jueves, 25 de junio de 2015

NAVEGANDO ENTRE DOS MARES»: MUJERES EN EL CONTEXTO DE LA CULTURA DE INGENIERÍA




Florentina Preciado Cortés*, Karla K. Kral**, María Guadalupe Álvarez Ramón***

* Profesora-investigadora de tiempo completo. Facultad de Pedagogía, Universidad de Colima, Colombia.

** Profesora-investigadora de tiempo completo. Facultad de Pedagogía, Universidad de Colima, Colombia.

*** Egresada de la Facultad de Pedagogía, Universidad de Colima, Colombia.

SÍNTESIS: Pese a que en México las mujeres no indígenas han logrado paridad en términos de la matrícula en el nivel de educación superior, hay brechas importantes en las áreas de formación. La ingeniería es un área que históricamente ha sido ocupada por hombres; en este espacio la presencia femenina es entendida como un caso excepcional. Por consiguiente, las mujeres tienen que atravesar varios niveles de discriminación dentro de una cultura de ingeniería masculina, lo cual implica una construcción compleja de su identidad como mujeres y como ingenieras. El propósito de este ensayo es indagar la experiencia de mujeres en la educación profesional en dos facultades de Ingeniería de la Universidad de Colima, institución de educación superior estatal pública en el centro occidente de México.

Con base en datos recolectados en 2012 a través de un cuestionario y entrevistas con 65 alumnas, retomamos el concepto de «matriz de dominación» de Patricia Hill Collins (1990) para analizar tres niveles de opresión / resistencia en las experiencias de las estudiantes: 1) sus biografías personales, incluyendo ciertos aspectos de sus entornos familiares, identidades femeninas y razones para elegir la carrera; 2) el contexto cultural del grupo o de la comunidad, explorando la cultura de ingeniería en las dos facultades estudiadas, así como la relación de las mujeres con sus compañeros y docentes, y 3) el contexto institucional, en donde analizamos algunas características del clima institucional de género en la universidad.

Palabras clave: relaciones de género | estudios de ingeniería | educación superior | México.

«Navegando entre dois mares»: mulheres no contexto da cultura de engenharia
Síntese: A pesar de que no México as mulheres não indígenas tenham alcançado paridade em termos de matrícula na educação superior, há algumas lacunas importantes nas áreas de formação. A engenharia é uma área que historicamente foi ocupada por homens; neste espaço a presença feminina é entendida como algo excepcional. Por conseguinte, as mulheres têm que atravessar vários níveis de discriminação dentro de uma cultura de engenharia masculina, o qual implica uma construção complexa de sua identidade como mulheres e como engenheiras. O propósito deste ensaio é indagar sobre a experiência de mulheres na educação profissional em duas faculdades de Engenharia da Universidade de Colima, instituição de educação superior estatal pública no centro ocidental do México.

Com base em dados recolhidos em 2012, através de um questionário e de entrevistas a 65 alunas, retomamos o conceito de “matriz de dominação”, de Patricia Hill Collins (1990), para analisar três níveis de opressão / resistência nas experiências das estudantes: 1) suas biografias pessoais, incluindo certos aspectos de seu entorno familiar, identidades femininas e razões para escolher o curso; 2) o contexto cultural do grupo ou da comunidade, explorando a cultura de engenharia nas duas faculdades estudadas, assim como a relação das mulheres com seus companheiros e docentes, e 3) o contexto institucional, onde analisamos algumas características do clima institucional de gênero na universidade.

Palavras-chave: relações de gênero | estudos de engenharia | educação superior | México.

«Sailing between two seas»: women in the context of the engineering culture 
Abstract: Although in Mexico the non-indigenous women have achieved parity in terms of enrollment in higher education level, there are significant gaps in the training areas. Engineering is an area that historically has been occupied by men; in this space the female presence is seen as an exceptional case. Therefore, women have to go through several levels of discrimination in a male engineering culture, which involves a complex construction of their identity as women and as engineers. The purpose of this paper is to investigate the experience of women in vocational education at two faculties of Engineering at the University of Colima, the higher education public state institution in west central Mexico.

Based on data collected in 2012 through a questionnaire and interviews with 65 students, we return to the concept of «matrix of domination» of Patricia Hill Collins (1990) to analyze three levels of oppression / resistance at the experiences of students: 1) their personal biographies, including certain aspects of their familiar environments, feminine identities and reasons for choosing the career; 2) the cultural context of the community group, exploring the engineering culture in the two faculties studied, and the relationship of women with their peers and teachers, and 3) the institutional context, where we analyze some characteristics of the gender climate at the University.
Keywords: gender relations | engineering studies | High education | México.

Introducción

Como parte de los resultados que Gutiérrez y Duarte (2012) presentan en su estudio sobre las identidades femeninas de estudiantes en el área de las ingenierías en la Universidad Autónoma de Baja California (campus Mexicali), una estudiante resume su experiencia al adaptarse a su formación profesional en términos de «saber navegar entre dos mares, el aprovechar a conveniencia el ser mujer, y en otras, el ser iguales o superiores intelectualmente al hombre». En este sentido, las palabras de la alumna reflejan cómo las mujeres, estudiando dentro de un campo masculinizado, negocian sus identidades femeninas, por un lado al conformar a las expectativas tradicionales de género y, por otro, al mostrar su capacidad intelectual ante los estereotipos de género.

Esta noción de «navegar» (navigate), o bien, de ejercer agencia dentro de los límites que las mujeres enfrentan en el contexto patriarcal, es también mencionada por Gunewardena y Kingsolver (2007) como un marco propuesto para comprender las distintas maneras -o matices- en que las mujeres navegan su ubicación social, específicamente en relación a los procesos de la globalización. El propósito de este ensayo es complejizar la idea de «las mujeres navegando entre dos mares» para el caso de la educación profesional en dos facultades de ingeniería, la de Ingeniería Mecánica y Electrónica (fime) y lade Ingeniería Civil (fic) de la Universidad de Colima, institución de educación superior estatal pública en el centro occidente de México.

Al retomar la idea de «navegar el género» nos situamos dentro del pensamiento crítico feminista occidental contemporáneo, en el cual se conceptualiza el sujeto social como un ente con libre albedrío pero al mismo tiempo inmerso en «matrices de dominación», donde simultáneamente experimenta y resiste la opresión (Hill Collins, 1990). La misma autora localiza la opresión / resistencia de género, raza y clase en tres niveles: la biografía personal, el contexto cultural del grupo o de la comunidad y el nivel sistémico de las instituciones sociales.

Presentamos aquí un análisis preliminar de estas tres dimensiones para el caso de las estudiantes analizadas, considerando en las biografías personales ciertos aspectos de sus entornos familiares, identidades femeninas y razones para elegir la carrera. En términos del contexto cultural del grupo o de la comunidad, exploramos la cultura de ingeniería en las facultades estudiadas, así como la relación de las mujeres con sus compañeros y docentes. Finalmente, para el contexto institucional, analizamos algunas características del clima institucional de género en la Universidad de Colima, así como los valores de igualdad de género presentes (o no) en el modelo educativo.

Los datos recolectados incluyen un cuestionario y entrevistas aplicadas a 65 alumnas en las dos facultades mencionadas (fime, n = 22; fic, n = 43) durante el ciclo escolar enero-junio 2012. La elección de estas facultades se debió, principalmente, al reducido número de mujeres que presentan en la matrícula en general.
La encuesta se componía de 40 preguntas, organizadas en tres secciones:
  • Datos y contexto personal: edad, sexo, familia, antecedentes académicos y gustos personales.
  • Situación económica: situación laboral de la familia e ingresos económicos.
  • Situación escolar: situación por la que pasan día a día como estudiantes en formación, la relación con sus profesores y profesoras así como con sus compañeros y compañeras.
Luego de la aplicación del cuestionario se procedió a la realización de entrevistas, las que fueron grabadas y sistematizadas, cada una de una duración de entre 15 y 20 minutos.

El trabajo de campo fue realizado por tres estudiantes de la Licenciatura en Pedagogía, Elizabeth Baltazar, Sarahí Villavicencio y María Guadalupe Álvarez. De ellas, la última mencionada está en proceso de finalizar su tesis de grado con base en los datos recolectados, bajo el asesoramiento de Preciado y formando parte Kral del Comité Revisor.

Antes de desentrañar el matriz de género en las experiencias de las estudiantes analizadas, presentamos un panorama de la matrícula por áreas en México y la Universidad de Colima, así como algunos hallazgos importantes arrojados en estudios sobre la situación de mujeres en la formación profesional en las ingenierías.

El género en las áreas de formación universitaria

En México, desde el ciclo escolar 1999-2000, las mujeres representan casi el 50% de la población universitaria, tendencia que se ha mantenido durante las últimas décadas. En tanto, en otros países latinoamericanos la incorporación de las mujeres a la educación superior es mayor: Cuba, 61,8%; Panamá, 60,6%; Puerto Rico, 64,9%; Argentina, 59,3%; Brasil, 56,4%; Colombia, 57,8%; Honduras, 55%, y Jamaica, 69,9% (Aponte-Hernández, 2008).

Ahora bien, la presencia de las mujeres en las universidades ha venido a romper esquemas y estereotipos de género importantes, por ejemplo, la idea de que el objetivo primordial de las mujeres es convertirse en madres, esposas y amas de casa, reservando la educación y el trabajo remunerado a los varones. Así, paulatinamente, las mujeres han logrado ingresar a espacios hasta hace poco casi exclusivos para los hombres, en este caso el de la educación superior.


Sin embargo, un análisis sobre la distribución de la matrícula nacional muestra la concentración de las mujeres en áreas asociadas al rol femenino, carreras compatibles con el rol de madre y esposa, como por ejemplo pedagogía, trabajo social, enfermería, etc. De acuerdo con los datos de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (anuies, 2011), la distribución de la matrícula por sexo y área en México se presenta de la siguiente manera:


Los porcentajes muestran que se ha mantenido la participación de hombres y mujeres en las áreas de formación tradicionalmente asociadas al género. La feminización de la matrícula, de algún modo, marca los territorios para unas y otros, y llama la atención que el área de agropecuarias y de ingeniería sigan conservando una matrícula mayormente masculina (66% y 70%, respectivamente), mientras que casi el 70% de la matrícula en educación y humanidades es femenina.

Ahora bien, el estudio de las mujeres en áreas masculinizadas como las ingenierías es un campo que ha tomado auge en la última década, mayormente en los Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea (Barnard y otros, 2012; Faulkner, 2009; Gill y otros, 2008; Henwood, 1998; Holth, 2014; Kolmos y otros, 2013; Lynch y Nowosenetz, 2009; Powell, Dainty y Bagilhole, 2011 y 2012; Stonyer, 2002). El género es un factor principal para la elección de carrera, así que las ingenierías siguen siendo consideradas como «un tema de hombres» («aman’s subject » , según Barnard y otros, 2012), ya que la socialización de roles e identidades de género, tanto en la familia como en la escuela, refuerza la noción de que los hombres «naturalmente» tienen habilidades para «temas difíciles» como las matemáticas y la ciencia.

En su estudio sobre las representaciones virtuales de mujeres y hombres en ciencia, ingeniería y tecnología, Mendick y Moreau (2013) demuestran que de igual forma en los medios virtuales hay una reproducción de los discursos tradicionales de género. Este subyacente discurso dominante de género es fundamental para comprender las distintas barreras culturales y estructurales que las mujeres enfrentan; en efecto, los códigos de género se reproducen e impactan de manera significativa en las áreas de estudio o formación, de tal forma que la cultura de la ingeniería -tradicionalmente masculina- ha incorporado valores, normas y supuestos masculinos no solo en el nivel de interacción social y del discurso, sino también a niveles más profundos de generación y transmisión del conocimiento (Stonyer, 2002, p. 4). Así, para las mujeres resulta muy difícil ser aceptadas en dicha comunidad, una dificultad que no está asociada con la cuestión académica sino con el ámbito cultural. Su permanencia, por tanto, está ligada a diversas estrategias, como separar la vida personal de la profesional, y muy pronto deciden reservarse todo lo personal porque hablar de ello es percibido como una muestra de debilidad, una incapacidad que las descalifica ante la comunidad masculina. Mientras, otras mujeres encuentran seguridad al seguir asumiendo un rol dependiente, de servidoras de los ingenieros (Stonyer, 2002), y al ser este un espacio que ha sido organizado de acuerdo al género masculino, ese tipo de actitud femenina contribuye a reforzar el papel protector masculino.

Ahora bien, el reconocimiento o la pertenencia al grupo de los hombres está asociado a ritos que son auténticas pruebas de virilidad (violencia, dureza, valentía), a través de las cuales se busca el reforzamiento de la solidaridad viril y ganar la admiración del grupo para no verse relegado a la categoría de los «débiles » , las «mujercitas » o los «mariquitas « (Bourdieu, 2000). En este sentido, es muy interesante lo señalado por Bourdieu sobre la virilidad como un «concepto relacional, construido ante y para los restantes hombres y contra la feminidad, en una especie de miedo de lo femenino, y en primer lugar en sí mismo» (ibid., p. 71).

Como puede verse, al ser el espacio de la ingeniería un área tradicionalmente masculina, es muy difícil y complejo para las mujeres ingresar y desenvolverse en él. Es por ello que la experiencia de las mujeres en este ámbito muestra evidencias claras de que sigue siendo asimétrica y jerárquica (Gill y otros, 2008; Henwood, 1998; Stonyer, 2002).

Estudios recientes en México han empezado a indagar sobre la manera en que el género estructura la elección de carrera en el área de la ingeniería, así como la experiencia de las mujeres en su formación profesional en esta área (García y GonzálezyGonzález, 2014; Gutiérrez y Duarte, 2011 y 2012; Molina y otros, 2014; Razo, 2008). Se advierte que las estudiantes mexicanas se enfrentan a diferentes discursos sobre el hecho de ser mujer en relación con la ingeniería. En entrevistas de Gutiérrez y Duarte (2011) dicen «haber sido cuestionadas respecto a su elecciónpor ingenieríadesde antes de ingresar a la carrera ». Y continúan :

Las preguntas que provenían de familiares y amigos hacían constante referencia a las posibilidades de las estudiantes de estudiar una carrera compleja: «¿No está muy difícil?»; al aspecto físico como un factor asociado a ciertos campos disciplinarios: «¿Por qué ingeniería, si tienes cara de contadora?», «Tú no estás fea, ¿qué estás haciendo allá?»; así como a las oportunidades de trabajo por el hecho de ser mujeres: «¿Y vas a tener trabajo saliendo? Pregúntale a otras mujeres». Por otro lado, se cuestionaba la presencia de una mujer en un campo entendido como masculino: «¡Pero si es una carrera de hombres!» (p. 4)

Sin duda, las mujeres en el área de ingeniería se vuelven el blanco de cuestionamientos sobre el por qué inclinarse por una carrera considerada masculina, situación que persiste una vez que ingresan, pues el profesorado y los compañeros varones se suman al interrogatorio con preguntas como: «¿Puedes? No te vayas a romper las uñas», «No te preocupes, tú ni vas a terminar o vas a salir embarazada» o «A las mujeres¡qué les van a interesar las máquinas y herramientas! » (Gutiérrez y Duarte, 2011, p. 4). También hay un fuerte estereotipo sobre que las estudiantes en ingeniería no son femeninas, son poco atractivas o son nerds(García y Gonzálezy González, 2014).

Ahora bien, en el caso de la Universidad de Colima, que es una institución joven, pequeña y de provincia, la matrícula femenina es ligeramente mayor que la masculina. Los datos muestran que durante el semestre agosto 2008-enero 2009 la matrícula era de 10.818 estudiantes (Universidad de Colima, 2009), de los cuales 5.271 (48,72%) eran hombres y 5.547 (51,27%), mujeres.

Sin embargo, si se analiza la integración de la matrícula por género y área puede observarse una distribución tradicional de hombres y mujeres. Agropecuarias e ingenierías presentan una matrícula masculina muy cercana al 80%, es decir que por cada diez varones hay dos mujeres, mientras las mujeres siguen concentrándose en áreas como educación y humanidades, o ciencias sociales y administrativas. Es de destacar el 67% de mujeres en ciencias de la salud, dato interesante ya que está ligeramente por arriba del porcentaje nacional de mujeres en esta misma área.

Las mujeres en el área de ingenierías de la Universidad de Colima

Este acercamiento al comportamiento de la matrícula es interesante porque refleja la percepción sociocultural de las y los jóvenes en relación al género, de manera particular en el área de ingenierías, porque a lo largo de dos décadas el discurso de la equidad de género ha estado presente en el campo educativo, por lo que se esperaría que la elección de carrera mostrara mayor variedad, tanto en hombres como en mujeres, de tal forma que las mujeres no se limitaran a buscar una profesión compatible con los roles de madre y esposa sino que, por el contrario, identificaran el área que más satisface sus intereses, sin pensar si es masculina o femenina.

No obstante, las cifras más recientes no muestran un impacto del discurso de la equidad de género, pues no se ha logrado un cambio significativo en las expectativas de las mujeres. La reproducción de los estereotipos sigue presente, y el cuerpo en la escuela refleja muchas cosas, como por ejemplo que las áreas de conocimiento siguen clasificándose como «masculinas » o «femeninas » , igualmente jerarquizadas y de algún modo excluyentes, porque no es lo mismo el acceso de un cuerpo femenino a las ingenierías que el acceso de un cuerpo masculino a la pedagogía.

El cambio en las expectativas de las mujeres es sumamente importante, porque además de visualizar la posibilidad de realizar o conseguir algo, detrás de ellas está todo un entramado de relaciones con los diferentes ámbitos en que vive y se desarrolla cada sujeto social. Ese entramado es el soporte de la conformación y construcción de expectativas (Preciado, 1997). De esta forma, el individuo se apropia de los valores que son promovidos por el ambiente social y que son reproducidos en su vida diaria hasta permear sus concepciones sobre la familia, el matrimonio, la pareja, la sexualidad y también la profesión.
Luego, entonces, visualizarse como ingeniera no es muy común; todavía resulta extraño elegir una carrera de esta área. En el caso particular de la Facultad de Ingeniería Mecánica y Electrónica (fime), en 2012 se registraba una matrícula de 421 estudiantes, de los cuales solo 26 (6,17%) eran mujeres, mientras que en la Facultad de Ingeniería Civil (fic) solo había 59 mujeres, el 12,63% del total de 467 estudiantes.

La fic muestra una matrícula femenina un poco más alta que la fime, y el número de mujeres aumenta cada año; sin embargo, sigue predominando la matrícula masculina, es decir, en ninguna de las dos facultades se visualiza un crecimiento importante o un equilibrio en cuanto al género. Aquí se muestra un cuadro sobre el desarrollo histórico de la matrícula en esta facultad:


En el cuadro 4 se muestra la evolución de la matrícula de la Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (fime) entre 2005 y 2012, distribuida entre las tres carreras que ofrece la facultad. Como se puede apreciar, el número de alumnas en estas áreas es contrastante con el número de alumnos, y a partir del año 2006 el número de alumnas que ingresan a estas carreras va disminuyendo notablemente, mientras que el número de alumnos va en aumento.

Si bien los números muestran que existe participación de las mujeres en esta área, es importante conocer cuál es la experiencia de esas mujeres, cómo enfrentan el proceso de adaptación a la cultura de ingeniería, cómo socializan en un campo tradicionalmente masculino y cómo es el ambiente institucional de las ingenierías para ellas, así como sus estrategias para «navegar entre dos mares » .


Desentrañando la matriz de género en las experiencias

El marco de análisis de la matriz de dominación que propone Patricia Hill Collins (1990) es una herramienta potente para examinar la relación entretejida entre diversos ejes de diferencia social (raza, género, clase social), como así también explorar cómo estos ejes operan en la vida cotidiana de los sujetos a través sus biografías personales, el grupo o comunidad y en las instituciones sociales.

Hill Collins considera cada nivel como sitios dominación, pero también como sitios potenciales para la resistencia. Como ya mencionamos, organizamos nuestro análisis alrededor de estos tres niveles para complejizar las experiencias de las estudiantes en las dos facultades de ingenierías estudiadas. Intentamos identificar los mecanismos de opresión genérica y de qué manera las estudiantes navegan o resisten tales estructuras. Al nivel institucional habría que indagar más para identificar las formas de resistencia.

Biografías personales

El seno familiar es la primera instancia socializadora de los roles e identidades de género:

[…] es dentro de la familia donde se da la percepción inicial de todo conocimiento y la representación de la realidad, ya que una de sus funciones es socializar al individuo, prepararlo para una realidad que se encuentra atravesada por un conjunto de reglas consideradas como normales, de tal forma que, partiendo de las diferencias biológicas, se produce y se justifica entre los niños y niñas el aprender un modo desigual de relacionarse y de asumirse a sí mismos (Preciado, 1996, p. 5).

Por ende, es importante rescatar el entorno familiar de las estudiantes y su relación con sus identidades de género, y la elección del área de la ingeniería como opción profesional. Además, en el estudio de mujeres inscritas en programas de ingeniería en la Universidad Autónoma Metropolitana - Azcapotzalco (Razo, 2008), así como en el estudio sobre la construcción de la identidad de género en alumnas que estudian tres carreras de ingeniería en la Universidad de Colima -Agronomía, Minería y Oceánica- (Molina y otros, 2014), se encuentra que son fuertes la influencia y el vínculo afectivo paternos, tanto en la constitución de la identidad femenina -particularmente en el hecho de internalizar como parte de su identidad una capacidad para las matemáticas- como en la elección de una carrera no tradicional.

Las estudiantes analizadas de la fime y la fic, viven mayormente (66%) en familias nucleares tradicionales (madre, padre e hijos/as), mientras que el 22% vive solo con su mamá y el 12% restante, con sus hermanos/as o en casa de estudiantes. La mitad (52%) tiene hermanos y hermanas, un 28% tiene solo hermanos varones, el 14% tiene solo hermanas y el 6% son hijas únicas.

En cuanto a las ocupaciones de sus padres, en el 43% de los casos la mamá se dedica al hogar; un 16% son empleadas y solo un 10% son profesionistas; el resto tienen algún oficio o son comerciantes. En el caso de los papás se encontraron tres ingenieros civiles, un ingeniero en comunicaciones y otro en sistemas, además de un profesor de ingeniería, un profesor de secundaria y un pediatra. El 11% de ellos son profesionistas, y un 36% son empleados. En los casos de las alumnas que tienen padres profesionistas, e incluso ingenieros, se advierte una influencia importante sobre ellas. También mencionan la influencia de sus hermanos varones; como una de las entrevistadas dice claramente: «Mi hermano estudió esta carrera y me gustó lo que hace».

El ingreso mensual del 49% de las familias de las estudiantes de la muestra es bajo, entre $ 3.000 y $ 5.000; un 20% entre $ 5.000 y $ 8.000; el 11% entre $ 10.000 y $ 15.000; el 7% recibemásde $ 15.000 y el 13% no reporta el dato. Las estudiantes son económicamente dependientes de sus padres / madres y reconocen su importancia para el sustento de sus estudios.

Si bien hay una influencia importante por parte de la familia, encontramos otros factores que han influido en la decisión de las mujeres para estudiar una carrera en el área de las ingenierías (gráfico 1).


Las estudiantes de la muestra señalan, en general, que hay un gusto por la carrera, incluso desde que cursaban estudios en el nivel medio superior, tanto para quienes estuvieron en un plan relacionado con el campo como para quienes estudiaron un plan de estudios general. La elección de la carrera se liga a intereses personales, al desarrollo de nuevas tecnologías y creación de estructuras; les agradan las matemáticas y la física (se les da con facilidad); les parece que la carrera tiene un buen plan de estudios, y también porque implica un reto estudiar una ingeniería. Otras piensan que hay más campo laboral que en otras licenciaturas.

Es interesante notar que el 12% de las alumnas mencionaron su área de estudio como un reto, porque esto coincide con el hallazgo del estudio de Molina y otros (2014, p. 109), donde las alumnas se ven a sí mismas como «mujeres de reto» que «enfrentan obstáculos y construyen formas diferentes de ser mujeres e ingenieras. Además se conciben a sí mismas con una valoración positiva de ser mujer y como protagonistas de sus propias vidas e historias».

Contexto cultural en la facultad

Un importante cuerpo de estudios en relación con la inserción de mujeres en las ingenierías, como señala Stonyer (2002), es sobre «la cultura de ingeniería», ya que, como es un campo tradicionalmente masculino, la cultura disciplinar es patriarcal, orientada a los hombres y a los valores, normas y presupuestos masculinos, «no solamente al nivel de la interacción social y el discurso, sino al nivel más profundo de la generación y transmisión del conocimiento» (Stonyer, 2002, p. 392).

Entre los diferentes discursos que operan en esta construcción de la cultura masculina de ingeniería es el que inscribe «sobre la mujer» y que regula «las prácticas femeninas, entendidas como prácticas discursivas que implican interacciones comunicativas sociales y que a su vez, construyen relaciones de género e identidades propias de la institución donde se suscitan» (Gutiérrez y Duarte, 2011, p. 2). De esta manera, hay «una connotación masculina» en las representaciones de lo que debe ser «un ingeniero» (ibíd.), la cual crea un ambiente social permeado con violencia simbólica y discriminación hacia las mujeres (Molina y otros, 2014, p. 102).

La violencia simbólica y la discriminación se manifiesta en dos formas, según Molina y otros (2014): 1) «Se les invisibiliza negando su presencia», por ejemplo, al minimizar sus capacidades y habilidades lógico-matemáticas o rechazar diferentes formas de ser mujer, y 2) «Se les visibiliza silenciando», por ejemplo, interrumpiendo las participaciones de las mujeres en el aula, o al burlar sus intervenciones o preguntas, reforzando el estereotipo de «calladita te ves más bonita» (p. 105).

Dado este contexto preguntamos: ¿cómo las mujeres navegan la cultura masculina de ingeniería ? Diferentes estudios coinciden en sus hallazgos (por ejemplo , García y Gonzálezy González, 2014; Gutiérrez y Duarte, 2011, 2012; Molina y otros, 2014; Stonyer, 2002):
  • Las mujeres se posicionan como «uno de los hombres» («one of the guys ») para reducir la tensión con sus compañeros varones. Esto implica aguantar y hasta cierto punto participar en «la carilla» de bromas, albures y apodos, y recibir un trato pesado.
  •  «Hacerse ver » como una estudiante (no mujer) seria, dedicada; demostrar su inteligencia (García y GonzálezyGonzález, 2014) y no «provocar pasiones» (Molina y otros, 2014, p. 106). Aquí entra la idea de «navegar entre dos mares » , al comportarse según los códigos tradicionales de género (estar calladita, pasiva), pero a la vez exhibir una capacidad intelectual excepcional.
  • Justificar su interés en el área en términos tradicionales de género, especialmente enfatizando su interés en utilizar sus conocimientos y habilidades para «ayudar» la sociedad («help-mate»), ser buena compañera en equipos de trabajo, etcétera.
  • Construir una identidad propia como «mujeres de retos» (Molina y otros, 2014) o «chicas súper poderosas» («power-puff girls »,Stonyer, 2002), a través de una autoconfirmación como mujeres fuertes (mental y físicamente), poseer una inteligencia lógica matemática, ser creativas y ser líderes. En contraste a las otras maneras de navegar su entorno cultural patriarcal, se abre la posibilidad de resistir identidades dominantes para poder construir identidades alternativas (Stonyer, 2002, p. 396).
Nuestros hallazgos con la muestra de alumnas en la fime y la fic reflejan los resultados de estos estudios. En primer lugar, se reproduce la cultura de ingeniería masculina y la violencia simbólica a través del lenguaje. Casi la mitad de las mujeres respondieron que la mayor parte de los compañeros varones (46%) seguidos de los maestros varones (36%) hacen comentarios machistas. Aunque en un porcentaje mucho menor, también las alumnas reportan que sus maestras (7%) y compañeras (11%) hacen bromas y comentarios en sentido machista.

En segundo lugar, las alumnas reportan experimentar discriminación de género por parte de sus maestros varones al ser excluidas de las actividades que requieren de fuerza, y piden que algún caballero las ayude, como se puede apreciar en el siguiente testimonio:

Cuando tenemos que trabajar con circuitos, dicen los maestros «alguien que ayude a sus compañeras porque les va a dar miedo agarrar electricidad » (fime, estudiante de 21 años).

Por parte de sus compañeros, hay un cuestionamiento constante de su capacidad intelectual, pero ellas se cuidan para no hacer que los varones se sientan menos capaces que ellas, como señala una alumna de la fime de 22 años:

Algunos tratan de preguntarnos,más cómo para verqué tanto sabemos, o algunas veces nos explican como si no entendiéramos. […] Cuando yo sé más que ellos, les ayudo sin hacerlos sentir menos, porque sé que en otros semestres voy a necesitar que ellos me ayuden en una materia que se me dificulta.

En tercer lugar, aprenden a convertirse en «uno de los hombres» al adaptarse y aguantar sus pláticas y bromas para que no las molesten, como se puede apreciar en las palabras de dos alumnas:

Ellos hablan de las mujeres todo el tiempo y no les da pena porque ya me toman como si fuera uno de ellos, ya nos tratan como hombres (fic, estudiante de 19 años).

Me hacían enojar y hasta me sentir mal porque se llevaban muy pesado, diciendo «como eres mujer te regalan calificación » o «porque eres mujer no puedes hacer esto » , y lo dicen frente de ti y delante de todos. Antes cuando me decían algo les contestaba, pero como yo les contestaba, más lo hacían; y ahora pues ya no les digo nada porque así ya no me molestan tanto (fime, estudiante de 21 años).

Finalmente, podemos identificar elementos de una identidad femenina alterna en las mujeres ingenieras - «las mujeres de reto » - al poseer una claridad en el propósito de su formación, así visualizarse como jefas ya que ejercen su carrera, inclusive asumir que los hombres tendrán que ceder su lugar en el ámbito laboral, como se expresa una alumna de 21 años de la fime:

Debes tener decisión y ser dura para que vean que no porque seas mujer piensen que no puedes mandarlos, y además tienen que respetar el lugar donde estás.

Contexto institucional universitario

Actualmente en México hay un auge de investigaciones críticas sobre las instituciones de educación superior (ies) desde la perspectiva de género. El impulso para este tipo de investigaciones por supuesto se debe a varios factores, como la presencia de mujeres como estudiantes, profesoras e investigadoras, el activismo feminista académico y el establecimiento y crecimiento de programas y centros de estudios de la mujer o de género. De igual forma, es importante reconocer una serie de iniciativas y políticas educativas dirigidas a fomentar la equidad de género en la educación superior, como la Reunión Nacional de Universidades Públicas «Caminos para la equidad de género en las Instituciones de Educación Superior » (agosto 2009), y la incorporación en 2010 de un objetivo para fomentar la equidad de género entre personal académico y administrativo y estudiantes en las solicitudes del financiamiento federal a través del Programa Integral de Fortalecimiento Institucional (pifi).

Las directrices establecidas en la reunión nacional de 2009 incluyen la transversalización de la perspectiva de género en los planes y programas de estudio, en la investigación, vinculación, extensión de la cultura y en publicaciones. Una línea de investigación importante que ha emergido es la realización de diagnósticos o radiografías de las mujeres y hombres en las ies, el clima institucional de género y la violencia de género.

Los diferentes estudios que han salido (por ejemplo, Buquet y otros, 2013; Chávez y otros, 2009; Martínez, 2008; Palomar, 2011) nos llevan a reflexionar sobre los orígenes de las ies en el país y la exclusión histórica de las mujeres de ellas, y, por consiguiente, la caracterización de las ies en México como instituciones patriarcales, masculinizadas, en donde las mujeres son vistas como «intrusas» (Buquet y otros, 2013).

Se puede describir el clima institucional de la Universidad de Colima, el contexto de nuestro estudio, como «un clima frío» ( «chilly climate » ) hacia las mujeres, a pesar de ciertos logros al interior de la institución en materia de género, como la existencia desde 1994 del Centro Universitario de Estudios de Género (cueg) y la conformación de un cuerpo académico dedicado al estudio histórico y de género en educación desde 2005, ubicado en la Facultad de Pedagogía.

Debido al ímpetu internacional y nacional para transversalizar la perspectiva de género en las ies, se reproduce un discurso institucional a favor de la equidad de género, pero las prácticas culturales exponen una desigualdad entre hombres y mujeres. Por ejemplo, no hay paridad de género en los puestos directivos; una mujer nunca ha podido llegar a ser rectora y la Federación de Estudiantes Universitarias ha tenido una sola presidenta a lo largo de sus 60 años de historia. Además de estas visibles situaciones de desigualdad, hay prácticas culturales más sutiles que se pueden observar en la vida cotidiana de la institución, como la falta de uso de un lenguaje incluyente por parte de autoridades y docentes, tanto hablado como en documentos oficiales; el cuestionamiento y/o los comentarios peyorativos sobre los estudios feministas y de género; los comentarios y bromas sexistas, y las situaciones de hostigamiento sexual, entre otras.

El Nuevo Modelo Educativo presentado en el marco del Plan Institucional de Desarrollo 2014-2017 de la Universidad de Colima impulsa a los y las integrantes de la comunidad universitaria a guiar sus acciones a partir de valores y actitudes como la libertad, la responsabilidad, el respeto, la equidad, un espíritu de cooperación, el espíritu humanista, el espíritu democrático, la tolerancia, la honestidad y la ética (pp. 17-18). Sin embargo, no existe en el modelo educativo una referencia específica en relación con la equidad de género o la igualdad entre hombres y mujeres en el espacio universitario. Tampoco hay en la universidad una comisión o dependencia dedicada a la prevención y atención de casos de discriminación de género, el hostigamiento sexual, etcétera.

Así, las estudiantes en el área de las ingenierías, además de navegar un clima frío dentro de la cultura de ingeniería masculina en sus facultades, también tienen que navegar un clima institucional desigual de género.

Anotaciones finales

En este ensayo hemos intentado vislumbrar algunas dimensiones de los códigos de género, o bien, el sistema de opresión / resistencia de género presente en la cultura de ingeniería. Uno de los aportes del análisis presentado es la profundización de cómo el sistema sexo / género opera en tres niveles de la vida cotidiana de alumnas (biografías personales, contexto cultural de las facultades y contexto institucional universitaria).

Desde una mirada feminista que concibe a las mujeres como sujetos sociales activos, esbozamos algunos modos en que ellas navegan dentro de una cultura de ingeniería masculina.

Del nivel de sus biografías personales determinamos una ruptura en los roles tradicionales de género dentro de la familia, pues, a través de una identificación importante con sus padres y hermanos varones, algunas mujeres de la muestra están expuestas al campo de la ingeniería desde una edad temprana, lo cual sirve como un factor de motivación para su decisión de elegir esta opción para su educación profesional. De igual manera, algunas mujeres reportan un fuerte interés propio para las matemáticas que rompe con la idea tradicional de que las mujeres no tienen un gusto para el pensamiento lógico matemático.

Dentro del contexto cultural de las facultades vemos que las mujeres «navegan entre dos mares». Por un lado, se posicionan como «uno de los hombres» para manejar la violencia simbólica impuesta sobre ellas por parte de sus compañeros y docentes. Por otro lado, las mujeres empiezan a construir identidades femeninas alternas como «mujeres de reto», mujeres inteligentes y capaces con una proyección de su futuro como jefas exitosas en su campo laboral. Nuestros datos no nos permitieron identificar formas de resistencia al nivel institucional de la universidad, lo que queda como tarea de investigación pendiente.

Cerramos con tres reflexiones que nuestro estudio nos deja. Primero, es crucial fomentar las iniciativas de coeducación y la educación en igualdad de género en todos los niveles educativos. Si bien la Secretaría de Educación Pública en México ha incorporado una Dirección General Adjunta de Igualdad de Género ,aún falta lograr capacitacióndocente compulsoria enla materia. Es particularmente importante capacitar a docentes con estrategias específicas para promover la participación de niñas y mujeres adolescentes en áreas no tradicionales como las matemáticas, puesto que nuestros datos señalan el hecho de que hay niñas y mujeres con un interés propio que debe ser explotado en cada nivel escolar.

Otra reflexión surge en relación a las nuevas identidades femeninas que parecen estar emergiendo en las jóvenes universitarias. Sería pertinente que los programas y centros de género en las ies vinculen con ellas, especialmente las que están en carreras masculinizadas, para apoyarlas y validar sus experiencias e identidades, pero también para crear programas de aconsejar, guiar y orientar las jóvenes en el nivel media superior.

Por último, la tercera reflexión es para las ies y la necesidad para todos los y las actores en el espacio universitario de adoptar una mirada crítica y propositiva sobre sí misma en relación a los códigos de género. Como menciona Marisa Belausteguigoitia (2013), una visión crítica de género en la universidad puede enriquecer la vocación democrática de la institución; si no, continuamos reproduciendo desigualdades entre mujeres y hombres. En este sentido las ies, como mencionan García y González y González (2014, p. 1058), tienen la responsabilidad de ser proactivas y creativas en desarrollar estrategias que ayuden a profesores y profesoras en el área de la ingeniería a crear un ambiente que propicie el desempeño exitoso de las mujeres.

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LOS CÓDIGOS DE GÉNERO EN LA UNIVERSIDAD

* Catedrática de Teoría e Historia de la Educación, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad de Granada, España.

Síntesis: En este artículo se presenta una reflexión sobre cómo están actuando los códigos de género en la institución universitaria española y de qué modo siguen marcando las relaciones de poder a través de la pervivencia cultural androcéntrica que reacciona a la crítica feminista y contribuye a la naturalización de las desigualdades de género y de las relaciones de dominación. La universidad todavía se muestra como un ámbito privilegiado de reproducción de la sociedad patriarcal en la que está inmersa, a pesar de las transformaciones democráticas de su vieja estructura; y los códigos sociales de género, aunque se trasforman, cobran nuevos significados para seguir manteniendo la estructura de privilegios masculinos. Aspectos como la medida de la excelencia, la violencia cotidiana y la complicidad colectiva que completan esta reflexión inconclusa, apuntan a cómo las mujeres han ocupado cada vez más espacio en la universidad, pero aún no la habitan.

Palabras clave: género | universidad | feminismo | poder.

Códigos de gênero na universidade

Síntese:  Neste artigo apresenta-se uma reflexão sobre o modo de atuação dos códigos de gênero na instituição universitária espanhola e de que forma eles ainda definem as relações de poder nessa instituição, através da predominância da cultura androcêntrica, que reage à crítica feminista, contribuindo assim à naturalização das desigualdades de gênero e das relações de dominação. A universidade segue mostrando-se como um espaço privilegiado de reprodução da sociedade patriarcal na qual está imersa, apesar das transformações democráticas de sua velha estrutura e dos códigos sociais de gênero, que se transformam e adquirem novos significados, mas continuam mantendo a estrutura de privilégios masculinos. Aspectos como a medida da excelência, a violência cotidiana e a cumplicidade coletiva que completam esta breve reflexão, apontam que, embora, cada vez mais, as mulheres venham ocupando espaço na universidade, ainda não a habitam.

Palavras-chave: gênero | universidade | feminismo | poder.

Gender codes in university

Abstract: This article shows a reflection on how gender codes are performing in the Spanish university and how they continue to set the power relations through the androcentric cultural survival that reacts to the feminist critique and contributes to the naturalization of gender inequalities and relations of domination. The university still is shown as a privileged field of reproduction of the patriarchal society in which it is embedded, despite the democratic transformation of its old structure; and social codes of gender, even they are transformed, they charged new meanings to continue to maintain the structure of male privilege

Issues such as measure of excellence, daily violence and collective complicity complete this unfinished reflection point to how women have occupied more and more space at the university, but not yet inhabited.

Keywords: gender | university | feminism | power.

La Universidad: políticas de dominación de una institución patriarcal

La universidad es considerada como el espacio donde se crea la ciencia, el lugar de la reflexión y la sabiduría, de la creatividad, habitada por intelectuales cuyos descubrimientos, opinión y magisterio deben hacer avanzar a la sociedad a unas mayores cotas de felicidad y bienestar. En este marco, ha reproducido y reproduce, aunque con mediaciones particulares, las condiciones de la sociedad patriarcal en la que está inmersa (Martínez y Ballarín, 2005).

En las últimasdécadas son muchos los trabajos que han mostrado cómo el saber y el poder circulan en la universidad íntimamente unidos, aunque no siempre de la mano. Los códigos sociales de género en este espacio, aunque se trasforman y cobran nuevos significados, mantienen la estructura de privilegios masculinos que desde su origen caracteriza a la institución universitaria. Nos ocuparemos aquí de revisar cómo están actuando algunos de esos códigos de género en nuestra universidad y de qué modo siguen marcando las relaciones de poder en ella. Hablar de «enseñanza universitaria » es hablar de poder, tanto en el seno del profesorado como entre profesorado y alumnado.

Pese a que cada vez son más numerosas las voces que anuncian que la transformación democrática de la universidad está cambiando sus estructuras feudales, no son menos las que mantienen –en su mayoría de mujeres– que la vieja estructura universitaria se resiste cuando las mujeres empujan.

Aunque las resistencias más visibles afloran en los números, las más potentes, las invisibles, se vinculan con el dominio del saber y la autoridad que se les reconoce o se les niega. La creciente presencia de estudiantes universitarias, que superan en su conjunto a los estudiantes varones 1 (mecd, 2015), se va aceptando como algo natural. El esfuerzo y persistencia, más que su inteligencia demostrada doblemente desde sus inicios como estudiantes a finales del siglo xix, les ha reportado ocupar las aulas, pero en menor número las palestras y cátedras 2 (mecd, 2015). Se produce así una injustificada anomalía, a medida que crece el capital humano femenino, como señala la profesora García de León (2011).

Aunque evidentemente los números importan, no hablan de cómo se ejerce el poder informal, oculto, que mantiene y produce desequilibrios sin cuestionarlos y a ese queremos enfocar.

El minoritario pero creciente número de profesoras, en su mayoría en las escalas más bajas, no se problematiza cuando se integran en equipos docentes y de investigación ya creados, dirigidos por profesores y orientados por sus intereses profesionales; pero se percibe problemático cualquier número, por escaso que sea, de aquellas profesoras que traspasan los códigos ocultos, tejidos por redes de varones durante siglos, en los que anidan los prejuicios, que se activan con la misma naturalidad como seguramente lo hicieron en el mundo medieval.

El androcentrismo cultural y simbólico

La ausencia histórica de las mujeres de los centros de producción del conocimiento ha tenido una doble consecuencia: por un lado, su experiencia no forma parte del conocimiento construido, y por otro, los mecanismos sobre los que este se ha desarrollado impiden considerar su contribución sin una previa deconstrucción del primero. La contradicción entre el papel central y activo de las mujeres en el desarrollo de la sociedad y de la historia, y su marginalidad en el proceso de categorización intelectual y de creación simbólica, se ha convertido hoy en una fuerza dinámica que lleva a las mujeres a luchar desde la academia contra esta situación.

Así, hace décadas emergía el feminismo académico en las universidades españolas (Ballarín, Gallego y Martínez, 1995), que viene representando el compromiso colectivo con la trasformación de un conocimiento académico sesgado. Se ponía en cuestión la neutralidad de la ciencia, de ese saber, reflejo del pensamiento dominante, masculino, jerarquizante en sus análisis, que reproducía un mundo marcado por códigos de género. La ciencia se denunciaba como androcéntrica y se llamaba la atención sobre la sexuación de unos saberes que se presentaban como universales. Este movimiento, con denominaciones diversas,másconocido comode estudios de las mujeres, feministas y de género, evidentemente no se originaba en la comunidad académica sino en el movimiento feminista y sus siglos de lucha.

No pretendemos hacernos eco aquí de todo el cuestionamiento epistemológico del feminismo académico (Fox Keller, 1991; Harding, 1996), pero sirva destacar que hoy sus resultados llenan ya muchas estanterías. Puede afirmarse que el feminismo ha creado y teorizado un número significativo de categorías de análisis, sin perder de vista los movimientos de mujeres, es decir, sin perder de vista la práctica política; porque se trata de instrumentos de análisis y de creación de saber de las mujeres, y no sobre las mujeres. Estas categorías de análisis son, como señala Milagros Rivera, códigos culturales con que dar a la relación con una misma, con el presente y con el pasado, con la experiencia histórica de quienes han vivido antes que nosotras, un sentido; y, sobre todo, con las que formular e idear un mundo a partir también de las mujeres; un mundo en que lo universal sea fruto de una relación entre individuos mujeres y hombres.

La crítica feminista ha actuado en casi todos los ámbitos aportando nuevos conocimientos; y, aunque el proceso ha sido lento, ha permeado especialmente en algunos campos de investigación que se han hecho eco de la aportación feminista en sus foros y revistas. Sin embargo, esto no ocurrió en el grado que nos puede hacer pensar la gran emergencia de trabajos e investigaciones sobre las mujeres en estos momentos. Pues si bien se ha conseguido despertar el interés por los temas sobre las mujeres, favorecido por una demanda social emergente, investigar o hablar sobre las mujeres no necesariamente tiene que ver con el compromiso con una ciencia no androcéntrica y sí con esa cortina de humo que sirve a la ocultación del feminismo.

Tal vez no sea necesario advertir que esta aportación teórica ha sido fundamento para las medidas políticas adoptadas en materia de igualdad (Ley Orgánica 1/2004; Ley Orgánica 3/2007). En la actualidad, las universidades cuentan también con una normativa (Ley Orgánica 4/2007) que les implica en el desarrollo de políticas específicas para reducir la discriminación, potenciar la participación y aprovechar el potencial intelectual de las mujeres. Pero las políticas universitarias, en este sentido, se están desarrollando de forma muy desigual, trampeando en algunos casos la presencia equilibrada de hombres y mujeres en los distintos ámbitos que la ley establece.

Aunque en casi todas las universidades se han creado unidades u oficinas de igualdad, su orientación ha dependido de la voluntad política de quienes gobiernan, convirtiéndose en muchos casos en «escaparates» con escasa proyección y actividad. No obstante, las profesoras crecen en los órganos de gobierno al tiempo que se comienza a dibujar una nueva división sexual en los cargos, reservándose los profesores aquellos que les garanticen el control del poder.

Este marco legal no ha impedido que el conocimiento sexuado reconocido como universal se presente como renovado, aparentando inclusión para seguir excluyendo.

Por un lado, el lenguaje parece cambiar manteniendo su uso sexista. Nos hemos ya habituado a ver y leer discursos en los que se habla de femenino / masculino u hombres / mujeres de forma errática, sin considerar que las mujeres están ausentes de lo que se afirma, o donde tras el desdoble no aparecen observaciones diversificadas.

Por otro lado, los conceptos surgidos de la crítica feminista se van vaciando y cargando de sentido reactivo. El concepto «género» definido como la construcción social y cultural de la diferencia de sexo -instrumento de trabajo fundamental en la investigación feminista, una y otra vez matizado, ampliado o cuestionado por los lingüistas- ha penetrado en las investigaciones históricas, sociológicas, etc., y hasta en la propia práctica política cotidiana. Pero, al mismo tiempo, en el mundo académico se ha convertido también en una muletilla objeto de mal uso y abuso, y paraguas de oportunistas. Así, a cualquier línea de investigación, cualquier proyecto o trabajo, se le añade la idea de «género » , con lo que queda investido de modernidad. Se utiliza como sinónimo de «mujeres » o en lugar de «sexo » , como indeterminado objeto de trabajo, o simplemente como editorial. Al mismo tiempo, la mayor visibilidad de las mujeres ha alimentado que se instale una falsa imagen de igualdad que lleva a muchos a creer que mujeres y hombres ya no son dispares. La igualdad se da por conseguida y la discriminación de las mujeres ya no sería de origen patriarcal sino una más de todas las que se producen entre las personas.

En la docencia universitaria, la trasmisión androcéntrica se camufla. Se piensa que «como todos y todas somos iguales, todos y todas por igual podemos abordar cuestiones relacionadas con las mujeres o el género», sin considerar que ese abordaje exige un bagaje de conocimientos en los que la mayoría del profesorado no se ha formado. Pero, al considerarse una cuestión social, de conciencia y no de ciencia, cualquiera puede opinar. Este tipo de conciencia -sin ciencia- se presume que emergerá en la actividad docente de forma espontánea y permitirá desarrollar una sensibilidad hacia cuestiones sociales, alejadas y disociadas de la razón científica que fundamenta los conocimientos profesionales. Estas ideas son la base de la «transversalidad » que defiende el profesorado, fundada en la defensa de que «todos podemos opinar » porque «todos y todas somos iguales » , una afirmación inaceptable en cualquier ámbito científico, y que se esgrime de forma perversa ante un conocimiento, desconocido, que se prejuzga impertinente, subvirtiendo la idea de igualdad, clave en sus fundamentos (Ballarín, 2013). Así, cuando el alumnado dice haber recibido información en cuestiones de género en una proporción mucho más elevada de la que los programas detectan, en muchos casos las explicaciones que dicen haber recibido naturalizan las diferencias y refuerzan estereotipos de género (Ballaríny otros, 2009).

En definitiva, a pesar de los cambios, la estructura interna universitaria y el orden creado a lo largo de los siglos, regidos por un pensamiento y unas prácticas de carácter patriarcal, con unos mecanismos y símbolos precisos para su reproducción, mantiene su esencia. Cruzar el «laberinto de cristal» universitario, superar sus barreras, sigue siendo una difícil tarea, pues si no es fácil romper el dominio masculino sobre la teoría,másdifícil aun es modificar el que se ejerce sobre las prácticas y formas de relación, porque es justamente sobre ese entramado de relaciones masculinas donde se sostiene el poder que legitima la teoría. A algunas de estas barreras nos referiremos a continuación.

Reacción al conocimiento crítico producido desde el feminismo

La crítica feminista de la ciencia como producto de un conocimiento sesgado se ha significado como motor de avance. Algunas de las leyes aprobadas por los últimos gobiernos socialistas, y en especial la dirigida a promover la igualdad efectiva de hombres y mujeres (Ley Orgánica 3/2007), han reconocido el valor del conocimiento crítico generado por el feminismo académico, instando a la educación para la igualdad en todas las etapas educativas y, en concreto, al fomento de la docencia e investigación en el ámbito universitario (Ley Orgánica 3/2007, art. 25).

[...] cada vez que en la historia se ha constituido un nuevo grupo o clase ascendente, ha aparecido una conciencia emergente desde cuya perspectiva se han redefinido lo que hasta entonces eran las formas del saber dadas por buenas y evidentes, y desde cuyos intereses se han solicitado interpretaciones diferentes, complementarias y/o alternativas a aquellas a las que acríticamente se otorgaba vigencia (Amorós, 1989).

Sin embargo, las dificultades de la academia para reconocer la sexuación del conocimiento, tanto por parte del sujeto como del objeto, han sido constantes. Esta cerrazón a la participación en la construcción de otro conocimiento común universal parece lejos de esa perspectiva crítica necesaria para hacer avanzar el conocimiento de la que la universidad hace gala. ¿Por qué tantas resistencias?

En entrevistas realizadas al profesorado (Ballaríny otros, 2009) observamos resistencias a todo lo que se califique de feminismo, sobre todo por parte de los profesores. En las profesoras, esta resistencia aparece en menor grado, pero aunque algunas reconocen su aportación al conocimiento, huyen del calificativo de feministas porque «está mal visto», creen que las encasilla y las limita; y también por animadversiones personales que no son ajenas a los prejuicios. Paradójicamente, no faltan quienes quieren hacer suyo el nombre, vaciándolo de contenido político 3.

El conocimiento producido desde el feminismo hacia los distintos ámbitos es desconocido por buena parte del profesorado. Así, por no conocerlo, lo consideran irrelevante. La resistencia a valorarlo o interesarse en élproviene de dos cuestiones: a) no lo consideran objetivo, y b) opinan que se trata de una producción de autoría feminizada. De esto se deriva que los conocimientos surgidos del feminismo sean considerados productosmásideológicos, de carácter social, pero no científicos.

Esta desconsideración de buena parte del profesorado alcanza al alumnado, que opina así de la información recibida en algunas asignaturas: «La información recibida no es objetiva» (mujer, Pedagogía). «Generalmentese trata de profesoras comprometidas con la lucha por la igualdad de género, que hacen sus comentarios y expresan sus ideas» (varón, Educación Primaria). «No considero que ningúnextremo sea positivo; ni el machismo ni el feminismo es bueno. Hay que educar desde la igualdad, no en posiciones extremas » (mujer, Educación Primaria).

Estos son ejemplos de cómo la información recibida sobre cuestiones relacionadas con las mujeres, feminismo o género no se considera en el marco de la «objetividad» científica ni se recibe como contenidos rigurosos, sino como fruto de opiniones o ideas personales a la que los alumnos pueden «resistirse» porque son cuestiones de «opinión».

Estas creencias llevan al profesorado, tanto a varones como a mujeres, a mostrarse contrarios a introducir en los planes de estudio materias específicas relacionadas con género, mujeres o feminismo. Podría decirse que buena parte del profesorado está instalado en una actitud de resistencia al cambio, a lo nuevo, a romper rutinas y a plantear controversias,mássi cabe a considerar la necesidad de corregir el conocimiento androcéntrico .

La posición bastante generalizada en la academia frente al feminismo no es ajena a los cambios que se vienen produciendo en la vida de las mujeres y su incorporación creciente a todos los ámbitos de la vida social, política, etc., y que hace pensar a muchos que la igualdad es un hecho. «Como ya es un hecho -se piensa- no debe avanzar más » . La creciente emancipación de las mujeres pone en crisis la familia patriarcal y las convierte en culpables de todo lo relacionado con sus conquistas sociales: tienen la culpa de las separaciones y divorcios, de la baja natalidad, de la mala educación de los hijos, de no atenderlos por trabajar fuera de casa, del paro, etc. En definitiva, son responsables del malestar de los hombres, que ven perder sus privilegios, porque la mayor formación y las aspiraciones profesionales de las mujeres son percibidas como una amenaza. El rechazo se centra, en definitiva, en el feminismo como «pervertidor de la mente» (Herranz, 2006), lo que se refuerza a través de una táctica de desprestigio que le acompaña históricamente cada vez que se produce alguna conquista de las mujeres. En estos momentos, la reacción patriarcal ya se venía anunciando (Cobo, 2011).

Naturalización de las desigualdades y de las relaciones de dominación

La universidad no se percibe como una institución que discrimina; por el contrario, se la considera un espacio de igualdad. Los rasgos de la desigualdad se han presentado en muchos estudios a lo largo de las últimas décadas. Las aportaciones a las XV Jornadas de Investigación Interdisciplinaria del Instituto Universitario de Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid (Maquieira y otros, 2005) nos permiten apreciar, tras dos lustros, la vigencia de sus constataciones en diversas universidades, a través de los siguientes aspectos:

La feminización en el número de alumnas se distribuye de forma desigual en unas u otras titulaciones, teniendo mayor presencia en las que se dirigen a ámbitos profesionales de menor prestigio.
Se observa un desequilibrio entre el número de alumnas que terminan sus estudios y las que acceden como profesoras.
Es observable una segregación horizontal (distribución por centros y áreas de conocimiento) y vertical (desigualdad entre hombres y mujeres en categorías docentes) entre las profesoras.
La presencia de las profesoras crece en los cargos de gobierno de menor rango, mientras se reorganizan los de mayor rango para seguir manteniendo el control.
La presencia de mujeres como investigadoras principales (ip) en proyectos de investigación sigue siendo muy inferior a la de los varones. A pesar de haberse tomado algunas medidas para potenciarlas, son solo el 29,8%, según datos del curso 2012-2013 (mecd, 2015).
La docencia, en la mayoría de las disciplinas universitarias, mantiene los supuestos teóricos y metodológicos androcéntricos, ignorando los conocimientos aportados desde el feminismo y los análisis de género.
La ausencia en los programas docentes de los conocimientos aportados por la investigación feminista y de género, que presente y reflexione sobre las desigualdades próximas y las relaciones de dominación que implican, no solo está dificultando en el alumnado universitario la comprensión de una realidad marcada por la discriminación, a pesar del progreso de la igualdad, sino que, por omisión, contribuye a la naturalización de las diferencias construidas y a la reproducción de códigos de género (Ballarín y otros, 2009).

Como señala Claude Zaiman (2006), los y las jóvenes acceden a nuestras universidades con ciertas ideas construidas desde su experiencia sobre nociones y estereotipos, sobre mujeres, hombres, sus diferencias físicas y psicológicas, etc.; pero sus experiencias se producen en un contexto histórico y político determinado; y este contexto, en el que la igualdad formal es un hecho, les lleva a considerar este logro como cualquier otro cambio en las formas de dominación y explotación no vivenciadas, y a considerar con cierto determinismo los avances y asignarlos a razones como un «cambio de mentalidad » o «avances de la sociedad», como hemos observado en nuestra investigación.

Las estudiantes, en tanto, se consideran iguales a sus colegas varones. Son muchos los discursos públicos que de múltiples formas alimentan al estudiantado y que les resultan difíciles de ordenar fuera de toda reflexión feminista o crítica. Los medios de comunicación ofrecen una idea de confort y consumismo sexista de las mujeres en países desarrollados, en contraposición a las mujeres musulmanas o de países en desarrollo; situaciones de violencia de género, que llevan a minimizar los micromachismos; el control del cuerpo de las mujeres, que no deja ver la tiranía de la moda que ellas soportan, y otros tantos discursos pseudocientíficos que realimentan la diferenciación de los sexos con claros sesgos genetistas.

El efecto de este tipo de lecturas ha llevado a la construcción de un universo de confusión acrítica, donde los procesos de mundialización han tenido efectos que se deben considerar, ya que han inducido a pensar en la desigualdad como algo lejano, propio de otras culturas en las que se producen formas de explotación superpuestas y, por contraste, a minimizar la desigualdad en el entorno más próximo, lo que contribuye a estigmatizar el creciente interés político en el desarrollo de la igualdad.

Numerosos estudiantes de nuestra investigación del último curso de la carrera 4 (Ballarín y otros, 2009) sitúan sus fuentes de información en páginas web, folletos o revistas de sindicatos y periódicos; en definitiva, internet, literatura gris y «recortes» para discutir en clase. Sirvan como ejemplos algunas de sus afirmaciones: «En algún momento, hace muchos años, leí algo referente a la historia del feminismo en webs, en artículos de la revista de la asociación colega, en algún panfleto del sindicato cnt … pero sobre todo en páginas web» (varón, Psicología). «He leído bastante información por internet, pero nunca he leído un libro de estas características» (varón, Educación Primaria). Una estudiante dice haber leído algún libro «quetrataba sobre las mujeres musulmanas y la discriminación de los hombres hacia ellas» (mujer, Psicología).

Sin embargo, afirmaban haber recibido información sobre cuestiones de género en el aula en una proporción mucho más elevada de la que muestran los programas de las asignaturas (Ballarín y otros, 2009). Las respuestas que ofrecen sobre el tipo de información recibida remiten a discursos que realimentan la diferenciación de los sexos con claros sesgos genetistas. Seleccionamos algunos ejemplos: « […] que ellas tienen más habilidad para letras y ellos para mate » (varón, Derecho). «Diferencias de género debidas a la personalidad» (mujer, Psicología). «La actividad y tipo de hormonas que tiene cada sexo» (mujer, Psicología). «Diferencias cerebrales entre ambos» (varón, Psicología). «La rivalidad machismo-feminismo» (varón, Pedagogía). «Lo que nos han explicado son las diferentes desigualdades en la estructura corporal, que nos dan diferentes cualidades, como fuerza, áreas cerebrales más desarrolladas…), pero en cuanto a diferencias sociales no hemos dado nada » (mujer, Medicina).

Pero cuando los y las estudiantes son interpelados sobre si consideran necesario que en el currículo de su licenciatura se incluyan análisis de género, así como todas aquellas cuestiones que ayuden a comprender la construcción social de las diferencias entre varones y mujeres, su respuesta es mayoritariamente positiva.

La voz del alumnado es elocuente de lo que pasa en el aula. Destacan, en primer lugar, la poca relevancia científica que otorga el profesorado a las cuestiones relacionadas con las mujeres o el género, y que se muestra también cuando alegan lo «apretados» que ya están los programas, la falta de tiempo, etcétera.

La desinformación y el desinterés del profesorado es también un motivo muy considerado por el alumnado de las diferentes titulaciones, así como el rechazo por resistencias a lo nuevo, a los cambios. Especial interés nos merece la consideración por parte del alumnado de que tanto profesores como profesoras omiten plantear cuestiones de género para evitar el conflicto, que refuerza la consideración de escasa «objetividad» que se prejuzga a los temas de género y que, por tratarse de cuestiones de «opinión», sin más, piensan que favorecen el debate, el que es valorado como conflictivo.

La excelencia como excusa

La universidad se percibe como una institución igualitaria porque se apoya en la meritocracia. Pero la meritocracia no es tan justa como solemos pensar (Dubet, 2005). Permitir que todos y todas participen de la misma institución sin distinción de clase, raza o género, convierte a todos y todas en iguales como principio, a diferencia de lo que ocurre en las universidades reservadas a una elite. Esto que parece justo -y probablemente sea lo más justo posible- crea sus propias desigualdades al jerarquizar en función del mérito, del éxito académico medido a través de la producción investigadora. Y estas desigualdades producidas en aplicación de un principio que aceptamos como justo dificultan la percepción de las diferencias en los patrones que rigen en la academia la carrera profesional de hombres y mujeres.

Es por esto que, para las profesoras universitarias consideradas una elite privilegiada en el conjunto del mercado laboral de las mujeres, los méritos son necesarios pero no suficientes. Siguen funcionando toda una serie de mecanismos que limitan sus carreras académicas. Entre los más sobresalientes que han caracterizado las carreras de éxito destacan:

Pertenecer a una escuela, grupo o red bien situado, con capacidades, conexiones y recursos.
Planificar la carrera docente con objetivos claros, que facilite la entrada, en calidad de iguales, en los grupos que tienen posibilidades de repartir y, por tanto, de crear relaciones de dependencia.
Controlar equipos de investigadores e investigadoras, doctorandos, ayudantes, etc., cuyos trabajos son finalmente rentabilizados por la persona reconocida, en esa relación de dependencia de la que la persona meritoria espera obtener beneficios posteriores.
Total liberación de cargas familiares, incluso el apoyo de los miembros femeninos de la familia, como servicio doméstico, secretarias, apoyo intelectual, afectividad, etc. ( «Las dos instituciones devoradoras son la universidad y la familia « [Martínez y Ballarín, 2005]).
Algo ha cambiado con el crecimiento de parejas profesionales que establecen relaciones más igualitarias y negocian tiempos y responsabilidades –que no son las más-. En estos casos, si bien suponen un paso importante para la corrección del modelo tradicional, las carreras de ambos miembros de la pareja se resienten a falta de esa «cola de cometa» que marca la vida de las mujeres que impulsan la carrera de sus parejas. Pero el denominado modelo tradicional ya ha marcado los estándares.

En definitiva, las profesoras, en la mayoría de los casos, aun contando con excelentes conocimientos dentro de su campo científico, siguen ajenas a los mecanismos que les impiden el control de su éxito profesional. Para situarse en igualdad con el resto del grupo, las profesoras se ven exigidas a un sobreaprendizaje de la cultura masculina que rige la institución.

Los hombres, por su parte, hacen del trabajo un espacio para la lucha simbólica. Dedican mucho tiempo a establecer vínculos en «reuniones interminables que ellas no quieren o no pueden permitirse, y en las que subyace no la eficacia, sino la lucha simbólica por el poder» (Pérez Fuentes y Andino, 2005). Es difícil que las mujeres se acojan a estas prácticas a la vista de los resultados del uso de ese poder.

La Ley de Universidades (Ley Orgánica 4/2007), haciéndose eco de la Ley para promover la igualdad efectiva de mujeres y hombres (Ley Orgánica 3/2007), establecía la necesidad de considerar la representación equilibrada entre mujeres y hombres en los grupos de investigación y en las comisiones de evaluación y selección de personal docente e investigador. Este ha sido un paso importante, sin duda, para incrementar la presencia de las mujeres en algunos espacios, pero no se corrigen las limitaciones anteriormente señaladas, ya que la denominada «representación equilibrada» cuenta con barreras invisibles, constituidas por todos aquellos criterios previos que determinan los perfiles de excelencia para formar parte de la «representación» en la que los profesores ya están mejor situados.

Aplicar la paridad en un ámbito regido por la «excelencia» tiene especiales dificultades, ya que si en la política es suficiente apoyarse en la categoría de ciudadanas con plenos derechos para reivindicar la paridad, en la universidad el criterio de autoridad científica, de excelencia, es el que supuestamente prima. Estar ahí no es un derecho, sino que es, supuestamente, un reconocimiento (Martínez y Ballarín; 2005).

Cruzar el «laberinto de cristal» sigue sin ser tarea fácil, pues si difícil es romper el dominio masculino sobre la teoría, mas difícil aun es modificar el dominio que los varones ejercen sobre las prácticas y formas de relación, y que es, justamente, el entramado de relaciones masculinas sobre el que se sostiene el poder que legitima la teoría. Estar en la universidad no es un derecho, es un reconocimiento; y obtener ese reconocimiento requiere la revisión de las medidas de valía y excelencia definidas por los varones para medirse entre sí.

 La violencia de género cotidiana

La violencia de género, el síntoma más grave del patriarcado vigente, entró en el debate social y la agenda política en el último gobierno socialista, que aprobó una ley específica para frenar esta lacra social (Ley Orgánica 1/2004). Sin embargo, en la universidad -a pesar de ser la cuestión que se presenta como centro de atención principal cuando en la docencia algún profesor o profesora se refiere a alguna cuestión de género o sobre las mujeres- solo se abren los ojos al exterior de las aulas, manteniéndose ceguera a la violencia de género que se produce internamente.

Los estudios sobre violencia de género en la universidad han sido escasos hasta hace poco tiempo. Las investigaciones que se iniciaron en ee.uu. hace más de veinte años, se produjeron en Europa con un importante retraso, y solo en algunos países. En España han comenzado muy recientemente (Valls y Flecha, 2007). La investigación dirigida por la profesora Valls (2009) llama la atención sobre el bajo reconocimiento de la violencia de género por parte de los estudiantes encuestados, especialmente de aquellas situaciones que no implican violencia física. Las situaciones de dominación, violencia psicológica, acoso, etc., no son reconocidas como violencia de género por un porcentaje significativo de personas. Sin embargo, un 65% de las personas encuestadas (estudiantado, profesorado, personal de Administración y Servicios, personal de servicio de limpieza) reconocían haber sufrido alguna situación.

Agresiones físicas; violencia psicológica; agresiones sexuales; presiones para mantener relaciones afectivo-sexuales; recibir besos o caricias sin consentimiento; sentir incomodidad o miedos por comentarios, miradas, correos electrónicos, notas, llamadas telefónicas o por haber sido perseguido/a o vigilado/a; rumores sobre vida sexual; comentarios sexistas sobre la capacidad intelectual de las mujeres o su papel en la sociedad o comentarios con connotaciones sexuales que las degradan o las humillan (Valls, 2009).

La no consideración como violencia de género de conductas que suponen un ejercicio de poder y dominación de los hombres hacia las mujeres tiene presencia en todos los estamentos universitarios, sobre todo cuando las mujeres se sitúan en orden jerárquico inferior. Las relaciones desiguales y jerárquicas entre el profesorado y las consiguientes relaciones de dependencia que se generan refuerzan su asunción también entre el alumnado.

El no reconocimiento de estas situaciones arranca del escaso eco de la reflexión crítica feminista, especialmente en el ámbito docente y, de forma particular, sobre cuestiones en las que todos y todas parecen tener «opinión». A pesar de que en nuestra investigación (Ballarín y otros, 2009) observamos que referirse a la violencia de género es una cuestión bastante común en algunos programas o actividades docentes, las opiniones vertidas por el alumnado frente a la pregunta «¿A qué crees se debe la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres?» muestran un importante desconocimiento que nos parece de interés ilustrar. Sus respuestas son indicativas del gran desconocimiento y confusión con que finaliza su carrera gran parte del alumnado universitario.

Buscan causas endógenas al maltratador: la enfermedad y, en último término, la «naturaleza», al responder cosas como: «A una malformación educativa» (mujer, Psicología); «Falta de neuronas y oxígeno al nacer» (mujer, Pedagogía); «Depende de la persona; si una persona es violenta, lo es, sea hombre o mujer» (mujer, Educación Primaria); «Creo que parte de la culpa la tiene la nueva ley de divorcio, todo favorece a la mujer, es poco equitativa y lleva al hombre a hacer locuras cuando se ve sin nada» (varón, Educación Primaria); «La costumbre» (varón, Derecho); «No sé, no conozco a ninguno, supongo que a problemas mentales, con las drogas …» (mujer, Educación Primaria).
También se esgrimen causas exógenas que hacen recaer la culpabilidad sobre los medios de comunicación y la sociedad en general: «A que todavía muchas mujeres no reconocen los derechos que poseen por naturaleza» (mujer, Historia); «A las mismas mujeres que se dejan pegar, insultar y abusar de ellas» (mujer, Pedagogía); «Principalmente al abusivo abordaje en medios de comunicación que han ayudado a desensibilizar a la población y verlo como un tema cotidiano y normal» (mujer, Medicina); «Sin lugar a duda, creo que es una cuestión de mentalidad y actitud de una sociedad sumergida aún en el machismo, en el que los derechos de las mujeres se imponen a golpe de ley pero no por la iniciativa de toda la sociedad» (mujer, Pedagogía).
Otros culpabilizan a las víctimas y levantan sospechas sobre ellas: «Incultura, bajo cociente intelectual, alteraciones en la personalidad de las mujeres» (mujer, Medicina); «No lo sé. Pero, aunque en menor número, también se producen los casos contrarios, quedando estos en la sombra o infravalorándolos» (mujer, Historia); «¿Y la violencia de las mujeres sobre los hombres? Hay que tratar la violencia en general» (mujer, Derecho).
También trivializan la cuestión: «Puede deberse a muchas causas: desde un problema psicológico, una simple pelea…» (mujer, Pedagogía); «A conflictos que surgen en la familia, por diversas tonterías o a temas que por las propias palabras no se suelen aclarar» (varón, Educación Primaria).
Esta falta de conocimiento fundamentado sobre el problema no solo contribuye a una menor cantidad de denuncias de situaciones de violencia, sino que impide su reconocimiento, al alejarlas de las implícitas a las relaciones de poder y dominación cotidianas, que también se producen en la universidad, reforzando códigos de género que sostienen el patriarcado (Bosch, Ferrer y Alzamora, 2006).

En la actualidad, la complicidad con la violencia de género frente a la persecución que sufren quienes rompen el silencio es el mayor riesgo en la universidad, como señalan Ramón Flecha y Sandra Racionero (2012). Seguramente muchos y muchas de quienes nos leen recordarán casos concretos que han vivido, cómo se cerró el cerco a la doctoranda acosada por el director de su tesis, cómo no quisieron denunciar las estudiantes victimas de las insinuaciones y provocaciones de algún profesor, cómo el miedo y la indefensión impidió que otras denunciaran... pero tal vez no recuerden cómo respondieron en aquel momento, cómo su pasividad y cierta incredulidad permitió que siga sucediendo.

La complicidad colectiva

No son fáciles de precisar esas actitudes de camaradería de quienes se saben unidos por conocimientos y formas de entender el mundo que no necesitan explicitarse. Estas asunciones, que actúan de forma secreta y oculta, se traducen en conductas y prácticas colectivas que no son reconocidas por quienes las practican. La persistente cotidianidad de estas actitudes contribuye a su consideración de «normales » , de modo que se tornan invisibles y aceptables también para algunas mujeres.

El ocultamiento y el desprestigio de las reivindicaciones feministas o de cualquier denuncia de discriminación sexista de una profesora –que pasa a ser calificada automáticamente como tal- forman parte de esos mecanismos sutiles del patriarcado. En la universidad, esta táctica de desprestigio parece reactivarse en los últimos años. Las políticas de igualdad desarrolladas por el último gobierno socialista, como ya hemos señalado, han significado una legitimación de las reivindicaciones feministas también en la academia, al tiempo que ha crecido el número de profesoras, más formadas, mejor situadas y con aspiraciones profesionales, lo que ha llevado a que sean percibidas en algunos ámbitos académicos como una amenaza. Esa percepción ya existía, pero en el contexto del creciente neoliberalismo y crisis económica, al que las universidades no han sido ajenas, ha hecho crecer el miedo –por desconocimiento-, como ya señaló la profesora Herranz (2006). En estos momentos se observa que cuando una profesora denuncia una injusticia o un abuso es calificada de feminista, y su voz pude ser desautorizada con una simple frase: «¡Ya estamos...!» u «¿Otra vez...?»

De este modo, el discurso de lo «políticamente correcto» se transforma en complicidades tácitas, por ejemplo ante denuncias de acoso que no se valoran como tales porque son consideradas normales. La consideración de «normal» en el colectivo masculino les lleva a un tránsito natural -que constituye un abismo- entre lo que se dice y lo que se practica. No es raro oírles decir: «Ya no podemos hablar tranquilamente como antes».

Por otra parte, el desconocimiento y la consideración de las mujeres como colectivo de «idénticas» –lo otro- lleva a unificar como «feministas» las opiniones de todas las mujeres, suma de la diversidad y mezcla de variada índole, contribuyendo así a la confusión general y al deterioro y devaluación del feminismo como fuente de conocimiento crítico.

Cuando las profesoras se quejan «del sexismo imperante se las acusa de victimismo, pero si pretenden ser ellas mismas, elevándose por encima del sexismo social, se las considera prepotentes » (Herranz, 2006). No es raro encontrar profesoras que se alejan de ese desprestigio que acompaña al feminismo como pérdida de feminidad, y que opten por lo que parece «normal», porque así se las incluye en el espacio de la cotidianidad. Aceptan entonces los chistes y las bromas descalificadores de las mujeres, para no ser excluidas, o participan en comentarios que ridiculizan y deterioran profesionalmente a sus compañeras. Mientras para las profesoras identificarse con el feminismo tiene el coste que hemos señalado, sería importante estudiar hasta qué punto ese coste alcanza a los profesores feministas que, aunque pocos, también los hay. Pero pensamos que es más difícil excluir a un varón de su grupo de iguales –que le capacita para poder ser diferente- que una mujer deje de ser la representante simbólica del conjunto.

La posición de muchas profesoras es fruto de la tensión que se se produce entre los cambios sociales de las mujeres y los obstáculos que siguen encontrando en la sociedad patriarcal, que está produciendo lo que la profesora García de León (2011) denomina la «esquizofrenia social de género», y que expresa en el título de su obra con la acertada metáfora de «cabeza moderna / corazón patriarcal». Siguiendo su consejo, probemos a instalarnos en el arquetipo de género y comprobemos qué sucede alrededor y cómo participamos en ello (García de León, 2011).

Epílogo

La ocupación ya masiva de la institución universitaria por parte de las mujeres no significa que la habiten. El derecho a recibir, conservar, utilizar y transmitir la formación recibida no implica el reconocimiento del saber pleno, el que dota de autoridad, el de creación de nuevos saberes. En las últimas cuatro décadas, las mujeres universitarias españolas han desarrollado desde la crítica feminista su compromiso con la reconstrucción del conocimiento que les venía dado; sin embargo, el tránsito hacia habitar la universidad podría decirse que solo se ha iniciado. Habitar los espacios de construcción del saber es algo más que llegar a ellos e incorporarse a la creación del conocimiento, requisito indispensable para estar, pero habitarlos requiere hacerlos propios, vivirlos sintiendo que se es parte esencial de su vida que está en propias manos dirigirlos y transformarlos, y para ello se necesita poder (Ballarín, 2010). Dicho de otro modo, las mujeres en la academia todavía somos recién llegadas, y, como bien destaca Celia Amorós:

Estamos al borde de la silla, no cómodamente repantigadas en un sillón. Para bien y para mal. Para mal porque […] es como si ejerciéramos el poder sin la completa investidura: necesitamos dosis adicionales de refrendo masculino si es que queremos afianzarnos. Para bien porque […] no ha habido tiempo para que los moldes academicistas en lo peor que tienen de escolasticismo nos hayan ahormado. De este modo ganamos la perspectiva de la orilla... que nos permite ver el horizonte...» (Amorós, 2011, en García de León).

Sin duda, esta situación que nos permite mayor capacidad autónoma para juzgar «conforme a la regla de la evidencia», como añade la profesora Amorós, nos remonta a Poullain de la Barré (s. xvii), pero las cosas no cambian sin poder. Esta necesidad de crecer en poder, constante en su obra, sigue siendo el gran reto al que nos sumamos, porque entendemos, como ella, que «nosotras queremos un hábitat confortable de géneros diseñado para poder ser vividos y pensados».

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Notas

1 El 54,3% del estudiantado universitario son mujeres. En los másters, su cifra es bastante cercana (54,1%). La distribución de sexo por rama es similar a la existente en años precedentes, observándose una proporción de hombres muy superior a la de mujeres (73,9%) en la rama de Ingeniería y Arquitectura. Esta distribución se invierte en Ciencias de la Salud, rama en la que las mujeres tienen una presencia muy superior a la de los hombres (70,1%) (mecd, 2015).

2 En el curso 2012-2013, un 39,3% del personal docente e investigador universitario (pdi) eran mujeres, pero solo un 20,3% de profesoras ocupan cátedras, a pesar del aumento que se ha producido en los últimos años (en 2005-06, las mujeres catedráticas representaban el 13,7%).

3 Se dicen feministas por estar «en contra de la discriminación» y de «la violencia de género», y a favor de la «igualdad», una posición que presentan como «verdadero» feminismo frente a lo que llaman «radicalismo».

4 Muestra: 404 estudiantes (279 mujeres y 125 varones) de último curso de las titulaciones de Historia (32 y 51), Medicina (19 y 7 ), Derecho (11 y 10), Educación Primaria (97 y 32), Pedagogía (66 y 17) y Psicología (45 y 8) de la universidad objeto de un estudio de caso.

Escribe: Pilar Ballarín Domingo*

domingo, 14 de junio de 2015

TODOS TENEMOS UNA OPCIÓN Y ESA OPCIÓN ES ...........................



 


Levanto mis manos, aunque no tenga fuerzas, levanto mis manos aunque tenga mil problemas, cuando levanto mis manos comienzo a sentir una unción que me hace cantar, cuando levanto mis manos comienzo a sentir el fuego...cuando levanto mis manos mis cargas se van, nuevas fuerzas tu me das, todo eso es posible, cuando levanto mis manos.