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lunes, 2 de marzo de 2020

I TIMOTEO 1: 1-2: DIOS SE DIRIGE A TODOS LOS CRISTIANOS PARA FORTALECERLOS Y ANIMARLOS EN SU TAREA DE LLEVAR EL EVANGELIO A TODO EL MUNDO









Es de esta manera que, por mandato de Dios y por su autoridad, los obreros especialmente llamados aún sirven como los representantes de Dios en la Iglesia. Ellos también a menudo se enfrentan con dificultades. Ellos también tienen que hacer frente a los falsos profetas y perturbadores. Saben que no pueden depender de su propia fuerza para superar estos problemas. Pero, la autoridad de Dios les respalda. El mandato de Cristo les acompaña. Todas las bendiciones de la gracia, misericordia y paz de Dios descansan sobre ellos para fortalecerlos y animarlos para su tarea.

viernes, 20 de marzo de 2015

DIOS PROHÍBE EN EL PRIMER MANDAMIENTO – TEMA 01 : No tendrás dioses ajenos delante de mí.




DIOS PROHÍBE EN EL PRIMER MANDAMIENTO – TEMA 01

 “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Dios lo dice a ti, a mí y a todas las demás personas en el Primer Mandamiento. Nos prohíbe tener dioses ajenos delante o fuera de él. “Esto es,” dice Lutero (Cat. May., Mandamientos, #1), “deberás considerarme a mí sólo como a tu Dios.” El Señor es el único Dios. Él mismo dice, Is. 42:8: “Yo Jehová, este es mi nombre.” Él es Jehová, el Señor supremo del cielo y la tierra. Fuera de él no hay otro Señor. Y “nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho.” Sal. 115:3. Es el Dios todopoderoso, que puede apoyarnos y ayudarnos en toda necesidad. Es el Dios verdadero. (Jer. 10:10). — Y este Dios, el Dios verdadero y viviente, quiere que lo tengamos como nuestro Dios. En Is. 42:8 nos dice: “Y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.” ¿Cuál es la gloria que debemos darle sólo a él? Mat. 4:10. Quiere que lo glorifiquemos a él sólo como nuestro Dios, adorándolo sólo a él, confiando en él como el que nos da todo bien, que quiere y puede ayudarnos en toda necesidad. (“Dios es aquél de quien debemos esperar todos los bienes, y en quien debemos tener amparo en todas las necesidades. Por consiguiente, tener un Dios no es otra cosa que confiarse en él y creer en él de todo corazón, como ya lo he dicho repetidas veces. La confianza y la fe de corazón pueden hacer lo mismo a Dios que al ídolo. Si son la fe y la confianza justas y verdaderas, entonces tu Dios también será justo y verdadero. Por lo contrario, donde la confianza es errónea e injusta, entonces no está el verdadero Dios ahí. La fe y Dios son inseparables. En aquello en que tengas tu corazón, digo, en aquello en que te confíes, eso será propiamente tu Dios.” Cat. May., Mandamientos, #2.) Dios no quiere dar su gloria, su fama a otro. No debemos dar la gloria que pertenece a Dios a ninguna otra persona ni cosa, de modo que lo adoremos, lo confiemos, y esperemos apoyo y auxilio de ella en la necesidad. Hacerlo será establecer un ídolo delante de Dios. En todo caso, esas cosas no son dioses verdaderos, porque hay sólo un Dios verdadero; todos los otros son dioses falsos, o ídolos, o como la Biblia los llama, “esculturas”, Isaías 42:8. El servicio que los hombres rinden a estos ídolos se llama idolatría. El pecado que el Señor nos prohíbe en este mandamiento es toda idolatría.

Dios prohíbe que demos su gloria a otros dioses, a dioses falsos, y de esta manera practicar la idolatría. Sin embargo, hay tantas personas que están hundidas en la idolatría.

1.    Pensamos primero en los paganos que nunca han oído la palabra de Dios. Saben que existe un dios (Rom. 1:19), pero no conocen al verdadero Dios, de modo que inventan para sí otros dioses falsos. Muchos consideran el sol o los animales como dioses, y los adoran. Otros hacen para sí imágenes y las adoran como sus dioses, como hicieron los Hijos de Israel en el monte Sinaí. Ex. 32. La Escritura nos cuenta muchos otros ejemplos de tal idolatría. (Por ejemplo 1 Sam. 5:2; 1 Reyes 18; Hechos 19:24 etc.) Esos paganos consideran que criaturas, cosas creadas, sean sus dioses y los adoran. Ésa es la idolatría grosera, considerar una criatura su dios y adorarla.

2.    Hay todavía otra clase de gente que practica la idolatría grosera, la Iglesia Católica Romana. Es cierto que los católico romanos confiesan al verdadero Dios, pero en su necesidad invocan a los santos muertos, especialmente a la Virgen María. Así también ellos consideran a criaturas sus dioses y los adoran. — El Señor en su palabra prohíbe con firmeza toda esta idolatría. Mat. 4:10. (Ex. 20:4,5). Ésta es además una necedad, porque los ídolos no pueden ayudar, son ídolos mudos y muertos. Salmo 115:3,4. (Compare también Jer. 10:1sig.; Isaías 44:8sig.; Isa. 63:16.)

3.    Hay todavía otros que practican tal idolatría grosera. Podemos pensar en los judíos actuales. Los judíos en un tiempo tenían al verdadero Dios. Pero han rechazado al Mesías, el Hijo de Dios, y así han rechazado al verdadero Dios. Juan 5:23. Ahora tienen a un dios falso. La misma situación existe con muchos de los incrédulos en nuestros días, especialmente las logias. Éstas rechazan al Dios trino. En sus propios pensamientos inventan otro dios y lo adoran. Ellos también tienen a una criatura, una creación de su propia mente, como su dios. Se tiene que decir lo mismo de las sectas que rechazan al Dios trino, tales como los Testigos de Jehová y los Mormones.

Aparte de esta idolatría grosera existe otra clase de idolatría. Nuestro mandamiento dice: “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Mucha gente confiesa al verdadero Dios con la boca, externamente no adora a la criatura como a su dios, pero en su corazón quita la gloria de Dios y la da a otro. En lugar de adorar al verdadero Dios, hacen otra cosa su dios. Nuestra relación con Dios es esencialmente asunto del corazón. Lutero dice en el Catecismo Mayor: “En aquello en que tengas tu corazón, en aquello en que te confíes, eso será propiamente tu Dios.” La gloria que el verdadero Dios quiere tener de nosotros es que le temamos, amemos y confiemos en él sobre todas las cosas. El que teme otra cosa más que a Dios, que ama y confía en ella en su corazón más que en Dios, le quita la gloria que pertenece a Dios y comete el pecado de la idolatría. Esta clase de idolatría no es tan evidente como la otra. Por eso se llama idolatría sutil. Es idolatría sutil cuando uno teme, ama o confía en la criatura más que a Dios. ¿Pero a qué se adhieren los hombres en sus corazones? ¿Qué es lo que ellos convierten en dioses falsos en sus pensamientos? La Sagrada Escritura nos menciona muchas cosas.

1.    Prov. 3:5. Muchos hombres dependen de su entendimiento, de su sabiduría y astucia. Goliat confió en su fuerza física. (1 Sam. 17:45). Los fariseos confiaron y dependieron de sus obras y su piedad. (Luc. 18:11,12). Hay personas que dependen de sí mismos, de sus dones corporales, intelectuales o espirituales. El que lo hace, roba a Dios la gloria y hace a sí mismo su dios. (Jer. 9:23,24).

2.    Otros temen a otras personas más que a Dios. Mat. 10:28. Rehúsan hacer lo que Dios quiere porque temen el odio y el disgusto de las demás personas. O les aman más que a Dios. Mat. 10:37. O ponen su confianza en ellos, Jer. 17:5. Esperan su consuelo, ayuda y apoyo de personas ricas, poderosas, o de alta reputación. Ponen carne, es decir, los hombres débiles, por brazo, esperan su ayuda de ellos, les hacen su dios. Así sus corazones se apartan del Señor, dan la gloria que le pertenece a él a los hombres, que no pueden salvar.

3.    También podemos cometer idolatría con otras cosas, apegando nuestros corazones a ellas, y temiendo, amando y confiando más en ellas que en Dios. En Mateo 19:16 leemos de un joven rico que tenía su corazón apegado a su dinero y bienes y los amaba más que a Jesús su Dios. Hay muchos que inclinan su corazón a su dinero y bienes y ponen su confianza en ellos. Son avaros, y un avaro es un idólatra, que hace el dinero su dios y no tiene herencia en el reino de Dios. Ef. 5:5. Además oímos de otro hombre rico, que vivía todos los días entre esplendor y diversiones. Luc. 16:19. Amaba más que a todo su buena vida, los goces y satisfacciones de esta vida. Su vientre era su dios. Fil. 3:19. Otros, por su parte, buscaban especialmente la gloria y alabanza de los hombres. El que inclina su corazón a los bienes, deleites y cosas, que teme, ama o confía en ellos más que en Dios, roba a Dios su gloria, convierte las cosas en su dios, y así comete idolatría.

4.    Por último, hay una forma especial de idolatría. El Salmo 14:1 habla de los que dicen en su corazón: “No hay Dios.” Hasta hay personas que se atreven a afirmar que no hay un Dios. La Biblia los llama necios. Niegan la existencia de Dios contradiciendo su mejor conocimiento. Y el pasaje dice por qué niegan a Dios. Se han corrompido. Viven malvada e impíamente, y para silenciar su conciencia, niegan la existencia del Dios santo y todopoderoso, que castigaría sus obras vergonzosas. Por eso son una abominación ante Dios junto con sus obras. Sin embargo, también estas personas son idólatras. Niegan a Dios, pero tienen algo a que se apegan sus corazones, ya sea a sí mismos, o a otros hombres, o los bienes y las cosas de este mundo.

5.    Éste es el pecado de la idolatría, el cual Dios prohíbe en este mandamiento, que uno roba a Dios la gloria que le pertenece, y de hecho adora a alguien más como a Dios, o apega su corazón a algo más en este mundo al lado de o encima de Dios.


6.    Huyamos de este pecado. Está bien enraizado en nuestro corazón. Por naturaleza todo nuestro corazón está alejado de Dios y siempre busca en la criatura su ayuda y consuelo. También nosotros los cristianos estaremos tentados con frecuencia a este pecado, y tenemos que luchar contra él. Especialmente en nuestros días ha prevalecido la idolatría sutil, inclinar el corazón a los bienes y goces de este mundo. Y la idolatría, también la sutil, es un pecado gravísimo, porque ofende directamente a Dios y es la raíz de todos los demás pecados. El Señor maldice al hombre que pone su confianza en la fuerza humana y aparta su corazón del Señor. Jer. 17:5.

PRIMER MANDAMIENTO – TEMA 02 : Dios nos manda en este mandamiento.




PRIMER MANDAMIENTO – TEMA 02
Dios nos manda en este mandamiento

Cuando Dios nos prohíbe tener otros dioses, al mismo tiempo nos manda algo. No debemos tener ningún otro Dios delante de él. Con eso nos dice que debemos tenerlo a él, el único Dios verdadero, por nuestro Dios. Es nuestro Dios y quiere serlo, y nosotros debemos considerarlo y honrarlo como tal. Eso sucede cuando, en las palabras de nuestro Catecismo, tememos y amamos a Dios, y confiamos en él sobre todas las cosas. Esa gloria no la quiere compartir con ninguna criatura, y no debemos quitársela.

Debemos temer a Dios sobre todas las cosas.

1.    Debemos temer a Dios. Dios exige de nosotros el temor del Señor. ¿De qué clase de temor a Dios se habla aquí? Cuando Adán y Eva habían pecado, tenían miedo de Dios y se escondieron (Gen. 3:10). Su conciencia les acusaba y temían el castigo. Todos los pecadores tienen miedo del castigo merecido, pero no es el temor de Dios que él quiere que tengamos según este mandamiento. Dios mismo nos enseña cuál es el verdadero temor a Dios en Gen. 17:1. “Yo soy el Dios todopoderoso.” Así habla al creyente Abraham. Es el Todopoderoso, que ha creado todas las cosas. Somos su creación, y él está elevado y exaltado muy por encima de nosotros. Un niño obediente teme a su padre cuando lo honra como el que está en una posición superior. Tiene temor o reverencia por su padre. Dios es el Altísimo, de modo que debemos reverenciarlo aún más. El pasaje siguiente, Salmo 33:8, nos dice esto. Dios es el Todopoderoso, el que ha hecho los cielos y la tierra. Cuando él habla, sucede la cosa. Por tanto, toda la tierra, todos los hombres, deben tener temor o reverencia ante este gran Dios.

“Anda delante de mí.” Así habla el Señor a Abraham a continuación, Gen. 17:1. Con esto nos demuestra en qué consiste el verdadero temor a Dios, andar todo el tiempo delante de Dios, como en la presencia de Dios. Él está presente en todas partes y está cerca de nosotros en todo tiempo. Siempre debemos estar conscientes de que el Dios todopoderoso nos ve, y así todo lo que hacemos en obras, palabras y pensamientos lo debemos hacer como en su presencia, con temor o reverencia delante de él. — Un niño evita hacer el mal cuando sabe que su padre lo está viendo. En esa circunstancia especialmente evita ser desobediente. Teme entristecer y agravar a su padre y lo evita. Nuestro Dios es un Dios santo, que aborrece el pecado y se sentirá triste y agraviado por ello. Si andamos con temor delante de Dios, huiremos del pecado aun cuando no haya ningún hombre que nos vea. Evitaremos entristecer y agravar a Dios con el pecado. Nos esforzaremos por guardar sus mandamientos. Por eso Dios agrega en Gen. 17:1: “Y sé perfecto.” El que tiene en su corazón el verdadero temor a Dios vivirá de una manera piadosa y santa delante de él. José demostró este temor a Dios en Gen. 39:9. Cuando fue tentado al pecado, se acordó de Dios. Temía hacer ese grande mal, pecar contra Dios, y entristecer y agravar a Dios con tal pecado.

2.    Así nuestro Catecismo nos dice que debemos temer a Dios “sobre todas las cosas”, o sea, debemos temer más a Dios que a cualquier criatura. Dios es el Señor altísimo. Mat. 10:28. Un hermoso ejemplo de este temor de Dios lo tenemos en los tres hombres en el horno ardiente, Dan. 3; lo mismo que en Juan el Bautista, Mat. 14:3-5.


El temor que el Señor manda es que tengamos a Dios delante de nuestros ojos, que andemos delante de él en temor y reverencia como delante de nuestro querido Padre, y que evitemos entristecerlo con nuestro pecado. El temor del Señor es una virtud gloriosa; es el principio de la sabiduría y de un buen entendimiento. (Sal. 111:10).

EN EL PRIMER MANDAMIENTO - TEMA 03 : Amemos a Él sobre todas las cosas.




EN EL PRIMER MANDAMIENTO -  TEMA 03
El Señor nos exige aún más en este primero y principal de los mandamientos. Quiere que nuestros corazones se inclinen hacia él de modo que lo amemos a Él sobre todas las cosas.

1.    Un niño recibe de sus padres toda clase de beneficios. Sus padres son para él una gran bendición. El niño ama a sus padres como a sus benefactores, como una gran bendición. Dios también es benéfico. Todo bien procede de él. Dios es un bien mucho más grande aun que nuestros padres. Todo lo que tenemos de nuestros padres finalmente proviene de Dios. Y él nos da además una abundancia de los más ricos dones y beneficios para cuerpo y alma. En consecuencia, debemos a Dios mucho más amor que a nuestros padres. — Todo bien terrenal es perecedero y se deshace. Sólo Dios permanece. Hasta nuestros padres nos dejan, pero Dios nunca nos abandona. Él es el sumo bien. Por tanto, debemos amarle a él más que a cualquier otra cosa. Así considera el salmista a su Dios. Sal. 73:25,26. Aprecia a Dios más que al cielo y a la tierra, que al cuerpo y a la vida. Está listo a dejar todo, con que todavía le quede Dios. Él es su sumo bien. Amamos a Dios sobre todas las cosas cuando lo tenemos por nuestro sumo bien, cuando estamos listos a dejar todo por él. No obstante, hay más.

2.    El salmista dice que Dios es la roca o consuelo de su corazón y su porción. Su corazón se apega a Dios. Y Dios sigue siendo la porción de su corazón cuando cielo y tierra se destruyan, cuando carne y alma desfallezcan. Su corazón no se fija en el cielo y la tierra con sus bienes, sino sólo en Dios. Con todo su corazón se adhiere a él. Éste es el amor que Dios nos exige, que nos adhiramos de todo corazón a Dios. Amarlo con todo el corazón significa, como Cristo mismo lo explica, amar a Dios “con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mat. 22:37). Debemos dar todo nuestro corazón a Dios. Es cierto que debemos amar al prójimo, pero no por sí mismo, sino por causa del Señor y su voluntad, pero no como a Dios, ni mucho menos más que a él, Mat. 10:37. Amamos a Dios sobre todas las cosas cuando lo consideramos nuestro sumo bien y nos adherimos a él con todo el corazón.


3.    Sin embargo, el amor a Dios no es sólo un sentimiento que tenemos en el corazón. El verdadero amor tiene que demostrarse y probarse en toda nuestra vida. El niño que ama a sus padres hace lo que ellos le dicen, y lo hace voluntaria y gustosamente. Con eso da prueba de su amor. Nuestro amor hacia Dios debe demostrarse en que guardemos sus mandamientos, y no por obligación y con renuencia, sino con gusto y gozo. (1 Juan 5:3). Tenemos un hermoso ejemplo de tal amor en Abraham, Gen. 22. Él de buena voluntad obedeció el mandato de Dios, aunque le fue muy difícil hacerlo. Dio a su hijo, lo más precioso que tenía en la tierra, por amor a Dios.

EN EL PRIMER MANDAMIENTO – TEMA 04 : Confiemos en él sobre todas las cosas.




EN EL PRIMER MANDAMIENTO – TEMA 04
Si Dios va a ser realmente nuestro Dios, una tercera cosa nos es necesaria, que confiemos en él sobre todas las cosas.

1.    Debemos confiar en Dios. Confiar realmente quiere decir que dependemos de la fidelidad de alguien. Podemos ver en el Salmo 118:8 lo que significa confiar en Dios. Significa depender de él, Prov. 3:5, o estar seguro de que él es nuestra ayuda, Salmo 42:12 (salvación mía), esperar de él la ayuda y el apoyo. Aprendemos especialmente en qué consiste esta verdadera confianza en Dios, y cómo se demuestra, en el ejemplo de David en su lucha con Goliat. (1 Sam. 17:45-46). Goliat dependía de su propia fuerza y poder, en sus armas. David salió en el nombre de Jehová de los Ejércitos. Conocía bien la pobreza de sus armas, sabía que era demasiado débil para vencer al gigante, pero dependió de Dios, de que él era todopoderoso de modo que podía ayudar (compare especialmente el v. 37), y deseaba hacerlo, que es fiel y nos ha prometido su ayuda. Debemos tener esa confianza en Dios en todo tiempo, pero se demuestra especialmente en el momento de la necesidad; entonces debemos confiar sobre todas las cosas en que Dios nos ayudará.

Todavía el Salmista sigue en Sal. 42:11: “Porque aún he de alabarle.” Es un aspecto de la confianza en Dios que creamos en todo tiempo, especialmente en la necesidad y la tribulación, que Dios es y quiere ser nuestro Dios, que siempre está bien dispuesto hacia nosotros. Debemos esperar sólo el bien de Dios. Aun cuando no comprendemos sus caminos, cuando lo que nos envía nos parezca mal, debemos confiar en que sus caminos son buenos. (Véase Job 1:21; “Si tienes un corazón que no sabe esperar de Dios sino el bien y especialmente en las necesidades y carencias... entonces tendrás ciertamente al único y verdadero Dios.” Cat. May., Mandamientos, #28). Confiar en Dios significa que dependamos de él, como de alguien que puede y quiere ayudar en toda necesidad, y esperar sólo el bien de él.


2.    Debemos también confiar en el Señor sobre todas las cosas. Prov. 3:5 nos indica lo que eso quiere decir. “Fíate de Jehová con todo tu corazón.” Confiamos en el Señor con todo el corazón cuando dependemos de él con todo nuestro ser. Ciertamente debemos utilizar todo lo creado, los medios terrenales que están disponibles. Si no los queremos utilizar ponemos a prueba a Dios. (Mat. 4:6-7; Cat. May., Mandamientos, #26). Ordinariamente Dios quiere ayudarnos por medios terrenales. (Eso se puede explicar por ejemplos de la vida diaria, por ejemplo, que en tiempo de enfermedad, se debe utilizar a los médicos y los medicamentos, etc.) Pero no debemos depender de estos medios, sino sólo de Dios. Y cuando los medios terrenales son ineficaces o fracasan, no debemos desesperarnos, sino confiar en Dios, en que él todavía puede ayudar. Así demostramos que dependemos solamente de él.

PRIMER MANDAMIENTO – TEMA 05 : Conclusión



PRIMER MANDAMIENTO – TEMA 05
Conclusión


Cuando tememos, amamos y confiamos en Dios sobre todas las cosas, entonces no tenemos ningún ídolo, entonces Dios en verdad es nuestro Dios. Temer, amar y confiar en Dios es algo que sucede en el corazón, así que Dios en este mandamiento nos exige el corazón, de hecho todo nuestro corazón. (“Comprenderás ahora fácilmente, qué y cuánto exige este mandamiento, esto es, todo el corazón del hombre, toda su confianza depositada solamente en Dios y en ningún otro.” Cat. May., Mandamientos, #13). “Tener un Dios, retenerlo, es que el corazón lo atrape y se adhiera a él.” Cat. May., Mandamientos, #15. Este mandamiento es el más grande. Todos los demás están incluidos en él. Por eso nuestro Catecismo comienza la explicación de todos los demás mandamientos con las palabras: “Debemos temer y amar a Dios.” Si no tememos y amamos a Dios, no podemos cumplir ningún otro de los mandamientos; por otro lado, cuando de corazón tememos y amamos a Dios, guardaremos también todos los demás mandamientos. El cumplimiento de todos los demás tiene que fluir del temor y amor de Dios. (Compare la pregunta 19). En este Primer Mandamiento se resumen todos los demás. Con este mandamiento todos los demás se cumplirán o se quebrantarán.

¿LA FUENTE DE TODO LO QUE SE ENSEÑA EN LA IGLESIA DEBE SER?





¿LA FUENTE DE TODO LO QUE SE ENSEÑA EN LA IGLESIA DEBE SER?


La Sagrada Escritura o la Biblia, que es la palabra de Dios. Todo lo que creemos como cristianos lo tomamos de la Sagrada Escritura; demostramos por ella todas las doctrinas que se enseñan también en nuestra instrucción catequística. Por eso es necesario aprender siempre mejor lo que tenemos en la Biblia o la Sagrada Escritura. 

¿LA FUENTE DE TODO LO QUE SE ENSEÑA EN LA IGLESIA DEBE SER?



¿LA FUENTE DE TODO LO QUE SE ENSEÑA EN LA IGLESIA DEBE SER?


La Sagrada Escritura o la Biblia, que es la palabra de Dios. Todo lo que creemos como cristianos lo tomamos de la Sagrada Escritura; demostramos por ella todas las doctrinas que se enseñan también en nuestra instrucción catequística. Por eso es necesario aprender siempre mejor lo que tenemos en la Biblia o la Sagrada Escritura. 

¿CUÁL ES LA NATURALEZA DE LA SAGRADA ESCRITURA?






¿CUÁL ES LA NATURALEZA DE LA SAGRADA ESCRITURA?

Se llama Escritura, porque está escrita. Se llama Sagrada Escritura, porque los que la escribieron son los santos hombres de Dios. 2 Pedro 1:21. Los que escribieron este libro fueron hombres santos, hombres de Dios, a quienes él envió con el fin de que escribieran la Biblia. Esos santos hombres de Dios fueron los profetas, los evangelistas y los apóstoles.

Pero hay todavía mucho más que decir acerca de la Sagrada Escritura. Tanto la palabra que Pablo predicó como la que escribió a los tesalonicenses la aceptaron como la palabra de Dios. (1 Tes. 2:13). Así lo que escribieron los santos hombres de Dios, la Sagrada Escritura, es la palabra de Dios. Es cierto que quienes la escribieron son hombres, pero aún así es la palabra de Dios. La Biblia dice esto de sí misma. 2 Ped. 1:21. Los santos hombres de Dios no escribieron nada más porque ellos decidieron hacerlo. No la escribieron por su propia voluntad. El Espíritu Santo, que es Dios, los inspiró. La Escritura se escribió por inspiración del Espíritu Santo. — De esa inspiración del Espíritu Santo resulta algo más. 2 Tim. 3:15-17. (“Toda la Escritura es inspirada por Dios”.) La Escritura es dada por Dios. Él la dio a los santos hombres, como si les hubiera dicho de antemano lo que deberían escribir. (Aunque no es adecuado, se puede usar el ejemplo de un maestro que dicte algo a sus alumnos.) Los profetas y apóstoles fueron sólo instrumentos. Dios es el verdadero autor de la Escritura; de modo que la Sagrada Escritura es su palabra. Fue escrita por inspiración del Espíritu Santo. Toda la Escritura es inspirada por Dios. No es cierto, entonces, que Dios sólo haya inspirado una parte de la Escritura, solamente algo de las doctrinas principales. Más bien todo lo que se llama Sagrada Escritura, todo lo que está en la Biblia, Dios lo inspiró. Toda la Escritura la proporcionó Dios. Él la inspiró tal como está escrita. Dio a los profetas y apóstoles no sólo los pensamientos, sino las palabras mismas. (Se puede usar el ejemplo de un maestro, que encarga de tarea a sus alumnos un tema con los principales pensamientos, en contraste con un maestro que dicta palabra por palabra. Realmente Dios uso la personalidad y estilo de cada autor, y aun así controló todo el proceso para que el resultado fuera su palabra.) El hecho de que Dios inspiró no sólo los pensamientos sino también las palabras se ve especialmente en el versículo 1 Cor. 2:13. Pablo afirma de sí mismo y de los demás apóstoles, que han hablado y también escrito con palabras que el Espíritu Santo ha enseñado. Así toda la Sagrada Escritura en su contenido y su forma es la palabra de Dios. La Biblia se llama la Sagrada Escritura porque es la palabra del Dios santo, y su contenido también es santo.

La Sagrada Escritura es la palabra de Dios (Preg. 5B). Él es su verdadero Autor. Pero Dios no puede mentir. (Núm. 23:19). Así la Sagrada Escritura contiene sólo la verdad, divina e infalible. Ya que toda la Escritura es la palabra de Dios, todo en la Biblia es también cierto, no sólo las cosas más importantes, sino también las cosas que parezcan secundarias. No hay ningún error en la Biblia. Por eso podemos depender totalmente de lo que esta palabra nos dice, en cada situación de la vida, en toda necesidad y en la muerte. (Sal. 33:4). Debemos comparar todo con este libro para ver si es cierto. Lo que sea contrario a la Escritura tenemos que rechazarlo como mentira y error. Ya que la Escritura es la verdadera e infalible palabra de Dios, la llamamos también la Biblia; “el Libro”, es decir, el libro por excelencia.

Muchas veces en nuestra instrucción vamos a encontrar cosas que parecerán imposibles según nuestra razón humana. En estos casos, es necesario recordar quién habla en la Escritura, el Señor todopoderoso y veraz. Será necesario que sujetemos nuestra razón a la palabra de nuestro Dios salvador. 2 Corintios 10:5.


Hemos aprendido que la Sagrada Escritura o la Biblia es la palabra de Dios, porque la escribieron los profetas, evangelistas y apóstoles por inspiración del Espíritu Santo, y por eso es infaliblemente verdadera y cierta.

¿CON QUÉ PROPÓSITO DIOS HIZO QUE SE ESCRIBIERA SU PALABRA?






¿CON QUÉ PROPÓSITO DIOS HIZO QUE SE ESCRIBIERA SU PALABRA?
También la Biblia misma nos da clara información en cuanto a esto

2 Tim. 3:15. Este versículo indica su propósito: La Escritura debe enseñar, instruir, y hacernos sabios. Y nos enseña no tanto las cosas temporales, las cuales también podemos aprender por nuestra razón, sino las que sólo Dios puede decirnos y revelar. Instruye “para la salvación”. Nos enseña cómo podemos ser salvos. En este mundo no hay nada más importante que podamos aprender. La Escritura claramente nos indica el camino por el cual seremos salvos: “por la fe en Jesucristo”. Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, quien nos salva por su gracia, es el verdadero centro, corazón y estrella de toda la Sagrada Escritura.

El apóstol dice que las Escrituras pueden instruirnos para la salvación. Son adecuadas para alcanzar este propósito. Las Sagradas Escrituras pueden instruir. Contienen todo lo necesario para ello, de modo que no necesitamos nada más, ninguna nueva revelación, ninguna doctrina o clave de la razón, ninguna tradición oral. La Escritura es perfectamente adecuada para su propósito. — Si la Escritura debe instruirnos, también tiene que estar clara, de modo que cualquiera pueda entenderla. Y así es. Se llama una “luz”. (2 Ped. 1:19; Sal. 119:105). No es necesario hacer brillar una luz, porque es en sí brillante, e ilumina otros objetos. Así la Escritura es en sí misma clara e inteligible. No se necesita ningún intérprete especial (contra el error papista). Cada cristiano puede entenderla por medio de la misma Escritura, en la medida en que sea necesario para la salvación. — Y finalmente, la palabra de Dios es viva y eficaz. (Heb. 4:12). La Escritura obra en nosotros lo que nos enseña. Juan 5:39. Por medio de ella tenemos la vida eterna. (Rom. 1:16). Da testimonio de Cristo. Por medio de este testimonio, obra en nosotros los humanos la verdadera fe y nos conserva en ella y nos salva.

Pero si la Sagrada Escritura debe alcanzar este propósito, tenemos también que usarla con diligencia y fidelidad. (Juan 5:39). Debemos escudriñarla, es decir, investigarla con celo, leerla repetidamente. (Luc. 11:28). Debemos oír la palabra de Dios y guardarla con fe; entonces nos salvará. De hecho, debemos aprender y conocerla desde la niñez. 2 Tim. 3:15-17. Si usamos así las Sagradas Escrituras, serán útiles para enseñarnos, para redargüirnos, etc. Entonces el cristiano estará completamente preparado para toda buena obra.

Para usar correctamente la Biblia, debemos entender una distinción básica en el mensaje bíblico, la distinción entre ley y evangelio. Preguntas 6,7,8. Esta distinción se menciona en la Biblia misma, por ejemplo en Juan 1:17: “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”. En otros pasajes se habla de la misma distinción, pero con otros términos, como “letra” y “espíritu”, 2 Corintios 3:6. En la ley, Dios exige algo de nosotros, nos dice cómo debemos actuar y ser, y condena nuestro pecado. Se encuentra un resumen de la ley en Marcos 12:30,31: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. ... Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Sin embargo, nadie hemos cumplido esa ley. Como resultado, la función principal de la ley es mostrarnos nuestro pecado y nuestra condición de ser condenados por él, Romanos 3:20.


El evangelio, por otro lado, es las buenas nuevas de nuestra salvación en Jesucristo. Nos habla del amor de Dios hacia el mundo perdido, de modo que envió a su Hijo para que todo el que crea en él tenga vida eterna en vez del castigo del infierno, Juan 3:16. Este mensaje nos anuncia que Cristo mismo llevó una vida perfecta en nuestro lugar, y luego sufrió por nosotros el castigo que hemos merecido por quebrantar la ley divina. El resultado es que el Dios santo nos considera justos y santos (2 Corintios 5:21). Este mensaje tiene el poder de producir la fe y la salvación. Romanos 1:16. Por medio de la fe, que produce el evangelio, también recibimos poder para comenzar realmente a agradar a Dios con verdaderas buenas obras. Colosenses 1:5,6.

¿LA DIVISIÓN DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS?



 ¿LA DIVISIÓN DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS?

Dios en una ocasión estableció un pacto con el pueblo de Israel en el cual les dio los Diez Mandamientos. (Deut. 5:2). Este pacto, el de la ley, no debía durar para siempre, sino solamente hasta Cristo. Luego debía entrar en vigencia un nuevo pacto en su lugar. (Jer. 31:31). Hay, entonces, dos pactos, uno antiguo y otro nuevo. Otra palabra que se usa por pacto es testamento. Tenemos también dos testamentos, uno antiguo y otro nuevo. Todo el tiempo en que estaba vigente el antiguo pacto, el antiguo testamento, o sea, todo el tiempo antes del nacimiento de Cristo, se llama también el Antiguo Testamento. Todos los libros de la Sagrada Escritura que los profetas escribieron en el tiempo del antiguo pacto, antes de Cristo, y se entregaron a la iglesia judía, se conocen como colección con el nombre de Antiguo Testamento. Todos los libros de la Escritura que escribieron los evangelistas y apóstoles después del nacimiento de Cristo, y entregaron a la iglesia cristiana, se llaman el Nuevo Testamento. Así dividimos las Escrituras en el Antiguo y el Nuevo Testamentos. (Aquí, si hay tiempo y es necesario, se puede hablar de los libros individuales de las Escrituras, de su división en libros históricos, doctrinales y proféticos, etc.)

Los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, nos instruyen para la salvación por medio de la fe en Jesucristo. Están de acuerdo en su doctrina. Pero el Antiguo Testamento señala en profecía al Cristo venidero, mientras el Nuevo Testamento mira hacia el pasado al cumplimiento de las profecías en el Cristo que ya apareció.

Como conclusión. Una breve amonestación para que no permitan que nadie les quite su fe en la Biblia como la palabra de Dios, y para que usen diligentemente la Escritura.
a.