miércoles, 28 de julio de 2021

LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE DA INNUMERABLES BENDICIONES


La justificación por la fe da innumerables bendiciones

Rev. Martin Hoffmann

Iglesia Evangélica Luterana Libre - Alemania

 

 En esta segunda reunión de la CELC, se pone delante de nuestros ojos la parte más preciada de nuestra fe: “La justificación por la fe.” Fue recobrada en la Reforma. La iglesia luterana vive de esta fuente. En todas partes esta doctrina está en la primera plana: en el culto, en las lecciones de los niños, en los estudios bíblicos, en el trabajo con los jóvenes, con los adultos y los ancianos — en la obra del ministerio en general.

 Pero a pesar de todo esto somos incapaces de comprender la grandeza de este mensaje. Nuestro corazón es demasiado pequeño para comprender esta maravilla. Quisiera explotar a causa de este placer. Sin embargo, no puede mantener este mensaje con sus propias fuerzas. Tenemos que escucharlo una y otra vez — durante toda la vida. Qué seamos guiados a esta fuente por un hombre que fue específicamente designado para hacerlo: el apóstol San Pablo. Lo que él particularmente explica en el capítulo 5 de la Epístola a los Romanos, se puede resumir como sigue:

 

 La justificación por la fe da bendiciones innumerables

 

I. La reconciliación en la cruz y sus bendiciones

            Creó:

            1. paz                           - con Dios

            2. justicia                    - ante Dios

            3. reconciliación        - que viene de Dios

            4. vida                          - de Dios

 

II. El mensaje del perdón y sus bendiciones

            Por causa de esto

            1. el amor de Dios        - es derramado

            2. la fiel confianza         - es despertada

            3. el amor cristiano       - es encendido

 

III. La cruz cristiana y sus bendiciones

          Bajo la cruz

            1. la fe                              - es guardada

            2. la buena batalla         - es conducida            

 

I. La reconciliación en la cruz y sus bendiciones.

            1. Paz con Dios.

 

San Pablo escribe: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1) En este punto San Pablo no quiere decir la paz del alma o la conciencia. No dice que nosotros hemos abandonado nuestra enemistad contra Dios. Aquí dice que Dios ha abandonado su enemistad e ira.

¿Sabemos cuán grande bendición es ésta? Haremos una comparación. Sucede una guerra en el país. Las familias pierden a sus padres. Los hombres no encuentran a su esposa e hijos. ¡Cuánto quisiera la gente tener la paz! Antes que Cristo murió en la cruz hubo guerra entre Dios y nosotros. Nosotros los seres humanos nos habíamos sublevado en contra de Dios. Pero él no lo soportó, sino castigó a nosotros los pecadores. Desde ese tiempo el mundo está lleno de muertes. No hay esperanza de que nosotros pudiéramos jamás ganar esta guerra. Tenemos que confesar que lo merecemos. Hemos pisoteado la bondad de Dios. Pero nuestra miseria es aún mayor. Nuestro fin en esta tierra solamente es el principio del castigo eterno. Esto ya es visible hoy: las enfermedades, las epidemias — la guerra, la miseria, las catástrofes — el odio, la enemistad y el asesinato son los precursores del día del juicio. Nadie puede escapar de esto.

Entonces el Salvador Jesucristo se presentó, murió en la cruz e hizo la paz. Nosotros éramos igualmente malos como antes. Dios todavía era el Todopoderoso, el Santo, el Justo. Sin embargo, ahora extiende su mano. El que la coge en la fe tiene paz. Todavía vive en un mundo que es afectado por la guerra entre Dios y los pecadores. Pero él mismo no tiene que tener miedo de que siquiera una parte del castigo de Dios le pegue. Está protegido. La paz fue proclamada por uno que no vacila en su promesa. ¡Esta promesa no se funda en nuestros logros o nuestro buen comportamiento, sino en la muerte de Jesús en la cruz! De esta manera la paz es indestructible y eterna.

            2. La justicia - ante Dios

San Pablo describe por qué es indestructible esa paz: “Siendo ya justificados por su sangre, cuánto más por medio de él seremos salvos de la ira.” (Rom. 5:9). Por esta razón la paz tiene un fundamento estable. El Dios santo y justo no solamente se hizo de ciego. Eso sería incompatible con su santidad. Más bien encontró una verdadera solución. Su Hijo ha puesto nuestras deudas en su cuenta: “El anuló el acta que había contra nosotros, que por sus decretos nos era contraria, y la ha quitado de en medio al clavarla en su cruz.” (Col. 2:14). Sin embargo, tuvo que pagar en “moneda dura”. Su vida fue la moneda: “Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mar. 10:45)

¿Podemos sondar lo que significa esto? También en la vida diaria uno puede caer en la deuda. ¡Ay de la persona que pierde control de ellas! Tales deudas amenazan la miseria y la angustia. Grande es el gozo si alguien se sustituye por él. ¡Qué buena fortuna encontrar a tal auxiliador! ¡Pero nosotros los pecadores no pudimos esperar que Dios nos ayudara! ¿Debería pedir a su Hijo sacrificar su vida? ¡Sin embargo, lo hizo! ¡Qué felicidad! Pero nuestra situación fue aún más desesperada. El que ha sido ayudado para salir de sus deudas no quiere meterse en nuevas deudas. ¡Nunca encontraría a un auxiliador por segunda vez! ¿Cómo podríamos estar ante Dios? Si Dios hubiera perdonado solamente nuestras deudas pasadas, no hubiéramos sido salvos. ¿Quién en el futuro podría amar a Dios con todo su corazón y guardar completamente sus mandamientos? También nosotros los cristianos tenemos que confesar: “Todos nosotros somos como cosa impura, y todas nuestras obras justas son como trapo de inmundicia.” (Is. 64:6). Qué bendición que Jesucristo nos ha redimido de la culpa de toda nuestra vida. Sí, hace dos mil años redimió la culpa aun de aquellos seres humanos que vivían antes o que vivirán después en esta tierra. Siempre podemos mirar a la cruz. Allí fue pagada nuestra culpa. Algo que nadie haría en la vida diaria - Dios lo hizo. ¿No tiene el derecho de esperar que evitemos todo lo que lo ofendería?

Pero aun así no comprendemos todo lo que hemos ganado por Jesucristo. No solamente asumió nuestra culpa, sino al mismo tiempo nos dio su justicia divina. Ahora venimos ante Dios como justos: “Así que, como la ofensa de uno alcanzó a todos los hombres para la condenación, así también la justicia realizada por uno alcanzó a todos los hombres para la justificación de vida. Porque como por la desobediencia de un solo hombre, muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno, muchos serán constituidos justos.” (Rom. 5:18ss.)

¡Que bendita es nuestra situación! El que es librado de sus deudas tiene por qué estar gozoso. Pero también tiene vergüenza. Todos sus amigos lo saben: ¡él es pobre y miserable! Sus deudas fueron libremente canceladas. ¡El mismo no tiene nada que ofrecer! Dios podría mirarnos con desprecio. A causa de Jesús, no tenemos ya más culpa ante Dios. ¿Qué piensa de nosotros? Con San Pablo tenemos que confesar: “Yo sé que en mí, a saber, en mi carne, no mora el bien. Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero; sino al contrario, el mal que no quiero, eso practico.” (Rom. 7:18). ¡Qué miserables estamos al estar frente a Dios! Pero ha sucedido algo incomprensible. Jesucristo nos ha hecho “presentables”. Nos dio la plenitud de su amor, justicia y santidad. Si con fe nos presentamos ante Dios, no le parecemos como desagradables. En vez de trapos de inmundicia llevamos los mantos blancos de la justicia. Esa es la manera en que algún día entraremos en el cielo. A San Juan se le permitió tener un vistazo de esto. “Después de esto miré, y he aquí una gran multitud de todas las naciones y razas y pueblos y lenguas, y nadie podía contar su número. Están de pie delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y llevando palmas en sus manos.” (Apo. 7:9,13)

¿No es éste un verdadero consuelo? Por supuesto, nosotros no tenemos nada que ofrecer, Pero lo que nos faltaba nos fue dado, A causa de Jesús nos podemos atrever a presentarnos en la comunidad de los santos ángeles y la multitud de los redimidos. Siempre apreciaremos este vestido de justicia, y no lo mancharemos descuidadamente.

3. La reconciliación - de Dios

¡Pero lo que Jesús hizo en la cruz es aún más! ¡Tocó el corazón del Padre! Se sacrificó por nosotros los criminales. Puso en el balance su inocencia. En el pacto antiguo Dios permitió sacrificios de animales. Esta es la manera en que quería permitirse ser reconciliado. Pero ahora no fue un animal que murió. El Hijo de Dios se entregó a la muerte (compare Juan 1:29; 1 Ped. 2:24): “Ciertamente él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores. Nosotros le tuvimos por azotado, como herido por Dios, y afligido. Pero él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados. El castigo que nos trajo paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino. Pero Jehovah cargó en él el pecado de todos nosotros. El fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca. Como un cordero, fue llevado al matadero; y como una oveja que enmudece delante de sus esquiladores, tampoco él abrió su boca.” (Is. 53:4-7). Con esto Jesucristo ganó el corazón de su Padre para nosotros. San Pablo dice: “Porque si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom. 5:10). La enemistad de Dios contra nosotros cedió a un nuevo sentimiento, — no una neutralidad fría, sino cariño amante (Rom. 5:2). Esto sucedió una vez para siempre. Ahora tenemos libre entrada hacia él (compare Efe. 2:18; 3:12): “Por medio de quien también hemos obtenido acceso por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes” (Rom. 5:2). Ahora en fe podemos ponernos delante de él en cualquier tiempo. Ser un cristiano también quiere decir abrazar la gracia y la paz de Dios.

¿Cómo podemos calcular lo que eso significa? Con un poco de suerte la gente que falló escapa la línea de fuego. Sus deudas son pagadas. Reciben también dinero otra vez. Pero ningún hombre decente quiere tener nada que ver con ellos. ¿Quién sabe que sucederá con ellos en el futuro? Eso es lo que podría pasar con nosotros. Todavía no hay nada bueno en nosotros. Todo lo que tenemos para exhibir en cuanto a nuestra persona es de Dios. Y aún eso lo arrastramos por el lodo, Dios no puede depender de nosotros. ¿Cómo podría llegar a querernos Dios? Pero eso es lo que sucedió. Por causa de Jesús nos sirve con bondad abundante. Está ligado con nosotros por el amor. ¡Todo tiene que servir para nuestro bien (Rom. 8:28)! Esto no cambiará en el futuro, porque nuestro Salvador siempre toma nuestra parte. Por esa razón el sentimiento amistoso de Dios nunca cambiará. El, el maestro del mundo y de nuestra vida, ahora y en la eternidad tiene en mente solamente lo que es bueno para nosotros.

4.  La vida  — de Dios.

La vida y la bienaventuranza se nos dan por la muerte de Jesús: “Porque si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, cuánto más, ya reconciliados, SEREMOS SALVOS por su vida.” (Rom. 5:10)  ¡Lo que el apóstol escribe aquí es algo importante! ¡Seremos “salvos” y “bendecidos” por la ira de Dios!

¿Pero cómo puede suceder que la ira de Dios se inflama? ¿Cómo pueden sobrecogernos todavía la muerte y la condenación? ¿No es salvo el mundo entero? ¿No está Dios realmente satisfecho? De hecho, esto es el caso por causa del sacrificio de Cristo por todos los seres humanos — y esto es completo. Pero uno puede jugar y perder su salvación. El que no acepta a Jesús y su sacrificio mediante la fe, sino lo rechaza con indiferencia, orgullo e incredulidad, pisotea la misericordia de Dios. Finalmente le pegará la ira de Dios. En vez de encontrar la eterna bienaventuranza será destruido en el infierno. Dios no será burlado.

Esta verdad nos aterra. Sin embargo, a pesar de nuestras buenas intenciones, siempre fallamos. Menospreciamos la misericordia de Dios, no realmente creyéndolo, con el pecado y con la falta de amor. ¿No tiene que alejarnos Dios de él? De ningún modo. San Pablo nos consuela haciendo referencia al sacrificio de Jesús. Si Dios pudo hacer algo como esto a causa de su amor, no tenemos que tener miedo de que sea demasiado débil para perdonarnos. Esto es común aun entre los seres humanos. Los padres perdonan a sus hijos. ¿No debe poder Dios hacer esto por sus hijos? Creyendo en nuestro Salvador, somos y seremos salvos. El apóstol Pablo nos asegura: “estando convencido de esto: que el que en vosotros comenzó la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Fil. 1:6).

Nuestra bienaventuranza conseguida por nuestro Dios y Redentor, permanecerá. Nuestro tiempo no será suficiente para describir esta bendición de la justificación en todo su esplendor. Pero al menos queremos escuchar lo que escribe el apóstol Juan: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe más. Y yo vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que descendía del cielo de parte de Dios, preparada como una novia adornada para su esposo. Oí una gran voz que procedía del trono diciendo: ‘He aquí el tabernáculo de Dios está con los hombres, y él habitará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. No habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas ya pasaron.’” (Apo. 21:1-4). ¿No es ésta la más magnífica bendición que se podría adquirir por el sacrificio de Jesús?

La justificación por la fe da bendiciones innumerables

La justificación del pecador que sucedió en el Gólgota mediante el sacrificio de Jesucristo, crea toda una nueva situación para nosotros. Para todos los pueblos, sin excepción, se produce una abundante bendición.

Por medio de Dios nosotros los pecadores tenemos un futuro hermoso e indestructible:

·        la paz,

·        la justicia,

·        la reconciliación,

·        la vida eterna.

 

II. El mensaje del perdón y sus bendiciones

Esta bendición de la justificación que Dios produjo hace 2,000 años para todo el mundo tenía que difundirse entre el pueblo, ya que esto es la voluntad de Dios. Es por esto que permite que el evangelio de Jesucristo sea predicado en el mundo entero. San Pablo escribe: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos ha dado el ministerio de la reconciliación...   Así que, somos embajadores en nombre de Cristo... Rogamos en nombre de Cristo: ¡Reconciliaos con Dios! Al que no conoció pecado, por nosotros Dios le hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:18-21). Ese mensaje de nuestra justificación trae consigo todas las bendiciones que acabamos de considerar. Todo el que lo acepta en la fe es salvo. Así el apóstol Pablo llamó al carcelero de la cárcel en Filipos: “Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu casa” (Hech. 16:31). Cuando llega a nosotros los seres humanos el mensaje de nuestra justificación, su bendición se desarrolla en nuestra vida.

 

1. El amor de Dios  — derramado

San Pablo literalmente escribe: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom. 5:5).[1] ¿Qué quiere decir San Pablo en esta sección con las palabras: “el amor de Dios ha sido derramado”? Hay dos posibilidades que tomar en cuenta: la primera es el amor que nosotros tenemos para con Dios — y luego, el amor que Dios tiene para con nosotros. Cuál es correcto es algo que se puede demostrar solamente por el contexto. El amor que nosotros tenemos para con Dios surge como respuesta al amor que nosotros experimentamos de Dios. Pero San Pablo todavía no habla de esto. No tratará con esto hasta el capítulo siguiente. Pero en este punto y en los versículos siguientes San Pablo presenta lo que Dios hizo y sigue haciendo por nosotros a causa de su gran amor. Es por esto que “el amor de Dios” solamente puede significar aquel amor que Dios mismo tiene para con nosotros. Así con “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” San Pablo está diciendo: el mensaje de lo que Dios hizo por nosotros por amor llena nuestro corazón. Se sobrecarga con lo que oye. No puede comprender cuánto amor Dios le dio en un tiempo cuando Dios todavía era nuestro enemigo. En este tiempo Dios arrancó a su hijo de su corazón. Oyendo esto, sólo podemos asombrarnos, regocijarnos y adorar.

Este derramar del amor de Dios sucedió y todavía sucede mediante el Espíritu Santo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom. 5:5). ¡Qué maravilla es esto! Nuestros corazones no pueden reconocer por sí mismos el amor de Dios. Por naturaleza somos enemigos de Dios (Rom. 8:7). Si el corazón humano oye algo de la muerte de Jesús, solamente puede burlarse de ella (1 Cor. 1:18). El Espíritu de Dios tiene que hacer nuestros corazones capaces de entender (1 Cor 12:3). Lo hace cuando el pecador asustado oye el magnífico mensaje de la gracia de Dios: Por esto, la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo” (Rom. 10:17).

¿Podemos juzgar cuán gran bendición es esto? No hemos sido diferentes de la gente alrededor de nosotros. Ellos no quieren conocer la Trinidad. O viven solamente para el día siguiente y rechazan la creencia en cualquier ser superior. O inventan sus propios dioses. Para ellos un sermón acerca de Jesús es algo risible y estúpido. Así es como ha sido nuestro corazón por naturaleza. Por esta razón pertenecíamos a los que caían bajo la ira de Dios. Pero luego vino el Espíritu de Dios y abrió nuestro corazón al evangelio. Entonces ya no queríamos burlarnos de la cruz de Cristo. Ahora solamente podemos asombrarnos por el amor de Dios y adorarlo. El mensaje de la cruz de Cristo es ahora el mayor tesoro que tenemos en la tierra.

¡Pero la maravilla es aun mayor! Dios no solamente envió a su Espíritu mediante la predicación de la justificación para encender la fe. Vino para permanecer con nosotros. El Espíritu de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. Ha escogido nuestros corazones pobres, débiles y pecaminosos como su hogar. No vino para castigar nuestros pecados y enfermedades. Vino para perdonarnos, para vestirnos, y para santificarnos. Es por eso que atestigua tan fuertemente en palabra y sacramento que Dios amó a pecadores como nosotros en Cristo Jesús y que procuró la salvación. De esto nos hacemos absolutamente seguros de nuestra salvación.

2. La fiel confianza — despertada

Siempre que el Espíritu Santo entra, nada queda igual. Por naturaleza la impiedad, el egoísmo y la incredulidad gobernaban en nosotros. Pero ahora el Espíritu Santo nos aterra mediante la ley de Dios. Reconocemos nuestros pecados. Llenos de pavor y la desesperación buscamos ayuda. Jesucristo la exhibe en el evangelio. Es de esta manera que nos consuela y despierta la fiel confianza. San Pablo describe ahora cómo el Espíritu Santo establece profundamente esta emoción en nuestros corazones. Permite que se haga evidente un punto importante: “porque aún siendo nosotros débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos... Luego, siendo ya justificados por su sangre, cuánto más por medio de él seremos salvos de la ira” (Rom 5:6,9).

Primero el Espíritu Santo pone a la vista la grandeza del amor de Dios. De esto produce prueba irrefutable. Con las palabras  “aún siendo nosotros débiles” San Pablo recuerda los tiempos anteriores. Antes que Cristo nos redimió estábamos en una condición pésima. En ese tiempo no éramos de ningún modo héroes en el temor de Dios, en creer o en la caridad. Éramos incapaces, “muertos en delitos y transgresiones” (Efe. 2:1). La “enemistad” determinó nuestra relación con Dios (Rom. 8:7). Luego Dios envió a su Hijo en el tiempo que él había determinado de antemano (Gál. 4:4). Murió por nosotros, que todavía éramos un pueblo impío.

En una breve oración San Pablo hace claro lo asombroso que fue esto. Martín Lutero traduce: Apenas morirá alguno por un hombre justo, aunque para un asunto bueno posiblemente se atreviera a morir” Rom. 5:7).[2] En el mejor de los casos los seres humanos arriesgan su vida por “una cosa noble”. Los individuos una y otra vez arriesgan su vida por su idea de un “mundo justo”. Los médicos, por ejemplo, a veces ponen sus propias vidas en peligro. Pero no lo hacen para apoyar a gente justa. Ayudan por causa de “una cosa buena”. Quieren salvar las vidas humanas. Eso sucede. Pero, ¿en dónde sacrifica alguien su vida por otros porque el otro es “justo”? Eso solamente sucedería si sirve a una causa noble. ¡Pero con Dios fue todo totalmente diferente! Arriesgó la vida de su Hijo para nosotros los seres humanos. La razón no fue “una cosa noble”. Al contrario, hubiera sido bueno y justo si él nos hubiera castigado como gente impía, ingrata y rebelde. La razón no fue “un ser humano justo”. No éramos justos, sino pecadores. “Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Rom. 5:8).

¡Cuánto amor demostró Dios! Pero esto no es solamente un evento del pasado. Este sacrificio todavía es digno hoy, y lo seguirá siendo en el futuro. Es por esto que San Pablo dice: “Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8). Cuando el Espíritu Santo revela este amor divino a nosotros, no podemos contenernos por gozo y asombro: “Y no sólo esto, sino que nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, mediante quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Rom. 5:11).

Con esto el Espíritu de Dios puso el fundamento sobre el cual puede edificar, para ayudarnos a salir de las tribulaciones de la conciencia, del temor del futuro, la muerte y la desesperación. Ahora muestra cuáles son los resultados de la liberación. “Porque aun siendo nosotros débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos... Luego, siendo ya justificados por su sangre, cuánto más por medio de él seremos salvos de la ira” (Rom. 5:6,9). Esta conclusión vence nuestra duda.

Aun cuando nuestros pecados siempre vienen a nuestras mentes, una cosa sigue cierta. Jesucristo también murió por esto. Ha pagado todas las deudas. Nos ha dado la vida. Después de su muerte ya no somos deudores, enemigos, apóstatas, injustos — sino justificados, amigos, inclusive hijos de Dios. ¿No debe ahora más que nunca mostrarnos su amor? ¿Puede venir algo más que perdón, cuidado, fe y bendición eterna de sus manos? Si esto es así, no tenemos que temer ya más la ira de Dios. Podemos confiar en él como los hijos confían en su Padre. Luego ya no hay razón para temer la muerte y la eternidad. La vida eterna en la gloria de Dios es nuestro futuro, San Pablo hace claro los efectos del Espíritu en las palabras siguientes: “Pues no recibisteis el espíritu de esclavitud para estar otra vez bajo el temor, sino que recibisteis el espíritu de adopción como hijos, en el cual clamamos: "¡Abba, Padre!" El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Rom. 8:15-17). Así nos gloriamos “en la esperanza de la gloria de Dios” (Rom. 5:2).

En donde el Espíritu Santo despierta la confianza mediante el mensaje del evangelio, la vida se ve totalmente diferente. En vez de culpa, discordia, temor, soledad, impotencia, desesperación y muerte hay perdón, justicia, paz, confianza, comunidad, vida y bendiciones. Cuando Lutero reconoció en sus tormentos de conciencia la gracia de Dios, se sintió como si entraba en el paraíso después de estar en el infierno. Así de radicalmente cambió la vida para él. Lo que él experimentó, todo el mundo que es llevado a la fe en la justificación del pecador lo experimentará.

3. El amor cristiano — encendido

Cuando el Espíritu Santo muestra el amor de Dios a nuestro corazón y despierta la confianza en Cristo Jesús, entonces vienen a nosotros aún más bendiciones. San Pablo nos muestra cómo del bautismo crecen la fortaleza y la transformación que hacen posible una nueva vida. Mediante el bautismo somos incorporados en la muerte y la resurrección de Cristo: “¿Ignoráis que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Pues, por el bautismo fuimos sepultados juntamente con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida... Así también vosotros, considerad que estáis muertos para el pecado, pero que estáis vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus malos deseos. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros, ya que no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Rom. 6:3ss.,11ss.,14).

Así como los cristianos se convirtieron de ser enemigos de Dios a ser hijos de Dios, el Espíritu Santo también transformó sus corazones y vidas. No pueden asombrarse lo suficiente acerca del amor de Dios por ellos. Este amor llegó a ser su rescate. Por esto se refugian en la fe. Viven con este motivo; esto tiene consecuencias para sus vidas. Los que en un tiempo se huían de Dios y solamente vivían para sí mismos y sus deseos, ahora se han orientado hacia Dios, hablan con él, lo alaban, le dan las gracias. Toda nuestra vida nueva puede ser una ofrenda de acciones de gracias a Dios: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este mundo; más bien, transformaos por la renovación de vuestro entendimiento, de modo que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Rom. 12:1ss.).

Esto también tiene consecuencias para nuestra asociación con la gente. De la riqueza del amor divino que es la fuente de donde sacamos, nuestro corazón recibe la habilidad y la voluntad de compartir. Los cristianos comienzan a dirigirse hacia sus prójimos por causa de Cristo, a perdonar ofensas, a pagar el mal con el bien, hasta a amar a sus enemigos. Cuando vivimos de la fuente del amor de Dios, el amor, la reconciliación, la paz, la comunidad y la vida vienen de nosotros. En donde quiera que los cristianos lo pueden hacer, sirven a sus prójimos con los dones que Dios nos ha confiado. Pero especialmente comparten el mensaje del evangelio con otros.

Esa es la manera en que “la siega de justicia” que se nos da por causa de Jesús se demuestra en la vida con Dios y con el prójimo (2 Cor. 9:10). ¿No son éstas bendiciones gloriosas de nuestra justificación? No tenemos que mirar en silencio y sin actividad la manera en que Dios nos enriqueció en su amor. Se nos permite servirlo a él y a nuestros prójimos con corazones, bocas y manos, por pura gratitud.

La justificación por la fe da bendiciones innumerables

Dios permite que el mensaje de nuestra justificación mediante Cristo Jesús sea entregado por el evangelio en palabra y sacramento. En donde este mensaje alcanza nuestros corazones obra grandes bendiciones.

Nuestro corazón recibe nueva vida mediante el evangelio

Allí

            * el amor de Dios — es derramado

            * la fiel confianza — es despertada

            * el amor cristiano — es encendido.

¡Qué cosa tan maravillosa! Reconocemos esto mucho mejor por medio de una comparación. Cuando los médicos pueden ayudar a los enfermos, éstos vuelven a la vida con fuerza renovada. La medicina moderna es capaz de hacer cosas que en un tiempo solamente soñábamos. Se debilita un corazón, se pone un marcapasos. Se desgasta, se reemplaza con otro nuevo. Con esto se puede comparar lo que sucede con nosotros bajo el evangelio. La Biblia misma habla de recibir un “corazón nuevo” por el Espíritu de Dios (Ez. 36:26), ponerse el “nuevo ser” (Efe. 4:23ss.), el “renacimiento” (Tit. 3:5; 1 Ped. 1:3,23).

Con esta comparación encontramos: ¡el Espíritu Santo hace débil la medicina humana! Los doctores insertan marcapasos para ayudar a un corazón cansado a seguir trabajando. Para Dios nuestro viejo corazón pecaminoso estaba “muerto”, solamente podía ser reemplazado por uno nuevo. Los doctores reciben sus corazones “nuevos” de gente saludable que perdió su vida en un accidente trágico. Pero el Espíritu Santo no podía depender del corazón natural humano, tuvo que renovar totalmente nuestros sentidos con su fuerza. ¡Qué bendición cuando el ser humano reconoce la grandeza del amor de Dios mediante la predicación del evangelio, de modo que llega a la fe y recibe una vida totalmente nueva!

 

III. La cruz cristiana y sus bendiciones

Ahora hemos aprendido de San Pablo cómo la bendición de la justificación de la cruz del Gólgota se derrama en nuestros corazones y nos da participación en la vida verdadera con Dios, que un día será completa en la gloria eterna. Pero con esto las bendiciones de nuestra justificación ante Dios no son agotadas. Son especialmente visibles en los dolores y necesidades de la vida cotidiana. Sucede algo asombroso bajo la bendición de nuestra misericordiosa justificación. Aun los problemas se hacen dignos de alabanza: “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce perseverancia, y la perseverancia produce carácter probado, y el carácter probado produce esperanza. Y la esperanza no acarrea vergüenza” (Rom 5:3-5).

La gente se jacta de sus logros, sus éxitos y su suerte. Sin embargo, esta jactancia no tiene lugar ante Dios. Las cosas de las que la gente se jacta, o las han recibido de Dios (1 Cor. 4:7), o son en verdad su vergüenza (Fil. 3:18ss.) porque viven en oposición a Dios. Los cristianos saben que se jactan de otra cosa: “Más bien, Dios ha elegido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo débil del mundo Dios ha elegido para avergonzar a lo fuerte. Dios ha elegido lo vil del mundo y lo menospreciado; lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte delante de Dios. Por él estáis vosotros en Cristo Jesús, a quien Dios hizo para nosotros sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Cor. 1:27-31). No podemos alabar lo suficiente a nuestro Salvador por su amor y gracia y por nuestro hogar celestial.

Esto alabamos. ¿Pero a quién se le ocurriría alabar la miseria que le aflige? Sin embargo, el Espíritu Santo nos muestra que para los pecadores redimidos aun las aflicciones llegan a ser razón por alabanza.

 

 1. La fe - guardando

“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce perseverancia, y la perseverancia produce carácter probado, y el carácter probado produce esperanza. Y la esperanza no acarrea vergüenza” (Rom. 5:3ss.). Con estas palabras el Espíritu Santo revela un error. Nosotros creemos que la miseria quita el ánimo y lleva a la desesperación. Pero no es así. En cuanto el Espíritu Santo enciende la fe mediante el perdón de los pecados, la angustia ayuda nuestro progreso.

Hemos visto que la fe tiene una gloriosa seguridad: Dios ha dejado a un lado su ira. El pecado es eliminado, las deudas son pagadas. Hay paz. Dios es el querido Padre de sus hijos. Ningún cristiano puede tener duda de esto, porque Dios levantó a nuestro Salvador de los muertos en el tercer día. De esto la fe saca su confianza. — Pero siempre sucede que la miseria, el dolor, el temor y el dolor nos oprimen. Dudamos del amor, del cuidado y de la fidelidad de Dios. ¿Por qué? La causa es nuestro corazón. “Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y sin remedio” (Jer. 17:9). Su viejo camino todavía está en los cristianos. No quiere tener nada que ver con los mandamientos de Dios. Todavía cree que tiene la fortaleza para enfrentarse a la vida. Este viejo corazón siempre gana terreno. Pero al mismo tiempo nuestra fe se debilita. De esta manera nos ponemos en grave peligro.

Ahora Dios llega a nuestro auxilio. Con su palabra nos llama a volver. Nos muestra nuestro pecado. Frecuentemente subraya este llamamiento al arrepentimiento con la miseria externa. Asustado por esto, el cristiano reconoce su impotencia. Siente que no puede escapar el brazo de Dios. Considera su vida y encuentra refugio bajo la cruz de Cristo. Las dificultades ayudan para entender el mensaje. Así Lutero traduce una oración de Isaías (Is. 28:19). Así en medio de la miseria la fe del cristiano no es destruida sino probada y purificada. Cuando recientemente ha encontrado a su Salvador, sabe que su miseria tendrá un fin. “Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman” (Rom. 8:28). Sobre todo, la esperanza de la bienaventuranza eterna parece siempre más atractiva e interesante a los ojos del creyente. Así sucede lo que San Pedro pone en vista para nuestro consuelo: “En esto os alegráis, a pesar de que por ahora, si es necesario, estéis afligidos momentáneamente por diversas pruebas, para que la prueba de vuestra fe — más preciosa que el oro que perece, aunque sea probado con fuego — sea hallada digna de alabanza, gloria y honra en la revelación de Jesucristo” (1 Ped. 1:6ss.; véase Sal. 66:10-12; Is. 48:10).

¿Reconocemos la manera en que Dios nos ayuda especialmente mediante la angustia? Aprendemos de la palabra de Dios y lo experimentamos en nuestra vida: la miseria del cristiano no destruye la fe, sino la purifica y fortalece. ¿No es esto también una maravillosa bendición de nuestra justificación?

 

 Las luchas — perdurando

“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce perseverancia, y la perseverancia produce carácter probado, y el carácter probado produce esperanza. Y la esperanza no acarrea vergüenza” (Rom. 5:3ss.; véase Sant. 1:2ss.). De esta manera los cristianos prueban el bien en su vida. Pelean “la buena batalla de la fe” (1 Tim. 6:12), y vencen todo lo que quiere derrotarlos.

En primer lugar esto se aplica en los tiempos difíciles. Podemos ilustrar esto con la historia sagrada: Una mujer ha encontrado a Jesús y le ha pedido ayuda (Mat. 15:21ss.). Su hija fue torturada por el diablo. ¡Qué duro ha de haber sido para ella el hecho de que Jesús ni pareció escucharla! De hecho, la repulsa bruscamente. El estaría allí solamente para los israelitas. Pero ella por naturaleza era pagana. No se quita el pan de los hijos para darlo a los perros.

¡Cómo habrá sido en el corazón de la mujer! Había pensado que este Jesús sería el Mesías prometido. No rechazaría a todos los que están “trabajados y cargados” (Mat. 11:28). Pero Jesús parecía solamente incrementar su miseria. Su pobre hija estaba en casa. Aquí ella es repulsada. ¿Fue su fe un error? No, no conocía a nadie más que le podía ayudar. Tuvo que seguir rogando a Jesús. Finalmente haría caso. La mujer no se equivocó. Finalmente Jesús alabó su fe constante (Mat. 15:28).

¿Por qué, entonces, esperó Jesús tanto tiempo para ayudar? Probó su fe, para que la mujer se le adhiriera con aun más firmeza y con mayor decisión. Finalmente le ayudó así como ella había creído. Qué feliz ha de haber estado la mujer. Sobre todo, había aprendido algo: vale la pena orar continuamente (véase Luc. 18:1ss.). Aun Jesús no ayuda instantáneamente. Pero nunca rechaza las oraciones fieles. Así la mujer había recibido auxilio doble. Su hija fue sana y su fe salió fortalecida como resultado de esta dificultad.

 Así es también la manera en que nosotros podemos aprender la paciencia bajo las cargas. ¡Cuando llega la duda acerca de si nuestra fe es justificada, miramos a la cruz! Esto es lo que Jesús cargó por nosotros. ¿Debemos en algún momento pensar que él nos dejaría en los problemas? A causa de nuestra justificación nos quedamos confiados aun en medio de las tribulaciones.

Pero la miseria y las cargas también nos fortalecen en seguir a Cristo. San Pedro escribe: “Porque el que ha padecido en la carne ha roto con el pecado, para vivir el tiempo que le queda en la carne, no en las pasiones de los hombres, sino en la voluntad de Dios (1 Ped. 4:1ss.). Cuando los cristianos en su miseria abandonan sus propios planes, se desesperan de su propio poder y tienen que ajustarse solamente a Dios, ellos permiten que sean atados firmemente a Dios. Aprenden que no pueden presumir de tener un supuesto “derecho” con Dios. Como pecadores viven solamente por la gracia. Cobijados por la gracia, encuentran la fortaleza y la voluntad de aceptar en fe aun los caminos oscuros por los cuales son conducidos por su Señor.

San Pablo es un buen ejemplo de esto. Tres veces había orado a Dios con todo su corazón que Dios se le quitara la carga. Fue golpeado a puños por el ángel del diablo. Pero esta oración no sería contestada en la forma que él esperaba. Más bien oyó: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad” (2 Cor. 12:9). Allí San Pablo aprendió: “Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo. Por eso me complazco en las debilidades, afrentas, necesidades, persecuciones y angustias por la causa de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” ¡Qué obra tan grande pudo hacer de esta manera como misionero a los gentiles!

Así para nosotros también, finalmente la aflicción se torna en bendición. Y nos hacemos herramientas útiles de Dios mediante las cuales él puede ayudar a los demás que están en miseria física y espiritual. En la Epístola a los Hebreos dice: “Al momento, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por medio de ella han sido ejercitados” (Heb. 12:11).

 

¡La justificación por medio de la fe da bendiciones innumerables!

 

La justificación de los pecadores por medio de la fe es una posesión tan sublime que aun la miseria y la aflicción se tornan en bendiciones para el cristiano.

Confiando en la justificación por medio de la fe, las aflicciones de los cristianos se convierten en una bendición.

Por medio de esto el cristiano aprende:

 

* la fe              — guardando y

* lucha            — perdurando.

***

Hemos visto la grandeza de la bendición que está incluida en la justificación del pecador por la gracia. En nuestra justificación hemos recibido todo lo que necesitamos: la salvación y la seguridad de la salvación. Estamos de acuerdo con Stöckhardt cuando escribe:

“Nosotros los cristianos frecuentemente no damos suficiente valor a nuestra posesión actual. Pensamos de nuestra justificación como si fuera solamente el primer paso en el camino a la salvación, con la meta final quedando muy distante... Pero no es así. Ya ha sucedido lo más grande y principal ... Hemos sido reconciliados con Dios por medio de la muerte de Cristo, ... se ha saldado nuestra cuenta con Dios; se ha decidido nuestro destino eterno. ... La cosa esencial es que Dios es por nosotros. La otra cosa no es tan esencial, si nos gozamos en Dios aquí en medio de las tribulaciones o allí en la vida bienaventurada de la glorificación. Pero el segundo seguirá ya que se ha determinado lo esencial. ... Sin embargo, el camino a esta meta no es anticipar el futuro sino con la mente y los pensamientos absorberse en la gracia actual, la gracia de la justificación. Entre más firmemente nos enraizamos en esto, más cerca estamos al cielo.” (Römerbrief, p. 232).

 

 

[1] hJ ajgavph tou' qeou' ejkkevcutai ejn tai'" kardivai" hJmw'n diaV pneuvmato" aJgivou tou' doqevnto" hJmi'n.

[2] “Nun stirbt kaum jemand um eines Gerechten willen; um des Guten willen wagt er vielleicht sein Leben” — movli" gaVr uJpeVr dikaivou ti" ajpoqanei'tai: uJpeVr gaVr tou' ajgaqou' tavca ti" kaiV tolma'/ ajpoqanei'n.

 

jueves, 22 de julio de 2021

DIOS PRUEBA A ABRAHAM

 


GÉNESIS 22:1-12 SERMÓN

Génesis 22:1-12 Cuaresma 1 2015 Romanos 8:31-39; Marcos 1:12-15

“Aconteció después de estas cosas, que Dios probó a Abraham. Le dijo: —Abraham. Este respondió: —Aquí estoy. Y Dios le dijo: — Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, vete a tierra de Moriah y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Abraham se levantó muy de mañana, ensilló su asno, tomó consigo a dos de sus siervos y a Isaac, su hijo. Después cortó leña para el holocausto, se levantó y fue al lugar que Dios le había dicho. Al tercer día alzó Abraham sus ojos y vio de lejos el lugar. Entonces dijo Abraham a sus siervos: —Esperad aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allá, adoraremos y volveremos a vosotros. Tomó Abraham la leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo; luego tomó en su mano el fuego y el cuchillo y se fueron los dos juntos. Después dijo Isaac a Abraham, su padre: —Padre mío. Él respondió: —Aquí estoy, hijo mío. Isaac le dijo: —Tenemos el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abraham respondió: —Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos. Cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, compuso la leña, ató a Isaac, su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña. Extendió luego Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel de Jehová lo llamó desde el cielo: —¡Abraham, Abraham! Él respondió: —Aquí estoy. El ángel le dijo: —No extiendas tu mano sobre el muchacho ni le hagas nada, pues ya sé que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste a tu hijo, tu único hijo. Entonces alzó Abraham sus ojos y vio a sus espaldas un carnero trabado por los cuernos en un zarzal; fue Abraham, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y llamó Abraham a aquel lugar «Jehová proveerá». Por tanto se dice hoy: «En el monte de Jehová será provisto».” (Génesis 22:1– 14)

 

“Dios probó a Abraham”. Así en el primer versículo se nos informa como lectores y personas que escuchamos lo que está sucediendo, y el término tal vez implique que Abraham va a aprobar la prueba. Pero no debemos dejar que esa información esconda o disminuya en nuestra mente lo horrible de lo que ha de haber pasado por el alma y el corazón de Abraham en el transcurso de esta prueba. La decisión que confrontó a Abraham tal vez fue la más difícil que un ser humano jamás ha tenido que enfrentar en esta tierra. Tal vez Job tenía una prueba igualmente difícil, pero era bastante diferente de lo que confrontó a Abraham. No tiene igual el sacrificio que Dios pidió que Abraham hiciera entre todo lo que Dios ha pedido a algún ser humano. Sin embargo, Dios mismo hizo un sacrificio tan grande, de hecho más grande, de lo que ofreció Abraham. Al considerar este texto, veremos lo que sucede en el monte Moria, pero miraremos adelante casi dos milenios también, a lo que Dios mismo hizo en el monte Calvario. Veremos que hay puntos tanto de similitud y de diferencia entre los dos sacrificios, y que lo que Abraham hizo aquí tal vez nos ayude a entender aun más lo que sucedió en el Calvario y que recordamos de nuevo en esta Cuaresma.

 

Comienza la prueba: “Le dijo: —Abraham. Este respondió: —Aquí estoy. Y Dios le dijo: —Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, vete a tierra de Moriah y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”. Abraham recibe el mandato de sacrificar a Isaac. Las ligaduras de emoción que unían a Abraham e Isaac se hacen evidente en cómo se amontonan los términos. Toma tu hijo. ¿Qué es más importante en esta tierra para un padre que su hijo? “Tu único”. Abraham había tenido otro hijo por la esclava Hagar, Ismael, pero había tenido que expulsarlo de la casa junto con su madre. También lo había querido. Pero ahora Isaac era el único que le quedaba. “Isaac”. Aquí vemos por qué esta prueba es tan difícil. Este es el hijo esperado por años, el hijo de su vejez, el hijo milagro, cuyo anuncio le dio una gran risa de gozo. Además, “En Isaac te será llamada descendencia”. Quiere decir que todas las promesas que Dios había hecho a Abraham, la promesa de una gran nación, la promesa de que en él todas las familias de la tierra serían benditas, dependían de Isaac, de este hijo de la promesa. Esencialmente, la promesa de su propia salvación y la del mundo está en Isaac, su hijo. Y ahora Dios le manda sacrificarlo en holocausto, quitarle la vida. “A quien amas”. ¡Cómo el corazón de Abraham ha de haberse roto al escuchar esas palabras, que realmente reflejan la estrecha relación que Abraham tenía que su querido hijo único!

 

¡Qué inhumano parece Dios aquí en lo que exige a Abraham! Parece contradecir todo lo que Dios ha dicho y hecho en el pasado con Abraham. Nadie podría sorprenderse de que Abraham concluyera que no puede ser Dios que le está hablando, sino debe ser el diablo. ¡Es inhumano exigir algo tan terrible de un padre amoroso! Sin embargo, es lo que el Padre celestial amoroso hizo con su propio Hijo. Tomó a su propio Hijo unigénito, aquel de quien declaró: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, y lo sacrificó en la cruz del Calvario. Tomó lo más precioso que tenía, su Hijo que compartía su misma esencia, y lo abandonó en la cruz y lo miró morir. Todo sucedió, como Pedro dijo en el día de Pentecostés, porque fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios”. Lo que Dios exigió aquí de Abraham, él realmente lo hizo con su propio Hijo, Jesús.

 

No escuchamos de resistencia de parte de Abraham. Moisés sencillamente escribe que “Abraham se levantó muy de mañana, ensilló su asno, tomó consigo a dos de sus siervos y a Isaac, su hijo. Después cortó leña para el holocausto, se levantó y fue al lugar que Dios le había dicho”. El viaje duró tres días, tres días en que Abraham podía pensar en lo que había escuchado y lo que le esperaba al final del camino. Pero otra vez, no escuchamos nada que indique resistencia. “Al tercer día alzó Abraham sus ojos y vio de lejos el lugar. Entonces dijo Abraham a sus siervos: —Esperad aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allá, adoraremos y volveremos a vosotros”. Muchos han notado el plural, “y volveremos a vosotros”. Algunos piensan que debe haber pensado que Dios cambiaría de mente de alguna forma. Otros que es una mentira para evitar la suspicacia de los siervos. Pero probablemente es mejor ver en esto un indicio de la fe que celebra el autor de Hebreos capítulo 11. Dice: “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac: el que había recibido las promesas, ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: «En Isaac te será llamada descendencia», porque pensaba que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también lo volvió a recibir” (Hebreos 11:17-19). Como sabía que Dios es fiel, confiaba que cumpliría de alguna forma su promesa, aunque el mandato de matar a su hijo parecía contradecir abiertamente esa promesa. Pero notemos, habla de la función tanto del padre como del hijo como una adoración, un entregarse a Dios y su voluntad con confianza.

 

Luego Abraham y su hijo siguen solos su camino. De aquí en adelante todo involucra sólo padre, hijo y Dios. Así fue a su suplicio Jesús también, después de que todos sus discípulos huyeron y lo abandonaron. A fin de cuentas, era sólo Cristo y su Dios en la gran transacción de ese juicio.

 

“Tomó Abraham la leña del holocausto y la puso sobre Isaac, su hijo; luego tomó en su mano el fuego y el cuchillo y se fueron los dos juntos. Después dijo Isaac a Abraham, su padre: —Padre mío. Él respondió: —Aquí estoy, hijo mío. Isaac le dijo: —Tenemos el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abraham respondió: —Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.” Se han caminado en el silencio. Debe haber sido evidente al hijo que algo pesaba mucho en el corazón de su padre, y él mismo sentía una inquietud. Le parece que falta algo. “¿Dónde está el cordero para el holocausto?” Ha de haberse parecido una cuchillada en su propio corazón la pregunta que Isaac hizo a su padre. ¿Cómo podía decir a Isaac que Dios había designado el cordero, que era su hijo, el único, a quien amaba, el que le hizo esta pregunta llena de patetismo? Y con eso llegamos a lo que es la idea central del texto. “Dios proveerá el cordero para el holocausto”. Así es que siguen el viaje juntos en silencio.

 

En su corazón Abraham ya había despedido a su hijo. Cuando llega al lugar, Abraham edifica el altar. Luego ata a Isaac. Y es aquí que vemos que Isaac comparte la fe de Abraham y su sumisión absoluta a la voluntad de Dios. Seguramente, de haber estado opuesto, podría haber escapado de su anciano padre. Debe haber sido un adolescente fuerte para este tiempo. Tal vez si fuera sólo asunto de sorprenderlo con una cuchillada el padre lo podría haber matado contra su voluntad, pero al atarlo, sin que luche en contra Isaac, vemos que también la víctima va voluntariamente a su muerte.

 

Es la víctima pura que se necesita para el sacrificio. Y allí también vemos algo similar en el Calvario. Cuando Pedro está dispuesto a pelear por su maestro, Jesús le hace poner su espada en la vaina, y le recuerda que si él pidiera, vendrían 12 legiones de ángeles para pelear por él. Pero va voluntariamente a su sacrificio. Así que, aunque tiene el poder sólo en su palabra para hacer que los soldados todos caigan para atrás, voluntariamente se somete y los acompaña. Recuerda a Pilato que si el Padre celestial no lo hubiera permitido, no tendría ninguna autoridad sobre él, pero se somete a la sentencia de muerte que éste pronuncia sobre él.

 

“Extendió luego Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel de Jehová lo llamó desde el cielo: — ¡Abraham, Abraham! Él respondió: —Aquí estoy. El ángel le dijo: — No extiendas tu mano sobre el muchacho ni le hagas nada, pues ya sé que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste a tu hijo, tu único hijo. Entonces alzó Abraham sus ojos y vio a sus espaldas un carnero trabado por los cuernos en un zarzal; fue Abraham, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo”. Hemos visto un paralelo entre el padre Abraham que sacrifica a su hijo y Dios Padre que sacrifica a su Hijo unigénito. Hemos visto paralelos entre Isaac como la víctima voluntaria y Cristo como la víctima sacrificada. Pero cuando llegamos a la sustitución en el clímax del sacrificio, vemos algo radicalmente diferente. En el caso de Abraham e Isaac, Dios detiene el sacrificio. Abraham ha aprobado la prueba. Ha demostrado que Dios mismo y su voluntad ocupa el lugar número uno en su corazón. Allí Dios mismo, el Ángel de Jehová que es el Cristo preencarnado, detiene el sacrificio y provee un animal para sustituir a Isaac en el sacrificio.

 

¿Pero en el Calvario quiénes deberían estar en esa cruz? ¿Quiénes se habían incurrido en la pena de muerte? ¿Quiénes deben haber sufrido hasta las mismas penas del infierno? Como dice nuestro himno: “¿Cuál es la causa de tus aflicciones? Yo soy quien cometió las transgresiones. Mía es la deuda que con crueles llagas Tú, Cristo, pagas.” (CC 64:3). “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan.” (Hebreos 9:28). “Asimismo, Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;” (1 Pedro 3:18). Si fue maravillosa la sustitución del carnero por Isaac en la montaña en Moria, ¡cuánto más maravillosa la sustitución del Cordero de Dios, Cristo, el Hijo amado del Padre, por nosotros en la cruz del Calvario. Esa muerte en sustitución ganó para nosotros el perdón de pecados, la victoria sobre Satanás, y la vida eterna. Entremos así en esta Cuaresma llenos de gratitud, y determinados a meditar más profundamente en y entender siempre mejor la grandeza del amor de Dios revelada en la pasión y muerte de Jesús por nosotros.

Amén.

miércoles, 21 de julio de 2021

LLAMAMIENTO DE ABRAHAM

 



Génesis 12:1-9

 

1 Entonces Jehovah dijo a Abram: "Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. 2 Yo haré de ti una gran nación. Te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. 3 Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra." 4 Abram se fue, como Jehovah le había dicho, y Lot fue con él. Abram tenía 75 años cuando salió de Harán. 5 Abram tomó a Sarai su mujer, a Lot su sobrino y todos los bienes que habían acumulado y a las personas que habían adquirido en Harán; y partieron hacia la tierra de Canaán. Después llegaron a la tierra de Canaán, 6 y Abram atravesó aquella tierra hasta la encina de Moré, en las inmediaciones de Siquem. Los cananeos estaban entonces en la tierra. 7 Y se apareció Jehovah a Abram y le dijo: "A tu descendencia daré esta tierra." Y él edificó allí un altar a Jehovah, quien se le había aparecido. 8 Después se trasladó a la región montañosa al oriente de Betel y extendió allí su tienda, entre Betel al oeste y Hai al este. Allí edificó un altar a Jehovah e invocó el nombre de Jehovah. 9 Después partió de allí y se dirigió progresivamente hacia el Néguev. (RVA)

 

 Abraham, el hombre de fe, es también el hombre de las obras. Pero como Pablo dice en nuestra Epístola, lo que lo hace justo delante de Dios no son sus obras, sino su fe, como está escrito: “Y creyó al Señor, y su fe le fue contado por justicia.” Fue su fe, su confianza en la promesa divina, su confianza en el Dios que justifica al impío, que le trajo la eterna salvación y la vida eterna.  Así que Pablo correctamente destaca su fe, y usa el ejemplo de Abraham para establecer que la manera de ser justo ante Dios es creer sus promesas, confiar en su Cristo, estar seguro de que por medio de Cristo y su redención nos quedamos libres de culpa y somos hechos herederos de la salvación y la vida eterna.

 

Santiago también utiliza el ejemplo de Abraham, sobre todo como un ejemplo de qué tipo de fe es la que justifica. No quiere que nos engañemos pensando que una fe puramente intelectual, una fe que no produce ningún fruto de obediencia sea genuina o que sea una fe salvadora. Así destaca las obras de Abraham que fluyen de su fe.

 

En nuestro texto de hoy vemos los dos aspectos de Abraham, su fe, y la obediencia que fluye de su fe. Nuestro texto comienza con el llamamiento de Abraham. “Entonces Jehovah dijo a Abram: "Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.” Pensemos por un momento en lo que significaba esto. Recordemos que Abraham en este tiempo tenía 75 años. No es normalmente la edad para las aventuras. Estaría firmemente establecido en su lugar en la familia y la sociedad en donde estaba. Sin embargo, es llamado a abandonar patria, parientes, la casa paternal, para emprender ruta a un lugar que ni era precisado: “a la tierra que yo te mostraré.” ¿Usted se hubiera ido? ¿No le hubiera parecido una alucinación, o un engaño de la imaginación? Algunos de ustedes tal vez han abandonado su familia y su tierra para venir a la capital. Pero tal vez han tenido la experiencia también de tratar de convencer a algún pariente mayor a venir también, sólo para recibir la respuesta: No, hijo, o No sobrino, aquí estoy bien.

 

Sin embargo, oímos de Abraham que obedeció implícitamente. “Abram se fue, como Jehovah le había dicho.” ¿En dónde encontró la fuerza para tal obediencia? La respuesta está en lo que Dios le había dicho a continuación del mandato. Le dio una serie de promesas, promesas que culminaban en la promesa más maravillosa que Dios había hecho directamente a un hombre desde que primero prometió a Adán y Eva la venida de la Simiente de la mujer. “Yo haré de ti una gran nación. Te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.” Grandes promesas. Promesas que despiertan en Abraham una viva fe en la bondad de este Dios que le hace estas promesas. Promesas que levantan el espíritu, e impulsan a una gozosa y voluntariosa obediencia.

 

Pero aun así, no ha de haber sido fácil. Abraham tuvo que aprender a andar por fe, no por vista. Dios le dijo que le haría una gran nación, esto a un hombre de 75 años que no tenía hijo. Dijo que engrandecería su nombre, eso a un hombre que tenía que dejar atrás a todos los que lo conocían. Tuvo que creer que su relación con Dios sería tal que en cierto sentido lo que los hombres hacían con él lo estaban haciendo con Dios. “Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré.” Pero lo más estupendo de todo: “En ti serán benditas todas las familias de la tierra.” De Abraham, de su familia, de esa nación grande que se formaría de su descendencia, vendría aquél que traería bendición y salvación al mundo de pecadores. El Cristo vendría de él. Fue su fe en esa promesa lo que le impulsó a la obediencia, lo que le llevó a abandonar a familia y tierra, para emprender el largo viaje a Canaán. “Por la fe Abraham, cuando fue llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir por herencia; y salió sin saber a dónde iba.” Heb. 11:8.

 

Y Abraham también necesitaba a Cristo. Como todos, fue llamado por gracia. Lo que era Abraham y su familia por sí solos oímos del libro de Josué: “Así ha dicho Jehovah Dios de Israel: "Vuestros padres (Taré, padre de Abraham y de Nacor) habitaron antiguamente al otro lado del Río, y sirvieron a otros dioses. Pero yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del Río, lo traje por toda la tierra de Canaán, aumenté su descendencia y le di por hijo a Isaac.” (Jos. 24:2-3) Abraham y la familia de Abraham eran pecadores como todos los demás. No fue porque lo mereció que Dios llamó a Abraham, sino de su pura gracia. Dios es el que hizo a Abraham lo que era. Yo tomé a vuestro padre Abraham. Yo lo traje por toda la tierra de Canaán. Yo aumenté su descendencia. El Señor lo había hecho todo. La elección de Abraham para estas bendiciones dependía exclusivamente del amor y la buena voluntad de Dios.

 

Y aun la forma de llamar a Abraham fue motivado por el amor de Dios. Para que Abraham fuera bendición, para que en él todas las familias de la tierra fueran bendecidas, fue necesario separar a Abraham de todo lo que lo atraía en este mundo. Se mente tenía que ser fijada solamente en el Dios que promete, y la bendición que Dios traería, sin la distracción de los lazos sociales y familiares. Su atención tenía que fijarse en otro hogar.

 

“Conforme a su fe murieron todos éstos sin haber recibido el cumplimiento de las promesas. Más bien, las miraron de lejos y las saludaron, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. 14 Los que así hablan, claramente dan a entender que buscan otra patria. 15 Pues si de veras se acordaran de la tierra de donde salieron, tendrían oportunidad de regresar. 16 Pero ellos anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial.” Aun la tierra a donde Dios le conducía no sería su hogar permanente. “A tu descendencia daré esta tierra.” Personalmente, él sería un extranjero y peregrino en la tierra, viviendo en tiendas, sin poseer más que un lugar para sepultura. Pero no le importaba. Mediante la obra de su Simiente, Cristo, cuyo día vio, y se regocijó, él esperaba una patria aun mejor. En esto consistía la fe de Abraham. Esto es lo que motivaba su obediencia.

 

 Nosotros también somos llamados, llamados a abandonar todo, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo. Nosotros también somos llamados a amar a Dios más aún que a nuestros padres y madres, hijos e hijas, amistades, posición social, y vivir como extranjeros y peregrinos en el mundo. Dios también nos recuerda a nosotros: “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; 16 porque todo lo que hay en el mundo -- los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida -- no proviene del Padre sino del mundo.” ¿Y cómo podemos encontrar la fuerza para hacerlo? En el mismo lugar en donde lo encontró Abraham. En la promesa incondicional del amor de Dios en Jesucristo. Como la atención de Abraham fue dirigida a la Simiente, nuestra atención se dirige al amor de Cristo, colgando de la cruz, llevando nuestros pecados y culpa, y al trono, donde él reina victorioso y de donde lo esperamos en la culminación de los tiempos cuando nos recibirá en su gloria. Cuando realmente confiamos en esto, cuando vemos la grandeza del amor de Dios a nosotros, aquel Dios que justifica en Cristo a nosotros los impíos, también querremos servir y obedecer a aquél que nos ha salvado y redimido de todo pecado, de la muerte y del poder del diablo.

 

La fe de Abraham lo llevó a obedecer la voz de Dios. Salió de Harán y atravesó la tierra de Canaán. La fe genuina resulta en obediencia. Nadie piense que la verdadera fe que salva se expresa en la desobediencia a los mandatos de Dios. La impenitencia expulsará al Espíritu Santo y nos dejará expuestos al infierno. “Y ésta es la condenación: que la luz ha venido al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que practica lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean censuradas. 21 Pero el que hace la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifiestas, que son hechas en Dios.” Es acerca de la posibilidad de engañarse en este asunto que Santiago dijo que “Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma.” Eva perdió su fe escuchando la voz del diablo, y desobedeció, trayendo condenación sobre todos. Noé creyó en Dios, así que cuando Dios le dijo hacer algo contra la vista y contra la razón, obedeció. Construyó el arca. Abraham creyó las promesas de Dios y obedeció. Salió de su tierra y dejó atrás su familia. Saúl ya no creía, pensaba que tenía que arreglar las cosas él solo, y desobedeció, ofreciendo él mismo el sacrificio que Dios había reservado para Samuel. Así fue reprendido: “¿Se complace tanto Jehovah en los holocaustos y en los sacrificios como en que la palabra de Jehovah sea obedecida? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención es mejor que el sebo de los carneros. 23 Porque la rebeldía es como el pecado de adivinación, y la obstinación es como la iniquidad de la idolatría. Por cuanto tú has desechado la palabra de Jehovah, él también te ha desechado a ti, para que no seas rey.” Jesucristo mismo tuvo una fe perfecta en su Padre celestial, y siempre hacía la voluntad de su Padre.

 

Vemos luego que cuando Dios le prometió que daría esa tierra a su descendencia que Abraham adoró. La fe que recibe las promesas de Dios también se goza en contemplar esas promesas, meditarlas, alabar a Dios por su bondad y misericordia y darle las gracias. El cristiano que ha conocido la bondad de Cristo en rescatar a los pecadores de la destrucción quiere oír siempre más acerca de su Salvador y su salvación, se deleita en la Palabra del Señor, ve que la comunión con su Creador y el Redentor en los cultos es un privilegio y se esfuerza por estar allí y agregar su débil voz a la canción de los ángeles y de los redimidos en el cielo.

 

 Y Abraham “invocó el nombre de Jehovah.” Esto sería mejor traducido con “proclamó el nombre de Jehová.” De este modo Abraham realmente era una bendición a los que estaban alrededor. Como Pablo, no podía sino predicar las cosas que había visto y oído. Sobre todo, su tema era la promesa de la bendición de todas las familias de la tierra, la promesa de Cristo y su redención. La fe que se deleita en su Redentor no puede guardar silencio. Las noticias para los pecadores son demasiado buenas para guardarlas solamente para uno mismo. Es como el novio que de alguna forma mete a su novia en todas las conversaciones.

 

Tal vez nuestra fe no siempre esté haciendo todas estas cosas. Bueno, debe entristecernos. Pero no debe llevarnos a la desesperación. Abraham tampoco era perfecto. Este mismo capítulo presentará una gran falla en la fe de Abraham, cuando puso a Sara en una situación de gran peligro en Egipto. Pero sus obras no eran la esperanza de Abraham para su justificación delante de Dios de todos modos. “Abraham creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.” Pero en sus mejores momentos, como en este texto, Abraham nos muestra lo que hace esa verdadera fe, lo que brota espontáneamente cuando realmente ponemos la confianza en las promesas de Dios, nos alejamos de los engaños de este mundo, y fijamos nuestra esperanza en el meta celestial. Vemos entonces que la fe realmente es como lo describe Lutero: “La fe es una cosa viva y potente; no es solamente un pensamiento cansado y flojo; tampoco flota en alguna parte sobre el corazón como la pato flota en el agua, sino es como el agua calentado completamente con un fuego bien caliente.” Dios, concédenos una fe así.

Amén.


domingo, 18 de julio de 2021

SERMÓN, PRIMER DOMINGO DE CUARESMA ROMANOS 5:12-19; MATEO.4:1-11

 



Génesis 2:7-9, 15-17, Gen 3:1-7

 

Sermón, Primer domingo de Cuaresma Rom. 5:12-19; Mat.4:1-11

 

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente. Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. E hizo Jehová Dios nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol del conocimiento del bien y del mal... Tomó, pues, Jehová Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo cuidara. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: «De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás»... La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho, y dijo a la mujer: —¿Conque Dios os ha dicho: “No comáis de ningún árbol del huerto”? La mujer respondió a la serpiente: —Del fruto de los árboles del huerto podemos comer, pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: “No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis”. Entonces la serpiente dijo a la mujer: —No moriréis. Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal. Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron, pues, hojas de higuera y se hicieron delantales.

 

En donde el hombre arruinó todo, Cristo lo remedia

 

San Agustín en sus Confesiones habla de una ocasión en que él y unos amigos pasaron por un huerto de perales. Así lo describe: “En una heredad, que estaba inmediata a una viña nuestra, había un peral cargado de peras, que ni eran hermosas a la vista ni sabrosas al gusto. No obstante eso, juntándonos unos cuantos perversos y malísimos muchachos, después de haber estado jugando y retozando en las eras, como teníamos de costumbre, fuimos a deshora de la noche a sacudir el peral y traernos las peras, de las cuales quitamos tantas, que todos veníamos muy cargados de ellas, no para comerlas nosotros, sino para arrojarlas después, o echarlas a los cerdos, aunque algo de ellas comimos. En lo que ejecutamos una acción que no tenía para nosotros de gustosa más que el sernos prohibida.


“Ved aquí patente y descubierto mi corazón, Dios mío, ved aquí mi corazón, del cual habéis tenido misericordia, estando él en un profundo abismo de maldad y miseria. Que os diga, pues, mi corazón ahora: ¿qué es lo que allí buscaba yo o pretendía, para ser malo tan de balde, que mi malicia no tuviese otra causa que la malicia misma? Ella era abominable y fea, y no obstante yo la amaba; amé mi perdición, amé mi culpa, pero de tal modo, que lo que amé no era lo defectuoso sino el defecto mismo.

¡Torpe bajeza de un alma, que dejándoos a Vos, que sois el apoyo y firmeza de su ser, busca su perdición y exterminio, y que no solamente apetece una cosa de que se ha de seguir afrenta o ignominia, sino que apetece y desea la ignominia misma!”

 

“No tenía para nosotros de gustosa más que el sernos prohibida”. Así describe Agustín la reacción de los seres humanos a los límites, a las prohibiciones, a las tentaciones a lo que no se nos permite.

 

¿Pero de dónde tenemos esta tendencia de la cual no podemos librarnos y que desde pequeños nos lleva a acumular más y más culpa, y si no fuera remediado nos hundiría en el mismo infierno? ¿Fuimos hechos así? ¿Siempre hemos sido así? ¿Es parte de la manera en que nos evolucionamos de seres más primitivos y más brutales?

 

No. No siempre ha sido así. Nuestro texto nos retrata la gloriosa situación en que Dios hizo al ser humano, el amor que demostró en formarlo y proveerlo de toda bendición imaginable. El hombre, hecho a la imagen de Dios, santo y puro, fue objeto de amor y cuidado especial cuando Dios lo creó. “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente.” Así como el alfarero toma arcilla y la forma y moldea hasta que cumpla el propósito contemplado, así Dios formó al hombre como si fuera una obra de arte de su mano. Personalmente le sopló al aliento de vida, de modo que el hombre llega a ser un ser viviente, diferente de todas las demás criaturas en que estaba hecho para vivir para siempre en bendita comunión con su Creador.

 

Dios no escatimó fuerzas en proveer todo lo que sirviera para utilidad y para deleite del hombre. Creó un hermoso huerto, lleno de “todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer”. Todo para el deleite del ojo y el paladar. Y Dios colocó al hombre en ese hermoso huerto para cultivar y cuidarlo. En el capítulo uno escuchamos: “Mirad, os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, así como todo árbol en que hay fruto y da semilla. De todo esto podréis comer”. Probablemente podrían haber comido diferentes frutos cada día  del año sin repetirlos, tanto fue la generosidad de su amante Creador hacia Adán y Eva.

 

Sólo quedaba una pregunta. ¿Cómo podrían Adán y Eva mostrar su amor y gratitud hacia su benéfico Creador? ¿Cómo podrían expresar su bendita comunión con él? “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás”. Aquí hay un mandato. Con la rebelión innata que llevamos desde que nacemos ahora después que el pecado ha entrado en el mundo, tendemos a ver esto como irrazonable, como una limitación innecesaria que Dios impuso a los hombres y que trajo miseria y perjuicio a los seres humanos. Básicamente, esto acusa a Dios de ser un cruel tirano.

 

Pero pensemos un poco más en esto. ¿Necesitaban Adán y Eva el fruto de precisamente este árbol? ¿No tenían libre acceso a todos los árboles del huerto con esta sola excepción? ¿No había Dios sido sumamente generoso con ellos?

 

Y sin embargo preguntamos: ¿Para qué Dios les dio esta prohibición? Lutero tiene un comentario interesante al respecto. “Pero es útil notar también que Dios proporcionó a Adán palabra, culto y religión en su forma más transparente, pura y simple, en que no hubo nada laborioso, nada elaborado. Porque no prescribió matar bueyes, quemar incienso, votos, ayunos y otras torturas del cuerpo. Sólo esto quiere: que alabe a Dios, que le dé las gracias, y se regocije en el Señor y que le obedezca al no comer del árbol prohibido.” También dice: “Este árbol de la ciencia del bien y del mal fue la iglesia de Adán, su altar, su púlpito. Aquí debía rendir la obediencia que debía a su Creador, dar reconocimiento a su palabra y su voluntad, darle gracias, y pedir ayuda contra la tentación.”

 

La única obediencia que podría tener valor sería una obediencia que se daba libremente, en gratitud y adoración de aquel que le había bendecido tanto. El hombre fue creado para tener comunión eterna con Dios, para honrar a Dios voluntariamente, no como un robot que está programado y que no puede hacer otra cosa. Así, aun el árbol del bien y el mal tenía un buen propósito en la intención de Dios. Allí debería adorarlo y obedecerlo, y así con el tiempo comer también del árbol de la vida y vivir para siempre en la presencia de Dios.

 

Bueno, todos sabemos que las cosas no resultaron así, y que nosotros mismos sufrimos las fatídicas consecuencias de que es así. ¿Pero qué pasó realmente? El capítulo 3 de Génesis nos da la respuesta. Primero Eva, y luego Adán sucumbieron al  Tentador. No guardaron su primer amor hacia su amante Creador. Desobedecieron su mandato.

 

El tentador verdadero es Satanás, la antigua serpiente, como se llama en Apocalipsis, que se acercó a Eva primero con lo que pareció una pregunta inocente, aunque posiblemente su forma ya insinúa que Dios está actuando irrazonablemente al restringir la dieta de la primera pareja. “—¿Conque Dios os ha dicho: “No comáis de ningún árbol del huerto”?” La mujer respondió parafraseando el mandato que Dios había dado a Adán. Y luego viene la mentira descarada: No moriréis. Ahora Eva confronta la gran prueba. ¿A quién creerá? ¿Al Dios que le había derramado abundantes bendiciones, o a esta nueva voz discordante que contradecía la voz de su amante Creador? No debería haber sido difícil la decisión.

 

Pero el diablo no es nada tonto. Sabe que tiene que vender su mentira, vistiéndola con promesas vagas y engañosas. Así que continúa: “Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal.” Ser como Dios, conocer el bien y el mal. ¿Cómo podría Dios habernos negado dones tan hermosos y buenos?


¿Cómo podría ser tan tacaño como para querer guardar esto sólo para él? Así es el proceso con que Eva comienza a dudar y luego rechazar la bondad de Dios. Cree al diablo. Cree la mentira. Ya no cree en Dios como su amante Creador. Así nos dice el texto de Génesis: “Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella.”

 

Ya se había cometido el acto atroz. El hombre había desobedecido y rechazado a su Creador. Desde ese momento cada ser humano se ha sumido en la muerte, la muerte física y la muerte eterna. Desde ese momento todos nacemos como hijos de ira, bajo la condenación de un Creador que en justicia juzgannuestros pecados y rebeliones.

 

Y sin embargo, esto no es el final de la historia. Inexplicablemente, en su gracia y amor Dios ofrece al hombre una segunda oportunidad. No para que él salve a sí mismo. No, más bien, Dios promete que él mismo proveerá un remedio; él mismo obtendrá la victoria sobre Satanás quien utilizó la serpiente. En el versículo 15 de Génesis 3 escuchamos estas palabras que Dios dirige a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón.”

 

En el Evangelio de hoy tenemos un aspecto de esto de herir a Satanás en la cabeza. El que tentó a Eva y que sigue tentando a cada uno de nosotros tentó a Jesús. El que había obtenido incontables victorias finalmente enfrentó a uno a quien no pudo vencer. Usó todos los trucos que habían sido tan efectivos contra Adán y Eva y los demás seres humanos. Trató de hacerlo dudar de la bondad de Dios. Apeló a su orgullo. Apeló a su atracción por lo prohibido. Y en cada caso nuestro Salvador Jesucristo salió victorioso.

 

Pero porque Cristo es Dios mismo venido en carne humana para cumplir lo que nosotros no pudimos cumplir, su obediencia cubre nuestra desobediencia, su victoria cuenta como nuestra victoria, su resistencia a las tentaciones del diablo cuenta como si nosotros hubiéramos resistido cada uno de los ataques de Satanás. Así con su perfecta obediencia a Dios en nuestro lugar

y su muerte en la cruz para pagar las veces en que nosotros fuimos derrotados, ha aplastado la cabeza de la serpiente, ha conquistado a nuestro enemigo, y tenemos perdón y la promesa de vida eterna en él. Satanás midió fuerzas contra él, confiado que saldría victorioso como contra tantos seres humanos antes de él. Pero como dijo un antiguo padre de la iglesia: Vio la carnada de la humanidad y mordió, y quedó atrapado en el anzuelo de su divinidad.

 

Así al entrar en esta estación en que meditamos especialmente en todo lo que Jesús hizo para obtener nuestra salvación, estemos animados para confiar en su victoria y así también resistir nosotros con la palabra de Dios los ataques de Satanás, sabiendo que la victoria ya está ganada y asegurada por la perfecta obediencia de Cristo en nuestro lugar, una obediencia que por la fe en él cuenta ante Dios como nuestra.

 

Amén.