigo eterno. “Por medio de la ley viene el reconocimiento del pecado” (Rom. 3:20) La ley obra temor o la contrición en el corazón del pecador. La Confesión de Augsburgo así define la contrición como “dolor o terror a causa del pecado” (XII, 4, p. 31). Cuando el pecador ha sido molido por la ley de Dios, ve la necesidad de un Salvador que perdonará sus pecados. Y el evangelio muestra al pecador quién es el Salvador. El poder del evangelio crea la fe en el corazón del pecador contrito. El pecador luego es convertido. El que no tenía voluntad se hace voluntario. Ahora es un hijo de Dios. Vive para Dios. Otra vez las confesiones luteranas indican la obra tanto de la ley (en crear la contrición), y del evangelio (en crear la fe) como necesarias en la conversión. La función principal o virtud de la ley es revelar el pecado original con sus frutos y todo lo demás y mostrar al hombre cuán profundamente ha caído y está corrompida su naturaleza ... Con ello el hombre se espanta, es humillado, se siente fracasado, desesperado” (A Es. III, II, 4, p. 313) “A esta función el Nuevo Testamento agrega inmediatamente la consoladora promesa de la gracia, promesa dada en el evangelio” (A Es. III, III, 4, p. 314).

 

Otros sinónimos de la conversión son: arrepentimiento (Juan 1:13), iluminación, (1 Ped. 2:9; 2 Ped. 1:19), regeneración (Juan 3:3-5). Estos no se deben considerar como pasos en llegar a ser un hijo de Dios. Son imágenes diferentes para mostrarnos lo que hace el Espíritu Santo cuando a un incrédulo lo hace un creyente, de modo que pasamos de la muerte a la vida.

 

3. ¿Cómo salva la fe salvadora?

 

La Biblia nos dice que la fe hace muchas cosas,

 

·        Tu fe te ha salvado. (Mateo 9:22, Lucas 8:48, en el sentido de sanado).

·        De cierto os digo que si tenéis fe y no dudáis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si decís a este monte: "Quítate y arrójate al mar", así será. (Mat. 21:21).

·        Tu fe te ha salvado. (Luc. 7:50)

·        Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para siempre.(Juan 11:25)

·        Así que consideramos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley. (Rom. 3:28; vea también 5:1; Gál. 2:16).

·        Porque por gracia sois salvos por medio de la fe. (Efe. 2:8).

·        Pero al que no obra, sino que cree en aquel que justifica al impío, se considera su fe como justicia. (Rom. 4:5)

 

La fe no es una condición o causa del perdón, o de ninguna de las otras bendiciones mencionadas en los pasajes arriba. La fe es un don de Dios (Efe. 2:8). El pecador no se salva porque tiene fe. De otro modo la fe se convierte en una buena obra. La salvación es solamente por la gracia. La manera en que los santos escritores ligaban la fe con la justificación en el griego indica esto. Utilizan o la preposición ek con el acusativo, o dia con el genitivo, o un dativo instrumental. Nunca usan ninguna forma (tal como dia con el acusativo) que indicaría que seamos justificados a causa de la fe.

 

La traducción actual del Nuevo Testamento en Chichewa tiene un gran problema porque frecuentemente traduce de manera inconsistente tales pasajes. Por ejemplo, Romanos 5:1 se traduce:

 

“Mulungu     watilungamitsa     chifukwa     cha chikhulupiriro       chathu

    Dios            nos hace justos  a causa de       la fe                       nuestra.

 

Obviamente la traducción “nos hace justos” también es un problema acerca del cual ha escrito la Iglesia Luterana del Centro de Africa — Conferencia de Malawi a las Sociedades Bíblicas Unidas, junto con el problema de “a causa de”, y nos da gusto informar que nuestras sugerencias en los dos asuntos han sido aceptadas y serán incorporadas en la nueva edición de la Biblia que saldrá el próximo año.

 

Posiblemente tales traducciones erradas resultan de falta de precisión en los Manuales para Traductores de las Sociedades Bíblicas Unidas. Por ejemplo, en el tomo sobre Romanos dice: “En algunos idiomas medios tales como son expresados por las frases mediante la fe ... se pueden expresar más específicamente como causa — por ejemplo, ‘el hombre es justificado con Dios solamente porque cree...’” (Página 70). En Efesios (comentando sobre 2:8, “por medio de la fe se puede expresar como: ‘esto fue posible porque confiaste.’” (Página 47)

 

La verdadera doctrina de la Biblia retrata la fe como una mano receptora. Dios hace su promesa a todos, y la promesa se hace nuestra mediante la fe. Las bendiciones de la salvación llegan por medio de la fe y nunca a causa de la fe. En las palabras de la Declaración Sólida,  la fe justifica “no porque sea una obra tan buena o una tan ilustre, sino porque acepta y se apropia los méritos de Cristo que son ofrecidos en el Santo evangelio.” (III, 13, p. 584)

 

En julio el Instituto Bíblico Luterano conducirá clases de educación continua para los pastores. Una de las clases será un repaso de la doctrina de la justificación. ¿Por qué? Porque es nuestra herencia luterana confesional. Porque es la verdad de la Biblia. Porque sin ella estamos perdidos porque sin ella nuestras iglesias enseñarán un mensaje vacío.

 

Qué el Dios Todopoderoso guarde a cada uno de nosotros y todas nuestras iglesias fieles a esta doctrina central de la Biblia — de que la fe es la mano que recibe el perdón de Dios.

 

Referencias

 

Becker, Siegbert W. The Holy Ghost and His Work, Milwaukee: Northwestern Publishing House.

Bratcher, Robert G. and Nida, Eugene A., A Translator’s Handbook on Paul’s Letter to the Ephesians, New York: United Bible Societies.

Kittel, Gerhard and Friedrich, Gerhard, eds. (G. W. Bromiley, translator), The Theological Dictionary of the New Testament Abridged in One Volume, Grand Rapids: Eerdmans Publishing House.

Koehler, Edward W. A., A Summary of Christian Doctrine, Detroit: Koehler.

Kolb, Robert, The Christian Faith, St. Louis: Concordia Publishing House.

Meyer, Johann P., Wisconsin Lutheran Seminary Senior Dogmatics Notes, Mequon: Seminary Mimeograph Company.

Newman, Barclay M. and Nida, Eugene A., A Translator’s Handbook on Paul’s Letter to the Romans, New York: United Bible Societies.

Schaller, John, Biblical Christology, Milwaukee, Northwestern Publishing House.

_____, This We Believe, Milwaukee: Northwestern Publishing House.