jueves, 30 de abril de 2020

CUANDO VAMOS A DIOS EN LA ORACIÓN, DEBEMOS HACERLO CON LA CONVICCIÓN Y CONFIANZA



Jeremías 29:11-14 11  Porque yo sé los planes que tengo acerca de vosotros, dice Jehovah, planes de bienestar y no de mal, para daros porvenir y esperanza. 12  Entonces me invocaréis. Vendréis y oraréis a mí, y yo os escucharé. 13  Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis con todo vuestro corazón. 14  Me dejaré hallar de vosotros, dice Jehovah, y os restauraré de vuestra cautividad. Os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares a donde os he expulsado, dice Jehovah. Y os haré volver al lugar de donde hice que os llevaran cautivos." (RVA)

En este sexto domingo de la Pascua la iglesia cristiana desde tiempos antiguos ha dirigido su atención al asunto de la oración. Es seguramente muy apropiado que el asunto de la oración reciba atención especial precisamente durante la estación de la Pascua. El hecho de que tenemos a un Salvador que resucitó de entre los muertos debe ayudar a convencernos de que las oraciones que hablamos a él no son solamente palabras vanas o un ejercicio inútil. Y en este domingo antes de la Ascensión se nos recuerda también que este Salvador vivo ahora está sentado a la diestra de Dios, desde donde él gobierna todas las cosas en el cielo y en la tierra. Eso también debe ayudar a convencernos de que las oraciones que hacemos a él serán escuchadas y contestadas.

Una de las lecciones acerca de la oración que se enseña muchas veces en la Biblia es que, al orar, no debemos acercarnos a Dios con un espíritu incrédulo. Santiago, por ejemplo, dijo a los cristianos a los cuales escribía su Epístola: “Y si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos con liberalidad ... y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada. Porque el que duda es semejante a una ola del mar movida por el viento y echada de un lado a otro. No piense tal hombre que recibirá cosa alguna del Señor. (Santiago 1:5-7). Más tarde en la misma epístola dice: “Y la oración de fe dará salud al enfermo” (Sant. 5:15). En otras palabras, Santiago dice que una oración que se ofrece con duda e incredulidad no será oída, pero una oración que se habla con confianza en la ayuda del Señor será contestada.

Con mucha frecuencia la gente ora con un espíritu que dice: “Bueno, no puede hacer daño, y tal vez hasta ayude.” Tales palabras realmente son una expresión de duda e incredulidad, y orar con ese espíritu es realmente un insulto a Dios.

Cuando vamos a Dios en la oración, debemos hacerlo con la convicción y confianza de que
•          va a ayudar,
•          que Dios escucha nuestras oraciones, y
•          que las toma en cuenta al gobernar tanto el curso del mundo entero y los detalles más pequeños de nuestras vidas.

Nuestro texto puede ayudarnos a crecer en esta seguridad y vencer nuestras dudas pecaminosas al recordarnos
Por Qué los Hijos de Dios Pueden Orar con Confianza

Porque Dios quiere que oremos

Podemos orar con confianza, en primer lugar, porque tenemos a un Dios que quiere que oremos. Nuestro Padre celestial nunca es como un padre terrenal que dice: “No me molestes ahora. ¿No puedes ver que estoy ocupado?” Hizo esto muy claro en nuestro texto cuando dijo a los Hijos de Israel: “Entonces me invocaréis. Vendréis y oraréis a mí.” Es muy obvio de estas palabras que invocar a Dios y orar a él es algo que Dios quiere que haga su pueblo.

El contexto en el cual estas palabras fueron dirigidas a los judíos puede ayudarnos a ver esto con aun más claridad. Estas palabras fueron habladas a los Hijos de Israel después de comenzar su exilio en Babilonia. Ese cautiverio fue un castigo de Dios que había venido sobre ellos porque no habían estado orando al Señor como deberían haber orado a él. Más bien, habían caído en toda clase de idolatría e inmoralidad. Dios había enviado a sus profetas para advertirles y llamarles al arrepentimiento. Había mandado muchas calamidades para recordarles su pecado y el castigo mayor que vendría si no se arrepintieran. Pero nada de esto parecía ayudar en nada.

Finalmente, Dios dijo que si rehusaban escuchar sus advertencias, su nación sería conquistada, sus ciudades destruidas, y que los que sobrevivían serían llevados como cautivos a la tierra de Babilonia. Cuando aun esto no ayudó en llevarlos al arrepentimiento, llegó el rey de Babilonia con su ejército, y Jerusalén fue capturada y finalmente destruida. Y, así como habían predicho los profetas, los judíos fueron llevados al cautiverio babilonio.

En el versículo antes de nuestro texto, Jeremías dijo a su pueblo que este cautiverio duraría setenta años. Dios se refiere al final de ese período de cautiverio cuando dice: “Entonces me invocaréis. Vendréis y oraréis a mí.” En efecto, Dios les está diciendo: “Tomará setenta años hasta que aprendan lo que yo quiero enseñarles. Pero al final de los setenta años, otra vez habrán llegado a ser un pueblo que ora.”
•          Las palabras de Dios claramente implican
•          Que Dios se desagrada cuando las personas no oran a él, y
•          Que se agrada cuando sí oran, y
•          Que cuando les envía problemas y tristezas
•          El quiere enseñarles a orar a él e invocarle para que les ayude.

En su incredulidad, los hombres frecuentemente reaccionan a tales tiempos de aflicción culpando a Dios y quejándose de la manera en la cual él maneja este mundo. Tal vez hasta sean tentados a preguntarse si hay un Dios que todavía mantiene control del universo. Pero, en vez de reaccionar así, deben aprender la lección que Dios quiere enseñarles y volver a él con oración humilde, penitente que reconoce que no tenemos ningún derecho a esperar nada bueno de él, pero que él aun así se agrada cuando nosotros llegamos a él con nuestras peticiones.

Cuando consideramos la manera en la cual Dios trató con los Hijos de Israel, tal vez nos preguntamos si nosotros necesitamos una lección así en nuestros días. Supongo que la mayoría nos hemos hecho conscientes del hecho de que la última parte del siglo veinte no será tan fácil para nosotros como lo ha sido el pasado. ¿Realmente tendremos que esperar hasta que no haya suficiente petróleo y gas para calentar nuestras casas o manejar los tractores de nuestras granjas antes de aprender que tenemos a un Dios que quiere que volvamos a él en nuestras tribulaciones? ¿Será necesario que 150,000,000 de norteamericanos mueran en un ataque nuclear antes que los sobrevivientes aprendan a volver a Dios con todo su corazón porque ya no hay a dónde más acudir por auxilio?

Sabemos que tenemos a un Dios que quiere que oremos. Nos ha mandado hacer eso en muchas partes de la Biblia. Y los problemas que experimentamos en este mundo y los peligros que vemos ante nosotros deben crear en nuestros corazones un deseo de orar. Cuando ese deseo echa raíz en nuestros corazones, nunca tenemos que preguntarnos si Dios tiene tiempo para nosotros, porque podemos acudir a él con confianza, sabiendo que él quiere que vayamos a él con nuestras peticiones.

Porque Dios quiere ayudarnos

Podemos orar con confianza, no solamente porque tenemos a un Dios que quiere que oremos, sino también porque tenemos a un Dios que quiere ayudarnos. El promete escuchar nuestras oraciones y ayudarnos. Ha dicho a los Hijos de Israel a través del profeta Jeremías: “Entonces me invocaréis. Vendréis y oraréis a mí, y yo os escucharé.”

Una de las cosas que los Hijos de Israel deseaban ardientemente durante esos setenta años fue volver a Jerusalén. Ese deseo se expresa en el Salmo 137, que fue escrito durante esos años del cautiverio babilonio. Allí el salmista escribió: “ Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos, acordándonos de Sión” (Sal. 137:1). También dijo: “ Si me olvido de ti, oh Jerusalén, que mi mano derecha olvide su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar, si no me acuerdo de ti, si no ensalzo a Jerusalén como principal motivo de mi alegría.” (Sal. 137:5, 6).

En nuestro texto Dios dio a los judíos en Babilonia la promesa: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis con todo vuestro corazón. Me dejaré hallar de vosotros, dice Jehovah, y os restauraré de vuestra cautividad. Os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares a donde os he expulsado, dice Jehovah. Y os haré volver al lugar de donde hice que os llevaran cautivos.”

Dios cumplió esa promesa. Setenta años después de que los primeros exiliados fueron llevados a Babilonia, los judíos comenzaron a volver a Jerusalén, y setenta años después de la destrucción del templo, fue reconstruido y rededicado al culto al Dios verdadero. Sabemos que durante esos setenta años había personas que oraban fervientemente por la ayuda del Señor. Uno de los primeros cautivos llevados a Babilonia fue el profeta Daniel. Fue un hombre tan dedicado a la oración que fue echado en la fosa de los leones porque rehusaba dejar de orar a su Dios.

A muchos de los judíos piadosos a veces ha de haberles parecido durante esos setenta años que sus oraciones no eran escuchadas. En tiempos como esos debemos recordar que la fe es la evidencia de lo que no se ve. Cuando no vemos el cumplimiento de nuestras oraciones, ése precisamente es el tiempo para la confianza y la fe. Porque nuestra fe no debe depender de lo que hemos experimentado o lo que hemos visto. Debe descansar solamente sobre las promesas de Dios. Lutero dice que no debemos creer que Dios contesta nuestras oraciones porque podemos señalar instancias en las cuales las oraciones fueron oídas, sino debemos creerlo porque tenemos la promesa de Dios.

Y debemos creerlo especialmente porque sabemos qué clase de Dios tenemos, porque sabemos que tenemos a un Dios que nos ama y que quiere ayudarnos. Esta es la manera en la cual se describe en nuestro texto cuando dice: “Yo sé los planes que tengo acerca de vosotros, dice Jehovah, planes de bienestar y no de mal, para daros porvenir y esperanza.” Con sus pecados los Hijos de Israel habían merecido algo mucho peor que el cautiverio babilonio. Pero Dios les envió ese castigo menor para que se arrepintieran y volvieran a él para el perdón. Quería que el resultado final de sus vidas fuera la salvación eterna en el cielo.

Sabemos que éste es el porvenir que él quiere que nosotros tengamos también. Con este motivos él tuvo la voluntad de enviar a su propio Hijo para morir en la cruz para ganar para nosotros el perdón de todos nuestros pecados sufriendo nuestro castigo por nosotros. Un Dios que llegaría a tal extremo para ayudarnos encontrar la vida eterna con él en el cielo es sin lugar a dudas un Dios que quiere ayudarnos. Como dice San Pablo: “El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente también con él todas las cosas? (Rom. 8:32)


¡Qué privilegio es acudir en oración a un Dios que es así! Seguramente debemos orar con confianza cuando vamos a un Dios que también dice a nosotros así como dijo a los Hijos de Israel: “Yo sé los planes que tengo acerca de vosotros, dice Jehovah, planes de bienestar y no de mal, para daros porvenir y esperanza.” El quiere que oremos, y quiere ayudar. ¿Qué más necesitamos para animarnos a llevar una vida de oración con confianza? Amén.


Sermón de Siegbert Becker