viernes, 1 de mayo de 2020

POR CRISTO JESÚS, SOMOS REDIMIDOS





31.Tomando Jesús a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. 32Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. 33Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará. 34Pero ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía. (Lucas 18:31-34)

Durante la Semana Santa, cuando otra vez subimos en espíritu a Jerusalén y meditamos en la pasión de nuestro Señor, que el Espíritu Santo ilumine nuestros corazones para que veamos con más claridad y entendamos y apreciemos más plenamente el bendito significado y propósito de ella. Entonces nuestra observancia de la Semana Santa realmente glorificará a nuestro misericordioso Salvador que dio todo por nosotros y nos traerá gran bendición.

Cuando Jesús dijo a sus discípulos: “He aquí subimos a Jerusalén”, y explicó lo que sucedería, no fue algo que sólo pasó en vista de los eventos recientes, tales como la creciente oposición de los líderes religiosos. No, esto lo habían predicho los santos profetas en las Escrituras. Los profetas eran aquellos a quienes Dios reveló la promesa del Mesías y también los inspiró a escribir. Las Escrituras del Antiguo Testamento se centran en la promesa del Salvador; predicen su nacimiento, sufrimientos, muerte y resurrección. En el culto de ayer se nos recordó que el profeta Zacarías predijo que Jesús entraría en Jerusalén montado en una humilde bestia de carga. Isaías, que vivió varios siglos antes de Cristo, escribió de su sufrimiento y muerte como si fuera un testigo ocular. Ahora cuando Jesús habla estas palabras de nuestro texto sencillamente recuerda a los discípulos lo que decían las Escrituras, que él sería entregado a los gentiles, blasfemado, azotado y muerto. Pero también dijo que la muerte no lo iba a retener, sino que al tercer día resucitaría.

La reacción de los discípulos fue de sorpresa y confusión. “Pero ellos nada comprendieron de estas cosas.” Esto nos deja perplejos. Habían vivido con Jesús por los últimos tres años y él los había instruido con paciencia acerca del propósito de su misión en este mundo. Y ésta era la tercera vez que les había dicho que tenía que subir a Jerusalén. Una explicación del comportamiento de los discípulos es que probablemente albergaban ideas de un reino terrenal y hablar así de morirse no se conformaba con estos pensamientos. O tal vez estaban sobrecogidos de emoción cuando pensaban que su querido amigo pasaría por tal sufrimiento. En todo caso, el texto dice que “ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía.”

Su extraña reacción debe hacer que cada uno de nosotros nos preguntemos: ¿Entiendo yo el propósito de la pasión de Cristo? ¿Veo esto como algo que pasó hace muchos años, pero que no tiene nada que ver conmigo? ¿Es esto solamente una injusticia?
¿Soy solamente un espectador con cierta simpatía cuando veo este drama?

Jesús dice en nuestro texto: “se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre.” Cuando los soldados fueron a Getsemaní para arrestar a Cristo, Pedro tomó su espada y quería defenderlo. Jesús le dijo que guardara la espada y le recordó que podía orar a su Padre el cual le enviaría doce legiones de ángeles. Podría haber tenido defensa y protección, “pero ¿cómo entonces se cumplirían las Escrituras?” “Para que se cumplieran las Escrituras” es un refrán que se presenta a través del Nuevo Testamento. Al escuchar la lectura de la historia de la Pasión, ¿notaste con cuánta frecuencia se dijeron estas palabras? Escucha con cuidado la historia de la crucifixión el Viernes Santo, y oirás cuántas profecías fueron cumplidas. Aquí en nuestro texto se nos recuerda que las Escrituras se estaban cumpliendo.

Pero para entender el propósito de todo esto, tenemos que recordar la naturaleza del pecado y la naturaleza de Dios. Por la caída en el pecado fuimos separados de Dios, se nos transmitió la muerte, y nos hicimos esclavos de Satanás, sin tener el poder para hacer nada para aliviar esta trágica condición. Es fácil hablar superficialmente acerca del pecado sin reconocer su gravedad, de hecho, como dicen nuestras Confesiones, “Este pecado original es una corrupción tan profunda y perniciosa de la naturaleza humana que ninguna razón la puede comprender, sino que tiene que ser creída basándose en la revelación de la Escritura.” (S.A., p. 312) En un culto en la capilla la semana pasada cantamos un himno que presentó con gran claridad lo grave del pecado. Una de las estrofas lo expresó de este modo:

            Si te burlas del pecado, No sabiendo su poder
            Dios aquí te lo ha quitado Con la culpa, infame, cruel.
            El que así fue afligido, El que lleva carga tal,
            Del Señor es el ungido: Dios como hombre es al igual. (CC 58:3)

Y el Salvador que sufre, hablando por medio del profeta, mira desde la cruz y pregunta: “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido; Porque Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente furor” (Lam. 1:12).

Para entender este acto maravilloso de amor de parte de nuestro Salvador tenemos que entender la justicia de Dios. La justicia de Dios no podía pasar por alto nuestro pecado y fingir como si nada hubiera pasado. No, su justicia exigió castigo y nosotros éramos los que merecimos el castigo. Dios podría habernos condenado por toda la eternidad, pero en vez de castigarnos puso nuestra culpa sobre su Hijo. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” “Más él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Is. 53).

El mismo himno al que me he referido habla de la agonía que Cristo soportó en la cruz, pero luego dice: “Pero el golpe que más duelo La justicia se lo da.” Eso fue lo peor de su sufrimiento, sin embargo, así es como tenía que ser. Shakespeare entendía el concepto de la justicia de Dios cuando escribió en El mercader de Venecia en donde Porcia habla de la cualidad de la misericordia y dice: “Aunque alegas la justicia, recuerda esto, que en el curso de la justicia ninguno veríamos la salvación: Rogamos la misericordia.” En la cruz vemos la misericordia de Dios, pero es sólo cuando vemos lo enorme o lo grotesco de nuestro pecado y la justicia de Dios que realmente apreciamos la misericordia de Dios.

Al mirar el drama de la Semana Santa, estas verdades se desarrollan: La justicia inmutable de Dios exige el castigo. Lo merecimos, pero en su amor Dios puso esta obligación sobre su Hijo quien en nuestro lugar lleva el castigo que su ley exige. Debido a su obediencia como nuestro Substituto, la ira de Dios se ha apaciguado, su justicia queda satisfecha, y su juicio está anulado, de hecho, ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús.

El “fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.” Por eso subió a Jerusalén. Sí, nosotros lo acompañamos, porque nuestros pecados estaban allí y él los expió. Por eso no sólo tenemos la seguridad de que hemos sido perdonados, sino podemos anticipar también la Jerusalén celestial en donde mora la justicia, y en cuya presencia hay plenitud de gozo.

Wilhelm W. Peterson